Cuento infantil: Cuento de embustes
Había vez y vez una Princesa muy
estrafalaria, que dijo a su padre, el cual deseaba que tomase estado,
que no se casaría sino con aquel que supiese mentir más que ella, y ella
lo hacía de manera que nadie podía sobrepujarla. Llegó esto a oídos de
un pastorcillo que anidaba por el campo.
-Yo me presentaré -dijo para sus
adentros-, que de seguro le gano en mentir la palma a la Princesa; que
mentir me lo ha enseñado una culebra descendiente de la del Paraíso -y
se fue a Palacio.
-¿Qué traes? -le preguntó al verle llegar la Princesa.
-Sepa V. A. R. -respondió el pastorcillo- que he viajado mucho y que le vengo a relatar mis viajes.
-Bien está -dijo la Princesa-; pero si dices una palabra de verdad, te mando echar a la calle con cajas destempladas.
-Mi primer viaje fue largo -dijo el
pastorcillo-, porque estando sembrando una palma, creció tan de pronto y
tan alta, que me levantó consigo hasta el cielo. Llegué allí en tan
buena ocasión, que me hallé en la boda de las once mil vírgenes; y
porque a una de ellas eché un requiebro, me alargó San Pedro un
puntapié, que me botó fuera.
Corteme las raíces con mi navaja y eché a
andar por esos mundos. Llegué a un río, eché las redes, y pesqué un
borrico; me monté en él y seguí caminando. A los dos días vi que tenía
el animal una matadura; se le enseñé a un albéitar, que me mandó que le
pusiera habas; se las puse y nació un habar que parecía un bosque; cogí
una escopeta y me puse a cazar en él y maté a un jabalí; era hembra, y
después de muerta parió una vieja, que bauticé, y le puse «Nací-tarde».
La tía «Nací-tarde» se enamoró de mí, y por verme libre de ella me subí
en una tortuga que corría más que el viento, y en un santiamén me llevó a
los profundos centros de los mares. Allí me encontré un convento de
sardinas, de que era priora una ballena, —107? que al verme abrió su
bocaza y me tragó; pero con un chorro de agua, que echó por las narices
me lanzó a la orilla. Allí me encontraron tendido unos marineros, y
como la sal del mar se había cuajado, y estaba yo todo blanco y
agarrotado, me vendieron a unos «santi-barati», que a su vez me
vendieron a un sevillano, que me puso en el patio de su casa, rodeado de
tiestos con matas. La primera noche llovió, y con eso se me derritió la
sal y pude echar a correr. Supe que Su Alteza Real buscaba para
premiarlo a uno que fuese más embustero que ella, y dije: Allá voy a
probarle que yo lo soy.
-Pues ya dijiste una verdad, pues
mientes más que yo -dijo la Princesa-, por lo cual no te puedes casar
conmigo; pero como has mentido tan bien, mejor que otro alguno, es justo
que te premie y te dé un buen destino. ¿Qué destino hay vacante?
-preguntó S. A. R. al ministro.
-Señora -respondió el ministro-, no hay
otro alguno que el de director de la «Gaceta», por haber muerto esta
mañana el que lo era.
-Pues que sea inmediatamente dado dicho destino a este pastor, por los méritos que ha contraído -repuso la Princesa.
Y así sucedió, y el pastorcillo siguió
mintiendo en al «Gaceta», por lo cual las gentes dieron en decir:
«Mientes más que la Gaceta»; dicho que se hizo refrán y dura hasta el
día.
Fernán Caballero (1796 -1877). Escritora Española
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