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Aunque las primeras referencias
del azúcar se remontan a casi 5.000 años, a España no llega hasta la Edad
Media. Su expansión está ligada, como la de tantos otros productos, al avance
de las conquistas y el devenir de la historia.
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Hablar del azúcar es hablar de la
remolacha azucarera y de la caña de azúcar. El cultivo y la extracción del azúcar
de remolacha no se desarrolla hasta la época de Napoleón. La ruta de la caña
ha sido siempre de Oriente a Occidente, desde el Indico al Mediterráneo y,
finalmente, al Atlántico. Nació en Nueva Guinea y llegó hasta la India, desde
donde se extendió a China y al Próximo Oriente. Fueron precisamente los
indios los pioneros en probar su sabor.
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Las primeras referencias históricas
del azúcar, en el año 4.500 antes de Cristo, así nos lo demuestran. Mucho
tiempo después, hacia el año 510 a.C., el azúcar llega hasta Persia donde los
soldados del Rey Darío fascinados por sus propiedades la denominaban
"esa caña que da miel sin necesidad de abejas".
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Su desembarco en Europa se produce en
el siglo IV antes de Cristo, a raíz de los viajes y conquistas de
Alejandro Magno a través de Asia. Más tarde los griegos la dejan en herencia
al Imperio Romano, que la denominará "sal de la India".
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De aquí saltamos
al siglo VII de nuestra era, que marcará un hito importante en la
difusión del consumo de azúcar. Son los árabes, tan aficionados al dulce, los
que al invadir las regiones del Tigris y el Éufrates, descubren las infinitas
posibilidades que presenta. Éstos lo introducen en las zonas recientemente
conquistadas, cultivando la caña de azúcar en Siria, Egipto, Chipre, Rodas y
todo el Norte de África. Es precisamente allí, donde los químicos egipcios
perfeccionan su procesado y la refinan. Continúa la expansión de su consumo a
través de los viajes de los comerciantes venecianos y, un siglo más tarde, a
través de las Cruzadas a Tierra Santa, se da a conocer este alimento en todo
el mundo cristiano.
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Hasta la Edad Media el azúcar
no llega a España, donde se implanta como una especia alimenticia, y como
tal, es usada para perfumar platos, lo mismo que la sal o la pimienta. Los
boticarios comienzan a utilizar el azúcar como parte integrante de gran
cantidad de recetas. Variando sus proporciones, se preparaban pócimas y
medicinas que recomendaban a su clientela para curar toda clase de males,
incluido el "mal de amores".
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Con el descubrimiento de América,
el azúcar viaja de manos de los conquistadores españoles a Santo Domingo,
donde se cultiva por primera vez a gran escala, llegando, más tarde, a Cuba y
a México. Paralelamente, otros españoles en sus viajes favorecen su expansión
a zonas asiáticas, como las Islas Filipinas y archipiélagos del Pacífico. De
manos de los portugueses la caña de azúcar llega a Brasil, los franceses la
introducen en sus colonias del Océano Indico y los holandeses en las
Antillas.
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A finales del siglo XVII la producción y
el consumo de azúcar de caña se encontraba extendido prácticamente por todo
el mundo. Un siglo más tarde, en 1705, el químico francés Olivier Serrés,
descubre las propiedades azucaradas de la remolacha, y pocas décadas más
tarde, el alemán Margraf logra extraer y solidificar el azúcar de esta
planta, dando origen a la instalación de las primeras fábricas de azúcar de
remolacha en Prusia.
Las colonias se
habían convertido en los principales productores mundiales de azúcar y la
lucha por su independencia amenazaba el abastecimiento de Europa.
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Así, a comienzos del siglo XIX
Napoleón Bonaparte impulsó, a través de sus campañas, la difusión del
alimento y potenció el cultivo de la raíz de la remolacha y la construcción
de azucareras en Francia, política que siguieron otras naciones de Europa
Central y Alemania.
En España se comienza a sembrar remolacha a finales del siglo pasado, al decaer nuestra influencia directa sobre Cuba, intensificándose poco a poco su cultivo. Surge la industrialización y comienza el periodo de instalación de fábricas. La primera se instala en Alcolea, provincia de Córdoba, en 1877.
Durante el siglo XIX continúa la producción y elaboración simultánea del azúcar procedente de caña y de remolacha. Con la abolición de la esclavitud, y por tanto de la mano de obra barata que trabajaba la remolacha, la producción entra en un periodo de crisis.
La Primera Guerra
Mundial permite a los productores de caña recuperar el mercado perdido y
controlar más de la mitad de éste. A partir de aquí, los organismos
internacionales y los gobiernos de los principales países productores,
establecerán cuotas de exportación y producción de caña y remolacha, para
mantener el equilibrio y el control del mercado.
En España se comienza a sembrar remolacha a finales del siglo pasado, al decaer nuestra influencia directa sobre Cuba, intensificándose poco a poco su cultivo. Surge la industrialización y comienza el periodo de instalación de fábricas. La primera se instala en Alcolea, provincia de Córdoba, en 1877.
Durante el siglo XIX continúa la producción y elaboración simultánea del azúcar procedente de caña y de remolacha. Con la abolición de la esclavitud, y por tanto de la mano de obra barata que trabajaba la remolacha, la producción entra en un periodo de crisis.
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Conclusión
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A lo largo de toda su historia, el
azúcar se ha manifestado como un producto de temprana e intensa vocación
mercantil. A ello han contribuido tanto las limitaciones climáticas para el
cultivo de la caña de azúcar, como su creciente presencia en la alimentación
humana.
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La progresiva pérdida del exotismo,
tradicionalmente definidor de otros productos de procedencia oriental, ha
acabado situando al azúcar entre ese grupo de productos estrechamente ligados
a las fuerzas económicas, que han modelado el mundo moderno.
De esta forma, el
fenómeno azucarero se manifiesta históricamente como una plataforma
privilegiada para la comprensión de los procesos que culminan en la
Revolución Industrial y en la mundialización de las relaciones económicas.
Pero el azúcar es algo más que eso; en tanto que cultivo emblemático y viajero, también ha generado una cultura que, recorriendo el mundo entero, ha arrastrado tras de sí hombres, tecnología, hábitos, historia y modos de relación con el medio, constituyéndose, en suma, en un camino de comunicación que va más allá de lo estrictamente económico.
Pero el azúcar es algo más que eso; en tanto que cultivo emblemático y viajero, también ha generado una cultura que, recorriendo el mundo entero, ha arrastrado tras de sí hombres, tecnología, hábitos, historia y modos de relación con el medio, constituyéndose, en suma, en un camino de comunicación que va más allá de lo estrictamente económico.
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El azúcar es en la actualidad un
alimento habitual en la dieta de todos los países. Reivindicado por
científicos y expertos internacionales, es considerado hoy como uno de los
principales aportes energéticos para el organismo.
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