Otro homenaje a los muñequitos rusos

Recuerdo
que, cuando era niño, sentarme a las seis de la tarde frente al KRIM
218 de mi casa era un rito inviolable. Llegaba de la escuela y me
olvidaba de las tareas del día porque por delante, en la pantalla de
televisor ruso, tenía una hora de dibujos animados o, lo que es lo
mismo, de muñequitos. Aquella era, prácticamente, la única ración de
animados que nos tocaba al día y por eso teníamos que aprovecharla.
Vivíamos la época, aún no lejana, en la que la televisión nacional
contaba solamente con dos canales, el seis y el dos, y todas sus
realizaciones resultaban tan empíricas que tal parecía que en la TV
cubana se reinventaba el arte televisivo día tras día. Éramos aliados de
los países del campo socialistas y estos, a cambio de toneladas de
azúcar y afiliación, nos inundaban- en el buen sentido de la palabra-
con una producción variopinta de cualquier cosa: lo mismo nos llegaba
una fábrica de conservas, que perfumes, juguetes infantiles, libros,
diseños de edificios, botones, muebles, etc. Por supuesto, los dibujos
animados para los niños no se quedaron fuera de esta colaboración
comercial e ideológica.

Muñequitos
rusos fue la forma en que los cubanos acuñamos a toda la producción
animada exhibida para los niños en los años del 70 y 80 del siglo XX,
procedente de varios países del área socialista, no solamente de la
Unión Soviética. Había muñequitos de todos los tipos y para todas edades
y parecía no existir un concepto de selección etaria a la hora de armar
las cuñas animadas. Allí se mezclaban peliculitas pensadas para niños
de preescolar con verdaderas obras del arte de la animación europea,
concebidas para todos los públicos y que por su corta duración también
eran exhibidas en estos espacios. Muchas de esas películas animadas
venían avaladas por premios ganados en festivales internacionales.

Había
“muñequitos rusos” de Checoslovaquia, Rumanía, de la Alemania
Democrática, dedicados en su mayoría a niños de corta edad. Ahí estaba
la serie del conejo de largas orejas de tela cuadriculada, que volaba a
la ciudad para resolver entuertos divisados con su catalejo desde la
chimenea de su edificio. O Las aventuras de Rosita, una extraterrestre
de pelo alborotado que dormía desnuda sobre una nube galáctica, cuyas
aventuras en la tierra terminaban, invariablemente, con el regalo de una
rosa. Koleko y Mur, los polacos Bolka y Lolka y el perro Reksio siempre
estaban metidos en problemas diferentes que no siempre lograban vencer.

De
la Unión Soviética era los episodios del cocodrilo Gena y Cheburashka,
un tierno animalito de especie indefinible, convertido hasta hoy en uno
de los iconos infantiles de más permanencia de Eurasia. También
soviéticos,
¡Me las pagarás! o
¡No escaparás! , pero más conocida aquí como
¡Deja que te coja!,
fue una serie animada tan conocida en el mundo que hizo rico a su
creador. La pareja rusa del lobo y la liebre, otro ícono de esa
sociedad, le debía mucho a la tradición de animados americanos de gags,
como los cortos de Donald, Pluto o Tribilín de la Disney, o los de Bugs
Bunny y el Pato Lucas de la Warner Bros.

Los
dibujos animados venidos del campo socialista también hicieron por acá
una labor propagandística, de evidente incentivo de conceptos sociales,
políticos y morales. Las ideas de lo social triunfando sobre lo
individual y de la fuerza que entraña la unión eran constantes en estos
materiales. Ejemplo de ello era
El rapto de los colores
en el que dos tubos de pinturas se disputaban el amor de un tercero,
femenino y dulce. Uno de los pretendientes, el villano color negro,
raptaba a la doncella, y con sus secuaces ennegrecía a la juguetería en
la que vivían todos. Los colores y los juguetes se unían y luego de una
agitada batalla lograban vencer al enemigo. Por la causa justa y común,
la pareja protagónica se sacrificaba para así colorear el mundo de
todos.

Las
películas que versionaban leyendas populares o cuentos de hadas estaban
entre las mejores. Los niños de esos años tuvieron la oportunidad casi
diaria de asistir a versiones fílmicas, de atendibles valores estéticos,
de historias de arraigada ascendencia popular. La necesidad de mantener
vivos a los auténticos cuentos de hadas, imprescindibles para
desarrollar el sentido poético en los niños, tuvo en estos dibujos
buenos embajadores. En ellos, la fantasía manaba limpia desde sus ecos
ancestrales, lejos del mundo pseudo fabuloso, de fantasía forzada y mal
entendida, que persiste en productos de chatura pequeño burguesa como la
saga de las Barbies, en los que la fantasía se distorsiona de manera
consciente. En las versiones rusas de los cuentos
Pulgarcita,
La princesa Rana,
Plumita de oro,
El antílope dorado,
los realizadores sortearon el riesgo que entraña el mundo de las hadas,
y cuidaron que la historia fuera el eje mismo de las películas, y no la
justificación para desarrollar un concepto estético que sustituyera a
la belleza por lo “lindo”, el embellecimiento ramplón y engañoso.

En la versión de 27 minutos de
La pastora y el deshollinador,
desde cierta abstracción, se recreaba un mundo decadentista
reconocible, con elementos del teatro de siluetas, con ecos de la
comedia del arte, el ballet y el melodrama teatral, a partir de una
historia de Andersen sobre el amor, la libertad y la frivolidad. En
El maestro de la Malaquita,
basado en una leyenda de los Urales, una campesina trataba de recuperar
a su novio, un joven alfarero secuestrado por un espíritu femenino que
habitaba en el Monte Narodnaya. Los valores de la animación, de los
efectos visuales, la música, hicieron de este corto una pequeña joya del
cine de dibujos animados.

Muchos
de estos muñequitos nos conmovían, eran tristes hasta las lágrimas, y
por eso los rechazamos en su momento. Después de crecidos, luego de
haber vivido, nos dimos cuenta que, muchas veces, esa tristeza era señal
de la vibración emocional que causaban en nuestro subconsciente
infantil, la suma de todos los valores artísticos y humanos expuestos en
aquellos materiales, valores que quedarían en nosotros como un
sedimento vital. La calidad de las animaciones, los evidentes referentes
culturales, el uso del color, de los efectos ópticos, fotográficos,
dotaban a estos muñequitos de una depurada calidad artística que, de
alguna forma, afinó nuestro gusto estético, cinematográfico; las bandas
sonoras de estas peliculitas, apoyadas en el abundante y melancólico
melodismo de esas tierras, se fijó en la mentes de muchos y lograron
que, muchos años después, más de uno sienta una indefinible nostalgia
cuando escucha una pieza de Glazunov, Chaicovsky o Jachaturyan.
Aún así, ahora profesamos a los muñequitos rusos una añoranza
compleja, un extraño sentimiento debatido entre un amor profundo y un
odio infantil, fuerte y directo. Además de sus virtudes, algunos de
ellos también eran defectuosos, lentos, rústicos y aburridos, y llegaban
a ser realmente insoportables para nosotros. A casi todos los mirábamos
con hastío porque, por una pobre labor de programación, nos
bombardearon con los mismos filmes durante años, y no tuvimos opción.
Pero, por eso, ahora están presentes cuando miramos a nuestra infancia;
ahora son parte inseparable de nuestra memoria. Hoy los muñequitos rusos
no valen sólo por sí mismos, sino porque con ellos regresan a nosotros
todos los recuerdos perdidos, nuestros patios de juegos o las casas
donde vivimos; ellos traen los sustos, las alegrías y lágrimas de
aquella época; nos regresan de nuevo a nuestros padres, jóvenes y
fuertes, como eran por entonces, y a los almuerzos que nos hacían
nuestras abuelas. Cuando volvemos a ver un muñequito ruso casi se
despierta en nosotros el sentimiento de paz que nos embargaba los
sábados por las mañanas, lo más cercano a la felicidad, una emoción que
nunca será recuperada.
Realmente, el tiempo ha pasado volando. Los niños cubanos que,
en los años 70 y 80, nos sentábamos frente a los televisores para ver
los muñequitos rusos hoy tenemos más de 30 años y nos va quedando menos
inocencia. Ahora, con las nuevas tecnologías, cualquier cosa parece
posible. En un mundo diferente, las películas de animación del antiguo
campo socialista se han ido convirtiendo en piezas para coleccionistas
de occidente, y han saltado de sus gastados celuloides a los flamantes
archivos digitales. Ante esta realidad, muchos hemos corrido a buscar y
acopiar todos los viejos dibujos, como si la posesión material de estos
recuerdos de papel y color, nos ofreciera la mágica posibilidad de
recuperar la infancia que se marchó para siempre.
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