domingo, 8 de septiembre de 2013

Cada azotea tiene su pareja

Cada azotea tiene su pareja


Ahora ya sabemos que los Seres Que Viven el las Azoteas existen, que mutan y que tienen personalidad múltiple. Hoy descubriremos que, además, no són solitarios, les gusta estar en compañía.
¿Y tú?, ¿te sientes solo?, ¿crees que no hay nadie para ti?, ¿buscas un amigo, una novia, un compañero, una banda, una mascota, unos colegas, una alma gemela, tu media naranja?
Observa como los Seres Que Viven En las Azoteas se agrupan y emparejan.
Y... ¡lánzate!


¿Os acordáis del Hippy?
Le gusta charlar de paz y amor con el Guerrero del Antifaz.


¿Os acordáis del gran jefe indio?
Se llama Plumas Tiesas y su mejor amigo es el brujo Palo de Plata.




¿Os acordáis de las ranas bocazas?
Están haciendo cola para que las bese la Princesa Llorona.
La princesa llora porque tiene una nariz muy grande y un gorrito muy pequeño.


¿Os acordáis de los violinistas?
Pues ahora se han ido de fiesta con los pingüinos que bailan la conga.

Los cuentos de las azoteas

Los cuentos de las azoteas

¿Cómo te va con los Seres que viven en las azoteas? ¿Ya eres capaz de verlos bien?

Si lo has conseguido, estas preparado para jugar con ellos. A los Seres que viven en las azoteas les gusta juntarse y combinarse de mil maneras para contar muchas historias, pero quieren que les ayudemos.
Hoy vamos a jugar con Super Héroes y Monstruos.

Esta es LA PATRULLA DE LOS SÚPER HÉROES DE LAS AZOTEAS: 

La Guerrera voladora
El Hombre de fuego
Y la Medusa plástica, su ayudante.


LOS MONSTRUOS DE LAS AZOTEAS son:
El Gran devorador de los seres
Y los Gusanos succionadores, los esbirros.

Ahora te toca a ti: ayúdales a contar su historia.

¿Qué poderes tiene cada uno de los Súper-héroes? ¿Qué armas tienen los malos? ¿Quién ganará esta batalla de las azoteas?
¡Estad atentos a la próxima historia!

sábado, 7 de septiembre de 2013

Cárol: Mamá me lleva a la playa

Cárol: Mamá me lleva a la playa
 
 


Desde la ventana de su habitación, Cárol vio que el día era estupendo.
—¡Bien! ¡Hoy iremos a la playa! —exclamó Cárol.
Su mamá ya estaba levantada desde hace rato y había preparado un cesto con las toallas, algunas bebidas y demás cachivaches.
—¿Sabes lo que vamos a estrenar este año, Cárol?
—¡Dímelo! ¡Dímelo!...
—¡Una sombrilla!
—Ábrela, mami, que la vea.
—No, eso cuando estemos en la playa. Ahora súbete a la silla que te voy a echar el bronceador.
Cárol se subió a la silla y mamá abrió la crema solar pediátrica de protección más cincuenta. Se echó un poco en la mano y empezó a extenderla sobre la espalda de Cárol.
—¡Huy! ¡Huy! ¡Qué fría está la crema! ¿Por qué no la calientas en el microondas?
—No seas tan tiquismiquis, y aguanta un poco.
Cárol y mamá ya estaban listas. Salieron de casa, cogieron el autobús y en media hora llegaron a la playa. Como era un día de diario, en la playa no había tanta gente. Además la mamá de Cárol prefería llegar temprano y volver a casa a la hora de comer.
—¿Por qué no viene papá? —preguntó Carol extrañada.
—Porque está trabajando y llegará por la tarde.
—Papá, ¿trabaja mucho, no?
—Sí, creo que, a veces, trabaja demasiado, pero a él le gusta hacer las cosas tranquilamente y por eso tarda más.
Se instalaron en una calita, cerca de un espigón donde la gente también se ponía a pescar. Mamá hizo un hoyo profundo en la arena, mientra Cárol miraba en cuclillas, introdujo el palo de la sombrilla y la enterró.
¡Qué Chuli! —exclamó Cárol—. ¡Qué bonita es la sombrilla! Es la que tiene los colores más alegres de toda la playa.
Mamá y Cárol se quitaron la ropa y se quedaron en bañador. Mamá llevaba gafas de sol y Cárol un gorrito para que no le diera mucho calor en la cabeza.
—Vamos a bañarnos —dijo mamá.
Cárol se cogió de la mano de mamá y avanzaba por la orilla despacio. El agua le llegó a los pies.
—¡Qué fría! ¡Está muy fría! —se quejó Cárol.
—Eso es al principio, después te parecerá menos fría.
Poco a poco Cárol y mamá se metieron en el agua. Mamá era una gran nadadora e intentaba enseñar a Cárol. La playa, por mucho que se metieran hacia dentro, no cubría. Allí estuvieron jugando a nadar, echarse agua y a buscar pececillos que se veían muy bien en el agua cristalina. También, cerca de las rocas encontraron algún cangrejo. Cárol quería cogerlo, pero mamá le dijo que tenía que ser con una red especial, que si lo cogía con la mano le podría picar con sus pinzas.
Salieron del baño y se echaron en la toalla a secarse al sol. Cuando ya no tenían gotas de agua en la piel, mamá propuso hacer castillos de arena.
—Vamos a la orilla —dijo mamá—. Llenaremos el cubo de arena húmeda, que ni esté seca ni mojada.
Cárol fue muy obediente y llenó el cubo, pero le costaba arrastrarlo. Mamá le dio la vuelta al cubo y poco a poco salió una torre de arena.
—Tenemos que hacer cuatro —dijo mamá.
Hicieron las cuatro torres y una muralla que unía las torres.
—Ahora hay que decorar el castillo.
—¿Cómo se decora? —preguntó Cárol muy interesada.
—Tienes que buscar en la orilla conchas y piedrecitas blancas.
Cárol rápidamente se hizo con el material decorativo. Con mucho cuidado, para no romper el castillo, fue decorándolo.
—¡Qué bonito! —gritó Cárol muy emocionada.
Cerca de ellas, una niña un poco más grande que Cárol, estaba haciendo un hoyo en la orilla que se llenaba de agua con el oleaje. Cárol y su mamá se acercaron interesadas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Cárol.
—María.
—¿Puedo ser tu amiga?
—Sí.
María y Cárol jugaron mucho rato a hacer el hoyo más grande, se metían en él como si fuera una bañera, entraba y salía el agua y se lo pasaron muy divertido.
—Bueno, Cárol, tenemos que irnos a casa.
—Ahora que me lo estoy pasando bien. Déjame un ratito más con mi amiga.
—Vale, cinco minutos y nos vamos.
Pasado el tiempo Cárol y mamá recogieron y se fueron.
—Pero mamá, yo estoy llena de arena y tú en bañador, no podemos ir así por la calle.
—Claro que no. Ahora vamos a las duchas, nos quitamos la arena, nos secamos y nos vestimos.
—¡Aaah! —exclamó Cárol—. Así me quedo más tranquila.
Cuando se arreglaron, cogieron el autobús de vuelta a casa. En el ascensor se encontraron con la vecina doña Luisa.
—¡Qué de la playa! —comentó la señora—. Te vas a poner muy morenita.
—Sí, mi madre dice que me va a llevar casi todos los días.
—Pues hacéis muy bien, que en verano, en la playa, es donde mejor se está.
 
 
Y colorín colorado este cuento se ha acabado. FIN
 

El señor burro y el zorrito

Fábula
El señor burro y el zorrito

El señor burro era uno de los maestro de la escuela donde asistían los animalitos del bosque y de la granja. Pero el alumno que le daba más problemas era el zorrito. ¿Cómo podía engañar un zorrito tan pequeño a un maestro con tanta experiencia? El zorrito era travieso y siempre se salía con la suya. Pero esta vez se ha pasado, pero un montón.
El señor burro ya era viejo y estaba cansado de dar clases a los animalitos. Pronto llegaría su jubilación, pero aún tenía que esforzarse para ganarse el pan.
Un día en clase, el señor burro explicaba una lección y estaba escribiendo en la pizarra. El pollito Pico interrumpió al señor burro levantado la alita.
—¿Qué quieres, pollito Pico?
—¿Puedo ir al servicio? Tengo ganas de hacer pipí.
—Está bien —respondió el señor burro con mala cara—, pero no tardes.
El pollito Pico salió del aula moviendo sus patitas lo más rápido que podía. El zorrito, que estaba en la última fila, al rato, de un brinco, saltó por la ventana. Ningún otro animalito de la clase se dio cuenta de la escapada del zorrito. Corrió por los pasillos de la escuela hasta los servicios y se comió al pollito Pico. Rápidamente volvió a la clase y se sentó en su pupitre como si no hubiera pasado nada.
—Ya me parece que está tardando mucho el pollito Pico —dijo el señor burro.
Pasó otro buen rato.
—Pues ya me tiene preocupado —volvió a comentar el señor burro ante la tardanza del pollito Pico—. Voy a ver qué pasa. Como se haya ido a jugar al patio, le voy a castigar.
El señor burro fue al servicio, preguntó por el pollito, pero nadie contestaba. Al abrir la puerta del servicio se horrorizó. Estaba lleno de sangre y plumitas. Asustado fue en busca del señor director de la escuela.
Pronto llegaron lo perros policía para investigar. La mamá de pollito Pico fue avisada y llegó a la escuela con un ataque de nervios.
—Es evidente que aquí ha habido un homicidio –comentó el perro comisario.
Mientras tanto, el zorrito estaba tan tranquilo.
«¡Qué bien me ha sentado el pollito Pico!», pensaba. «Tenía la carne tierna y sabrosa. ¡Qué manjar!»
Los perros policías, tras varios días de investigación, detuvieron al zorrito. Habían encontrado huellas de sus patas, saliva por todas partes y mediante una radiografía descubrieron que en su estómago todavía existían restos del pollito Pico.
Pero los padres del zorrito culparon al señor burro por no haber vigilado bien la clase y haber dejado escapar a su hijo.
Transcurridas varias semanas se celebró el juicio. Doña cabra era la jueza encargada del caso.
Tras la presentación de las pruebas, la jueza sentenció que había quedado clara la culpabilidad del zorrito y fue condenado a un correccional de menores.
También se celebró el juicio del señor burro. La jueza doña cabra, le interrogó:
—¿Por qué dejó salir al pollito Pico?
—Porque me pidió salir al servicio.
—¿Por dónde se escapó el zorrito?
—Por la ventana.
—¿Por qué estaba la ventana abierta?
—Porque hacía calor.
—¿Qué hacía usted en esos momentos cuando el zorrito se escapó?
—Estaba escribiendo en la pizarra.
—¿Notó usted la falta del zorrito?
—No. Estaba en su pupitre.
—Bien —dijo la jueza—. Ya tengo todos los datos. Me retiro a deliberar.
La sentencia de la jueza doña cabra fue la siguiente:
—El señor burro estaba durante el crimen en su clase enseñando a los alumnos. Dejó al pollito Pico ir al servicio porque tenía necesidades físicas urgentes. El zorrito aprovechó que el señor burro estaba enseñando para salir por la ventana. Si hubiera salido por la puerta, el señor burro se hubiera dado cuenta. Como el zorrito volvió, no notó su falta. Al tardar tanto el pollito Pico, el señor burro fue a buscarlo.
—Por tanto —continuó la jueza—. Considero al señor burro no culpable y que cumplió con sus obligaciones.
—Sin embargo —siguió con la sentencia la jueza—, considero culpable a los responsables de la escuela, por no haber previsto que los alumnos podían escaparse por la ventana, donde tenía que haber una reja o algo similar. Si hubiera estado la reja, el zorrito no se habría escapado y ahora el pollito Pico estaría vivo.

Moraleja:
Cerrando a cal y canto, se comenten menos pecados. 
 

Patito Feo. Lo que realmente pasó.

Fábula
Patito Feo. Lo que realmente pasó.
     En una granja muy grande vivían muchísimos animales. Había una mamá pata que empollaba cinco huevos esperando que nacieran sus patitos. Uno de los huevos, en vez de cáscara blanca, tenía manchas y pintas. Mamá pata estaba mosqueada y sospechaba que era signo de mal presagio. Aún así, no le dio importancia y siguió empollando a todos por igual. Un día nacieron los patitos: uno, dos, tres, cuatro... pero el quinto no se parecía a los demás, era muy, muy feo. Las gallinas, siempre muy cotillas, se acercaron a ver al patito, pues ya se había corrido la voz de que era horrendo.
    —Vaya pato más horroroso —dijo la gallina Irene—. Hija, qué mala suerte has tenido. Cuando crezca será muy difícil que encuentre novia.
    —¿Novia? —exclamó la gallina Juana—. Pero si es feo hasta cuando anda. Se le cae la cabeza cada vez que da un paso. ¡Oh! ¡Qué pato más patoso!
    —Si a las señoras gallinas les molesta tanto ver a mi hijo —dijo con retintilín mamá pata—, será mejor que se vayan por donde han venido. ¡Cotillas!




    El Patito Feo creció, pero se convirtió en un pato grande y mucho más feo. Nunca en el mundo había existido un pato tan feo.
    Patito Feo estaba triste porque todo el mundo con los que se encontraba les decían: «¡Qué feo eres!». Su madre procuraba consolarlo como podía.
    —Me he acostumbrado a verte. No eres como tus hermanos, pero no creo que seas tan, tan feo, solamente un poquito feo.
    El Patito Feo fue cumpliendo meses y sus hermanos encontraron esposa con las que se casaron. Él fue el único que se quedó soltero. Paseaba por la granja triste y con la cabeza baja. Apenas miraba a las patitas casaderas porque no tenía esperanza de que ninguna le quisiera.




    Un día llegó de otra granja una Patita Preciosa y todos los vecinos fueron a saludarla y recibirla, incluido Patito Feo. Cuando la vio se enamoró de ella al instante. Pero para que ella no le viera, se escondió tras los demás patitos y se fue rápido.
    Al día siguiente Patito Feo fue al estanque y se pasó todo el día limpiando sus plumas, patas, uñas y alas. Se acercó a una planta de lavanda y se refregó las plumas con las flores hasta que consiguió oler muy bien. Todos los días Patito Feo se arreglaba igual. Aunque era feo, feo, también era el patito más aseado de toda la granja. Una tarde la Patita Preciosa pasó cerca de Patito Feo y se sorprendió del buen olor que hacía por allí. Empezó a oler y a oler hasta que se dio cuenta que el magnífico olor provenía de Patito Feo.
    —¿Eres tú el que huele tan bien? —preguntó asombrada Patita Preciosa—. ¿Puedo olerte más?
    Patito Feo estaba asustado mientras Patita Preciosa le olía una y otra vez.
    —¡Qué plumas tan bien cuidadas tienes! —observó Patita Preciosa—. No como esos patitos que están llenos de barro y huelen a sudor de estar todo el día jugando. Y qué uñas más limpias. No como esos patitos que nunca se las cortan.
    —¿Cómo te llamas? —preguntó Patita Preciosa.
    —Patito Feo.
    Patita Preciosa se hartó de reír.
    —Pero eso no es un nombre. No quiero que me digas cómo te dicen los demás, sino el nombre que te pusieron tus papás.
    —No sé. Siempre me han llamado Patito Feo.
    —Pues entonces yo te pondré un nombre. A un amigo mío no le puedo llamar Patito Feo.
    —¿Amigo? —preguntó asombrado Patito feo—. ¿Tú quieres que yo sea tu amigo?
    —Pues claro. Ya sé cómo te llamaré. Te llamarás Roberto.
    —¿Roberto? ¡Oh! ¡Qué nombre tan bonito!
    —Bueno, Roberto, hasta mañana —dijo Patita Preciosa y le dio un beso.




    Patita Preciosa se fue y cuando desapareció de su vista Patito Feo se desmayo de la impresión.
    Patito Feo fue corriendo en busca de su madre.
    —¡Me ha besado, mami, me ha besado!
    —¿Quién te ha besado? —preguntó mamá pata con mucha extrañeza.
    —La nueva patita. Es… tan… guaaapaaa.
    —¡Oh! ¿Qué horror! —se entrometió la gallina Juana, que estaba allí reunida—. Esa patita es una fresca. Mira que jugar a darle un beso a un patito tan feo. Nada bueno estará pensando esa patita.




    A los dos días se encontraron Patita Preciosa y Patito Feo.
    —¡Estoy muy enfadada contigo! —gritaba Patita Preciosa—. Ayer no te vi en todo el día y estuve esperando a ver si venías. ¿Tú crees que eso se hace a una amiga? Entonces, ¿para qué están los amigos?
    —Es que yo creía…
    —¿Qué es lo que tú creías?
    —Es que yo creía que lo de ser amigos lo decías por decir. Como soy tan feo.
    —¿Y eso qué importa? Pero podemos pasear, charlar, bailar, comer juntos, bañarnos en la charca, volar, jugar al escondite, tomar el sol, etc., etc. ¿O qué quieres que me pase todo el día con esas gallinas chismosas que únicamente hacen empollar huevos y tejer bufandas de lana?
    —Bueno, me has convencido. Seré tu amigo —afirmó Patito Feo.
    —¿Y qué vas a hacer para compensarme? —exigió Patita Preciosa.
    —¡Vaya carácter! Soy muy patoso. Solamente sé hacer poemas.
    —¿Qué tú sabes hacer poemas? —exclamó Patita Preciosa asombrada—. ¿Y te parece poco? ¿Quién sabe en esta granja hacer poemas?
    —Únicamente yo. Pero la gente me dice que eso no sirve para nada.
    —Pues yo quiero que ahora me hagas uno —y se sentó a esperar.
Patito Feo pensó un momento y empezó a declamar el poema.
 
Patita, patita, patita guapa.
Patita, patita, patita chata,
perdona que este pato
haya metido la pata.
 
    En esos momentos Patita Preciosa se infló de reír.
    —¿Sigo o me paro? —preguntó Patito Feo sin saber qué hacer.
    —Sigue, por favor, quiero más, quiero más poemas tuyos que me gustan mucho.
    Patito Feo continuó:
 
Cuando llegaste a la granja
todos los patitos se acercaban,
pero yo me escapé
para que no me vieras la cara.
Porque me limpié las alas
y me rocié de lavanda,
mi amiga quisiste ser
a cambio de nada.
Un beso me diste en la cara
y yo me caí de patas.
Las gallinas no se creían
que me diera un beso la guapa.
Hoy me ves y me regañas,
por no venir ayer en la mañana.
Yo no creía que quisieras ser mi amiga
por ser feo con ganas.
 
    Patita Preciosa se echó a llorar.
    —¡Qué bonito! ¡Qué sentimental! Me has emocionado con tu poema.




    Patita Precioso y Patito Feo se sintieron muy amigos y se pasaron varios meses compartiendo muchos ratos juntos: nadaban, volaban, paseaban, se reían, seguían haciendo poemas…
    Pasado el tiempo, Patito Feo se había enamorado de Patita Preciosa.
    Paseaban un día y Patito Feo no era capaz de decirle que la quería. Pasaron varios días hasta que decidió que tenía que decírselo.
    —Patita… Patita Preciosas, tengo que hablar muy en serio contigo sobre un tema.
    Los dos patitos dieron un paseo hacia el lago y se sentaron en la ribera.
    —Patita, tengo que decirte una cosa muy importante.
    —¿Y qué es esa cosa tan importante?
    —Que te quiero.
    —Yo también te quiero.
    —Entonces, ¿Serás mi novia y nos casaremos?
    —No —dijo Patita Preciosa con mucha serenidad—. Yo te quiero como amigo, pero no como marido. Me lo paso muy bien contigo. Eres muy divertido, pero no siento por ti amor como para casarme contigo.
    —¿Es porque soy feo?
    —No. No es porque seas feo. Es porque te aprecio pero no estoy enamorada de ti. Si estuviera enamorada de ti me casaría contigo aunque seas feo.
    La relación entre los dos patitos quedó clara y no serían novios pero sí amigos.
    Así estuvieron Patita Preciosa y Patito Feo haciendo las cosas que hacen los amigos hasta que pasado un año Patita Preciosa se tuvo que ir de la granja y Patito feo se volvió a quedar sólo.
     Nunca encontró una patita con la que casarse, tener patitos y llevar la vida familiar que deseaba, pero sin embargo, descubrió que aunque era feo también era poeta, divertido, podía jugar con los demás animales, conversar y llevar una vida normal. Pero lo más importante era que su felicidad no tenía que depender de lo que opinaban los demás, sino de lo que él era capaz de hacer.
 
Moraleja:
El que solamente ve lo exterior en las personas se pierde muchísimas de sus cualidades.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

EL PAIS IMAGINARIO DE WILLIAM FAULKNER

Yoknapatawpha

El condado de Yoknapatawpha, situado al norte del estado de Mississipi, es el lugar donde se desarrollan la mayoría de las novelas y cuentos de William Faulkner y está inspirado en el hogar natal del escritor, el condado de Laffayette, Mississipi. Las novelas del ciclo de Yoknapatawpha son: Sartoris (1929), The sound and the fury (1929), As i lay dying (1930), Sanctuary (1931), Light in august (1932), Absalom, Absalom! (1936), The unvanquished (1939), The hamlet (1940), Go down, Moses (1942) Réquiem for a nun (1952), The town (1957), The mansion (1959), y The reivers (1962)
Originalmente estaba habitado por la tribu india de los Chickasaw, y su nombre deriva de dos palabras indias: Yokona y petopha, con el sentido de “tierra agrietada”. Los primeros pobladores blancos se asentaron en la zona alrededor del año 1800. Antes de la guerra civil estadounidense se podían hallar en la región varias grandes plantaciones, entre las que destacan las de los Grenier en el sureste, la de los McCaslin en el noreste, la de los Sutpen (Sutpen´s Hundred) en el noroeste y la de los Compson y la de los Sartoris en las proximidades de la capital del condado, Jefferson.


En la novela Absalom, Absalom! (1936) la sexta ambientada en Yoknapatawpha, Faulkner incluyó un mapa manuscrito de su apócrifo condado. Las dimensiones del condado según este mapa serían de 2400 millas cuadradas y su población de 15611 habitantes, de los cuales 6298 son blancos y 9315 negros. El mapa viene firmado por: “William Faulkner, único dueño y propietario” y es significativo ya que no sólo describe lugares y sucesos de Absalom, Absalom! sino también de posteriores novelas de Faulkner. La ciudad de Jefferson, situada en el centro geométrico del condado, es intersección de las principales rutas de la región: al norte hacia Memphis Junction, al sur hacia Mottson, al este y al oeste atravesando el condado, al noroeste hacia Sutpens Hundred, al noreste hacia las tierras de McCallum, y al sureste hacia la aldea de Frenchman’s Bend, junto al río Yoknapatawpha.
(Según se cuenta en El villorrio, los esclavos de la primera plantación en el área de Frenchman’s Bend, construyeron una contención de diez millas para evitar inundaciones por las crecidas. En Mientras agonizo, el río se desborda, destruyendo varios puentes, cuando Anse Bundren y su familia transportan el cadáver de Addie Bundren a Jefferson para ser enterrada)
La capital del condado de Yoknapatawpha, Jefferson, situada en su centro, a unas setenta y cinco millas al sudeste de Memphis. La ciudad fue en principio una agencia de correos, cuyo primer agente fue el doctor Samuel Habersham, por lo que al lugar se le conocía por ese nombre, Habersham’s. Entre los posteriores pobladores blancos de la zona destacan Louis Grenier (que más tarde se trasladaría a Frenchman’s Bend, a la casa conocida como Old Frenchman Place) y Alexander Holston, que construyeron la primera posada de la ciudad, el Holston House. En 1883 la comunidad pasó a llamarse Jefferson, para apaciguar al jinete del correo Thomas Jefferson Pettigrew, por el supuesto robo de un candado de su saca de correos, para ponerlo en la puerta de la cárcel. Muchas de las historias de la ciudad son relatadas en Réquiem por una monja.
La ciudad es reflejo del Oxford en el que vivió Faulkner, y muchos de sus lugares aparecen en las novelas: la plaza del palacio de justicia, con su estatua de un soldado confederado, las tiendas de la plaza. Una diferencia no presente en la ficción es la Universidad de Mississipi, en la realidad sita en Oxford, pero que no se encuentra en Jefferson en las novelas, sino en Oxford, a cuarenta millas de Jefferson.
 Este texto está tomado del magnifico blog

El lamento de Portnoy

Un blog de Javier Avilés. Fundado en 2004 forma parte de "Una región ocultamente furibunda". Un blog que recomiendo atodos quienes se atrevan a adentrarse en los laberintos que escribió Faulkner.

EL CUENTO DEL PERRO GRANIZO


Si los lectores otorgan permiso, y continúan leyendo este cuento crónica, les contaré el muy antiguo relato del Perro Granizo tal y como en las noches de invierno apenas alumbrados por la tenue luz de una lámpara Petromax, la abuela Carmen nos contaba esta historia después de solicitar nuestro permiso.
Mientras los adultos conversaban de parientes fallecidos o enfermos, de viajes, de siembras y cosechas tomando mate o tibia chicha endulzada con miel. Nosotros expectantes, callados, inmóviles, escuchabámos la voz de la abuela diciendo: Esta era una familia muy pobre, pero muy pobre, que no teniendo que comer y como el egoísta vecino dueño de una enorme arboleda no les convidaba ni una miserable manzana decidieron en la noche ir a robar frutas para venderlas en el mercado y con el dinero comprar alimentos. Esa noche y otras varias noches; el abuelo, la abuela, el padre, la madre, el hijo, la hija y el perro llamado Granizo subían a sacar peras, ciruelas, manzanas, cerezas que al otro día bien temprano venden en el mercado y al regreso compran yerba mate, manteca, harina, azúcar. Pero, como en los cuentos infantiles nunca falta un rico codicioso y egoísta en este cuento no podía faltar uno de aquellos que de tanto dinero se vuelven mezquinos. Este era el vecino dueño de la arboleda que algo sospechaba porque cada día ve sus árboles con menos frutas.
            En el universo de este cuento y en su profundidad dimensional. El ambiente lo crea el narrador sumergiendo a sus lectores, oyentes hace mucho tiempo, en la dimensión social de la pobreza de la familia; situación causada por la supuesta cesantía del jefe de hogar a consecuencias de alguna crisis o modelo social y económico que favorece a determinada clase social dueña del capital en una sociedad regida por una economía de libre mercado. Clase gobernante que si no es dueña del poder político deberá serlo del poder financiero culpable último de la pobreza de la familia que acude a robar frutas en la arboleda del vecino; y también culpable de la cesantía del jefe de hogar que contra toda dignidad, y careciendo del amparo de leyes sociales justas debe acudir a solucionar sus carencias haciendo uso de medios extremos… Esta digresión se justifica en la egolatría del autor que quiere demostrar a los lectores la facilidad con que construye nuevos universos de interpretación y análisis ambientando su cuento en una limitada y real dimensión social. Pero basta de rodeos y análisis seudosociales literarios; dos cucharadas y a la papa.
            Cuando el ricachón egoísta ve que cada día sus árboles tienen menos fruta prepara un enorme barril de engrudo, el pegamento más famoso en las escuelas rurales del archipiélago chilote desde comienzos del siglo veinte hasta principios de los setenta; pero nunca bien ponderado en su artesanal fabricación. Aún cuando era el pegamento más apetecido por los ratones, hecho de harina en proporción justa y agua que se mezclan revolviéndolos lentamente al calor del fuego hasta hacer una pasta transparente que pegaba los recortes de animales, héroes nacionales, medios de transporte, órganos del cuerpo humano, etc; en el cuaderno de las tareas escolares.
 Entonces el rico dueño de la arboleda cubrió el tronco de los árboles con engrudo. Una noche de lluvia con viento norte, el abuelo decidió ir a sacar las peras para comprar un litro de aceite necesario para freír sopaipillas en el desayuno, porque tenía el antojo de comer sopaipillas tomando una taza de café de cafetera. Se fue el abuelo buscando en la oscuridad un árbol de peras de agua que recordaba blanditas y jugosas, cuando lo encontró subió hasta la copa del árbol y comenzó a llenar su saco pero cuando quiso bajar. Se dio cuenta que estaba con engrudo pegado al tronco del árbol.
Pasaban las horas y el anciano no regresaba, preocupada la abuela salió a buscar a su marido. Gritando quedito. Viejo, viejito donde estas. Aquí arriba del árbol de peras; estoy pegado y no puedo bajar. Dijo el viejo en un susurro; no vaya a suceder que los escuchara el rico y egoísta dueño de la arboleda.
Subió la anciana a ayudar a su marido y quedó pegada. Pasaban las horas y no regresaban los abuelos a la casa, entonces, sale el padre en su búsqueda. Los llama en voz alta tratando de no romper bruscamente el cristal del silencio nocturno; cuando los encuentra sube al árbol de peras a ayudarlos a bajar, y queda pegado. Luego van los hijos de uno en uno a buscar a sus mayores que no regresan a casa. Acortando el cuento toda la familia queda pegada al árbol de peras, incluyendo al perro Granizo, quiltro fiel y buen amigo de sus amos, como suelen ser los pequeños y nunca bien ponderados perros de la raza quilterrier nacional.
Pasaban las horas y toda la familia permanecía pegada al árbol, y como es natural les dio hambre y comieron peras hasta quedar satisfechos, y de tantas peras que comieron se les aflojó el estomago; y con disculpas en este caso de los lectores. No pudiendo aguantarse el abuelo hizo su necesidad que cayó en la cara de la abuela que no pudiendo aguantar esa calamidad hizo su necesidad sobre la cara del padre, y lo que este hacia le caía en la cara a la madre, y lo de la madre al hijo, y lo de este a la hija, y lo de la hija al perro Granizo que fiel a sus amos estaba pegado con sus patitas abiertas al árbol, y las necesidades del perro Granizo caen sobre el rostro de los que para contar este cuento dieron permiso.
            Es este un cuento de burla que contaba mi tía abuela Carmen Pérez Pérez quien a principios de los sesenta tenía más de ochenta años pero una lucidez y memoria que relataba a sus sobrinos nietos las burlas y astucias de Bertoldo que aparecerá de improviso en algún relámpago de lucidez o sea cuando rescate esos engaños y enigmas que el muy feo Bertoldo planteaba al Rey Albuino. Del cuento del perro Granizo, que mis hermanos saben y a veces cuentan después de pedir permiso; nunca he podido descubrir si tiene algún origen tradicional o era pura invención de una abuela de muy rica e envidiable imaginación. En mis andanzas de ignorante buscador de ideas nuevas en libros viejos no lo he encontrado en ninguna antología de cuentos chilenos tradicionales.