martes, 5 de noviembre de 2013

LAS CIGÜEÑAS Y EL MOLINERO

  LAS CIGÜEÑAS Y EL MOLINERO

PRESENTACIÓN
- Abuela, ¿por qué se dice: “En San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves”

- Porque es un refrán popular que quiere decir que las cigüeñas cuando vuelven a hacer sus nidos es que llega el buen tiempo y ya no va a nevar.

- Pero, ¿lo de San Blas?

- Porque, pasado el día de San Blas, las cigüeñas comienzan a llegar.
- Y, ¿cuándo es el día de San Blas?

- El día 3 de Febrero es la fiesta San Blas.

- Entonces ahora, abuela, ¿todavía podría nevar?

- Claro que podría nevar. Porque no ha llegado Febrero, ni la fiesta de San Blas. Ni han llegado las cigüeñas a la torre a anidar.

- Y, ¿por qué se ha elegido a San Blas?

- Porque dice una leyenda que San Blas vivía en una cueva y solamente salía de ella, más o menos en Febrero, cuando, a lo lejos, en la copa de unos árboles grandes, veía que las cigüeñas comenzaban a hacer su nido.
Un día le preguntaron al santo, por qué hacía eso y él contestó: “las cigüeñas traen el buen tiempo cuando comienzan a anidar”.

- Y tú, ¿por qué sabes tanto de San Blas?

- Porque lo he leído en un libro. Y sé muchas cosas más.

Pero ahora escucha primero el cuento que te quiero contar.

- ¿Es de San Blas o de las cigüeñas lo que me quieres contar?

- ¡Caliente!, !caliente!, pero escucha y verás.


“Había una vez, comenzó el cuento la abuela, una pareja de cigüeñas que, un día, comenzaron hacer su nido encima del muro del molino.
Viaje tras viaje fueron trayendo unos palos, unas hojas y el barro de la charca, hasta que formaron un nido grande y fuerte.
El molinero estaba muy satisfecho.
De todos los alrededores habían elegido su molino.
Cada día, pasaba junto al muro y se quedaba mirando fijamente.
Admiraba el esfuerzo de aquella pareja de cigüeñas fabricando su nido y la habilidad con la que iban colocando los materiales.
Una de las tardes que se acercó para ver aquella gran obra, se dio cuenta que algo se movía dentro del nido.
Eran sus crías, envueltas en un plumón blanco. Miró a su alrededor y vio que una de las parejas se acercaba volando.
A distancia pudo observar, el picoteo de la madre y el bullicio que las crías hacían con la comida.
Poco a poco las crías fueron creciendo y comenzaron a revolotear sobre el nido.
Pronto darían su primer vuelo y, con él, dejarían el nido para formar, como sus padres, una nueva pareja.
El molinero sabía, muy bien que emigrarían a tierras más cálidas. Pero ahora era muy feliz con su compañía y disfrutaba mucho con su presencia. Desde su ventana, se entretenía observando el rojo de sus patas, el revoloteo de sus alas y el traqueteo de su pico.
Por las mañanas, cuando salía a trabajar, procuraba saludarlas, agitando su gorra, como si ellas pudieran entenderle.

Un día, cuando se levantó, el nido estaba vacío
Han emigrado a tierras más cálidas, pensó, pero un día volverán y arreglarán de nuevo su nido, incubarán sus huevos, tendrán crías y para comer, volarán hasta posarse junto al río.
Y yo podré saludarlas.
Cada mañana desde la ventana de su casa miraba el muro vacío.
Pero pensaba en sus amigas que, lejos, eran felices y que pronto volverían al molino donde habían dejado su nido grande y fuerte.
Los días iban pasando.
El molinero había mirado el calendario y, el día de San Blas estaba muy cerca.
“San Blas, la cigüeña verás...”, recitaba el molinero mientras pensaba que pronto volverían sus amigas.
Como todos los años, procuraba que el nido estuviera casi preparado.
Quitaba los palos viejos, reparaba lo que la lluvia y la nieve habían destrozado y metía puñados de paja dentro del nido.
Los huevos, pensaba el molinero, necesitan mullida y las crías, ¡tienen la piel tan fina!...
La alegría del molinero era muy grande cuando los primeros días de Febrero volvía a ver a sus amigas.
Las dos cigüeñas repetían y repetían cada año.
Preparaban su nido.
Cazaban los peces y las ranas que les servía de comida para sus crías y, cuando llegaba la época, se unían al grupo de compañeras y emigraban a tierras más cálidas.
Uno de los años en los que esperaba, como siempre, la vuelta de sus amigas, una gran tormenta arrasó la cerca de su molino y el agua derrumbó el muro.
Vio cómo el agua arrastraba el nido.
Quiso cogerlo, pero no pudo.
La corriente era muy grande.
A distancia fue viendo como se deshacía entre las aguas.

Esa noche, no podía dormir.
Pensaba en sus amigas.
El trabajo y el esfuerzo de tantos años había desaparecido.
Era la época de su llegada y no iban a encontrar nada.
Pero, ¿dónde podré yo construir su nuevo nido?, se preguntaba.
Pensó en una encina que había junto a su casa.
También podría hacerlo en el trozo de muro que se había salvado de la corriente. Pero, no, será mejor hacerlo encima del chaparral.
Y, pensando en el chaparral se quedó dormido.

A la mañana siguiente, se levantó deprisa.
Había que comenzar a fabricar otro nido, antes que volvieran las cigüeñas.
Pero al salir de su casa se llevó una gran sorpresa
Sus amigas de todos los años ya habían llegado y habían sido más madrugadoras que él.
Cuando las vio, se restregó los ojos pensando que era un sueño. Pero no, eran sus dos amigas que habían comenzado hacer su nuevo nido en el tejado de la casa.
Lleno de alegría, el molinero, comenzó a agitar su gorra, mientras las cigüeñas revoloteaban sobre el tejado.
Querían devolverle el saludo, darle las gracias y decirle, que construirían otro nido y seguirían siendo sus amigas.
Y colorín colorado este cuento ha terminado.


- Abuela, cuando me contabas el cuento he tenido un poco de pena.

- Pena ¿de qué?

- Me ha dado pena, cuando la tormenta arrastró el nido y el pobre molinero no sabía que hacer.
- No te debe dar pena porque, peor hubiera podido ser.

- ¿Peor que quedarse sin nido las cigüeñas?

- Imagínate que en vez de estar vacío hubiera tenido dos crías.

- Qué lista eres abuela y qué rápido me has quitado la pena.

- Es que recuerdo una historia que me contó un día mi abuela que es también tu bisabuela

- Cuéntamela abuela aunque no sea como cuento.

Es la historia de dos golondrinas que comenzaron hacer su nido.
Cuando ya estaba terminado, un pájaro carpintero se lo destruyó.
La pareja se sintió muy triste. ¡Habían trabajado tanto!
De nuevo comenzaron a hacer otro nido y... el pájaro carpintero de nuevo se lo destruyó.
Cansadas, decidieron volar hasta otro lugar más alejado.
Cuando ya estaban preparadas... vieron que a su alrededor volaba el pájaro carpintero.
- ¿No te parece suficiente con habernos roto el nido?, dijo una de las golondrinas.
- Me parece suficiente si con esto habéis aprendido, contestó el pájaro carpintero.
Allí donde vosotras queríais hacer el nido, había un nido de avispas que vosotras no habías visto.
¿Qué hubiera pasado si un día, vuestras crías ya nacidas hubieran sido picoteadas y muertas por las avispas?
Las dos golondrinas se quedaron quietas escuchando al “carpintero”.
Sus palabras eran sabias y su intención era buena.
- Muchas gracias “carpintero”, dijeron las dos a la vez, lo que nos parecía malo, salía de un corazón bueno.
- Volad, si queréis a otros lugares y allí podréis hacer vuestro nido, pero no olvidéis este consejo:
“antes de hacer vuestro nido, fijaos bien lo que dejáis dentro”.
Os lo dice vuestro amigo, el pájaro carpintero.

- ¿Qué te parece la historia que un día me contó mi abuela?

- Que ahora, me ha gustado la historia tanto como me gustó el cuento.

LAS DOS GOTAS DE AGUA

LAS DOS GOTAS DE AGUA

PRESENTACIÓN


- Abuela, esta noche he tenido un sueño muy bonito.

- Con qué soñaste para ser un sueño tan bonito.

- Soñé que estábamos en el campo, al lado de un riachuelo.

- Y ¿qué hacíamos al lado del riachuelo.

- Yo jugaba con el agua y tú mirabas el paisaje. Pero comenzó a llover y lo dos corrimos a escondernos.
- Y ¿dónde nos refugiamos?

- Debajo de un pórtico que había en una casa muy pequeña.

- Y ¿qué tiene que ver esto con el cuento?

- Porque también soñé que me contabas un cuento.

- Y ¿te acuerdas ahora de qué trataba el cuento?

- Claro que me acuerdo, abuela, de todo lo que trataba el cuento.

Y te lo voy a contar ahora.
Y, con éste, es el segundo que por mi parte te cuento.
Y si otro día sueño con otro, también te lo contaré y será el tercero.
Hasta que los cuentos que yo te cuente sean los cuentos del nieto.


- Pues cuéntamelo cuando quieras que yo lo escucharé muy contenta.


Había una vez, comenzó el nieto su cuento del sueño, un río pequeño, que corría por un valle llamado de las Fuentes.
Su corriente, formada de gotas de agua, transcurría silenciosa en medio de la alameda.
Una tarde la lluvia había sido abundante.

Muchas gotas de agua se había aplastado empapando la tierra. Otras habían caído, en el río, mezclándose con el agua de su corriente.
Solamente una gota se había salvado. Llevada por la corriente, había logrado subirse a una hoja del otoño que flotaba en el río.
Durante un rato largo estuvo balanceándose de un lado para otro hasta que el remanso de unos juncos la detuvo. La gota miró extrañada la hoja.

- ¡Uy!, qué susto me he llevado, dijo en voz baja.


Por unos momentos pensó en su destino.
¿Qué podría hacer ella sola en medio de tanta agua?
¿A quién podría pedir ayuda?
Con esta preocupación y en medio de aquel remanso quedó dormida.

Por la mañana, cuando se despertó, vio, junto a ella, otra gota que se movía suavemente.
Las dos se saludaron con una sonrisa.

- ¿Cómo te llamas?, preguntó una de la gotas.

- No tengo nombre.

- Tienes razón. Yo tampoco tengo nombre. Todos nos llaman gotas de agua.

- ¿Por qué no nos ponemos un nombre?

Desde ahora las dos vamos a estar juntas y tenemos que diferenciarnos.

- ¿Te gustaría que te llamara Perla?


- Es muy bonito.

- Y a ti, ¿qué te parece si te llamo Clara?

- Me gusta mucho.

Las dos rieron juntas la idea de ponerse nombre.

Perla era la primera vez que caía de una nube.
Para ella todo era desconocido. Al remanso de los juncos y su nueva vida en el río parecía muy bonito. Después de la lluvia, cansada, se había dormido y, al despertar, se había encontrado con otra gota.
La aparición de Clara era para Perla algo misterioso.

Clara, sin embargo, había estado muchas veces en la tierra.
La última vez que estuvo, una nube la dejó caer en un lago muy grande y allí pasó la primavera, hasta que un rayo de sol la evaporó.

Al el remanso del río, las dos gotas de agua, se divertían flotando de roca en roca.
Perla llamaba a Clara cuando ésta descubría algo nuevo y Clara invitaba a Perla para que hiciera sus movimientos de balanceo, al ritmo de las minúsculas olas de la corriente.
Los días transcurrían felices.
Del remanso de los juncos, se trasladaron a un pequeño charco.
Subidas en sus hojas pasaban los ratos contemplando las cosas nuevas que iban apareciendo.
El croar de las ranas, el revoloteo de las mariposas y el balanceo de los juncos entretenían a las dos amigas.
Clara y Perla estaban alegres en la charca del río.
Un día, que se divertían chapoteando con el roce de las piedras y se balanceaban en las hojas del otoño, Clara preguntó a su amiga:


- ¿Por qué no seguimos la corriente del río?

Perla no contestó. Sólo miró a su amiga con cara extrañada.
¡Era tan feliz en aquel remanso!


- Aquí, insistió Clara, ya llevamos mucho tiempo. Es muy bonito pero ya lo conocemos todo.

Si salimos de aquí, insistió, podremos llegar muy lejos.


- Pero ¿hasta dónde?

- No lo sé, pero seguro que veremos muchas cosas.

- ¡Mira!, tenemos unas hojas muy grandes que flotan en el agua.

Podremos descansar en otros remansos y conocer nuevas tierras más bonitas que éstas.

- ¿Más bonitas que éstas?, preguntó Perla llena de curiosidad.


- ¡Claro!

A la mañana siguiente las dos se prepararon para el viaje.
Una pequeña brisa les ayudó a salir del charco y, poco a poco, siguieron la corriente.
Pasaron llanuras, bordearon acantilados, bajaron pequeñas pendientes y atravesaron puentes.

Un día, llegaron a una presa.
A lo lejos Perla vio una gran balsa de agua.
Sorprendida miró a Clara.


- ¿Qué hacemos ahora?, preguntó.

Su amiga le tranquilizó.

- Es un embalse, le dijo.

Clara conocía muy bien lo que era un pantano. Se lo explicó y, cuando llegaron, las dos bajaron por un lateral.
Flotando en el riachuelo Perla miró hacia arriba.

- ¡Qué maravilla!, dijo.

Un gran bloque de cemento detenía todo el embalse y, en el centro, un enorme chorro de agua caía en cascada.
Perla permaneció en silencio contemplando aquella maravilla.
El viaje merecía la pena.
Clara también estaba orgullosa de la cara de satisfacción que tenía su amiga.
Esa noche la pasaron al lado del pantano y al día siguiente las dos continuaron el viaje.
Clara iba señalando a Perla, el paisaje tan bonito que había en las laderas, las acequias que salían del río y el lento caminar de las aguas próximas a desembocar.
Era la última parte del viaje y quería que su amiga quedara contenta.
Aquella noche. Clara se despidió de Perla.

- Mañana, le dijo, tú seguirás y yo me volveré a la nube.
Perla la escuchó en silencio.

No entendía eso de volver a la nube, pero no quería preguntar. Sólo sabía que con ella había hecho un viaje muy bonito

- Muchas gracias, le dijo, después de un rato de silencio.

Has sido una buena amiga y guardaré un buen recuerdo de este viaje.
Al día siguiente, cuando se despertó, Clara no estaba. Había vuelto a la nube.

Otro día, volvería a caer, para ser el ángel de otra gota.
Perla siguió el cauce del riachuelo.
Desde lo alto, una nube blanca le acompañó en el viaje hasta llegar al final del río.
Allí se confundió con las aguas del mar, mientras la nube siguió su camino en busca de otra gota que necesitara su ayuda.




LAS PALOMAS TIENEN UN PLAN

LAS PALOMAS TIENEN UN PLAN

PRESENTACIÓN

- Abuela, hoy me han contado un cuento que no comenzaba por eso.

- Pero, ¿te ha gustado el cuento, aunque no comenzara por eso?

- Sí que me ha gustado. Pero me siguen gustando los tuyos, porque comienzan por eso.

- Abuela, ¿sabes por qué el cuento que me han contado no comenzaba por eso?

- Porque los cuentos no siempre tienen que comenzar por eso.
- No, abuela.
No comenzaba por eso, porque no me lo han contado como tú me cuentas los cuentos.

- Pues ¿cómo te lo han contado?

- Me lo han contado leyendo.

- ¡Ah...!
Pues hoy, te contaré un cuento que comience dos veces por eso.


Érase una vez que se era, comenzó la abuela el cuento, un boticario, que vivía en un pueblo de Castilla.
Desde pequeño, le habían gustado los animales, pero su afición preferida eran las palomas.
En casa había construido un cobertizo donde podían anidar y revolotear encima del tejado.
Pero había pasado mucho tiempo y el espacio quedaba pequeño.
Eran ya muchas las palomas.
Durante muchos días estuvo buscando soluciones.
Pensó en aumentar el cobertizo.
No le parecía mal que anidaran en el tejado de su casa o regalar algunas de las parejas a sus amigos.
Todas eran posibles soluciones, pero solamente una no se le quitaba de la cabeza.
Construiré un palomar, pensó.
Era la ilusión de su vida.
Esa noche, dibujó el palomar que siempre había deseado y habló con
los albañiles.
Estos escucharon sus explicaciones y pronto se pusieron a trabajar.
El boticario visitaba todos los días las obras, opinaba sobre los materiales y daba pequeñas instrucciones sobre lo que iban haciendo.
Poco a poco fueron subiendo las paredes, se pusieron las últimas tejas y, en unos días, pudo verse, desde el pueblo, “el palomar del boticario”.
Sus paredes, de adobe, estaban pintadas de blanco y, su tejado, de color rojo, parecía, a lo lejos, una carpa de feria.
Pequeños huecos alrededor, eran la entrada y salida de las palomas y un alero de madera serviría de cobijo a los gorriones.
En el interior harían sus nidos, incubarían sus huevos y cada año, dos nuevas crías, volarían para formar parejas.

Era su ilusión y el sueño del boticario se había hecho realidad.

Al principio eran sólo un grupo pequeño de palomas pero fueron pasando los años y se fue llenando el palomar.

Cada mañana grandes bandadas volaban sobre los campos.
En verano, revoloteaban sobre las grandes cosechas, picoteando la espiga y, en otoño, escarbando la tierra, buscaban el grano sembrado en la sementera.

Muy cerca del palomar vivía el guarda de aquellas tierras.
Vigilaba que los pastores, con sus ovejas, respetaran los sembrados, que las personas, en verano, no cazaran atravesando las cosechas y, cuando le necesitaban, ayudaba a los labradores que se lo pedían.

Un día los labradores de aquellas tierras se reunieron.
Querían hablar del palomar.
Hacía mucho que venían observando que las bandadas de palomas perjudicaban sus campos.
- Tendremos que hablar con Jenaro, dijo uno de los labradores.
Él es un buen cazador y podrá dar solución a nuestro problema.


- ¿Hablar con un cazador?
Creo que habrá otras soluciones, intervino Lucio un poco asustado.


- Nadie ha hablado de matar.

- Creo que debemos hablar primero con el boticario, dijo el labrador más joven.
El palomar es de él.


- También podríamos hablar con el guarda.
Vive cerca del palomar y seguro que nos puede echar una mano.

El guarda escuchó a los labradores y esa noche pensó lo que podría hacer.
Por la mañana subió al desván, cogió ropa vieja, la rellenó de paja y formó tres espantapájaros
Al día siguiente madrugó y, antes que las palomas salieran en bandada, colocó los espantapájaros.

Oculto entre pequeños arbustos esperó el resultado. En el tejado, una paloma observó los movimientos y rápidamente avisó a sus compañeras.
- El guarda nos quiere engañar, les dijo.
Os aviso que no son hombres, son espantapájaros.

Las palomas salieron en bandada, revolotearon un poco encima de los muñecos de trapo y bajaron a comer los granos de trigo.


El guarda, asombrado de lo que veía, salió corriendo de su escondite, mientras las palomas levantaban el vuelo hacia el palomar.
- Estas palomas no tienen miedo de nada, pensó.
Mañana, pondré la red y cuando vean que pueden caer en ella, no picotearán las espigas.

Una nueva vigilante observó cómo estiraba la red sobre la tierra y avisó a sus compañeras.
Como siempre, las palomas, salieron en bandada pero ahora en dirección contraria.


El guarda abrió los ojos sin querer creer lo que veía.
- ¿Por qué no vienen a la tierra de todos los días?, se preguntaba.
Yo no puedo hacer nada, pensó desilusionado.
Hablaré con los labradores y ellos verán lo que hacen.

Por la noche, los labradores tuvieron una nueva reunión.
Todos estaban de acuerdo que no debían llamar a Jenaro el cazador. Pero también estaban de acuerdo que el guarda lo había intentado todo.

- Nos queda una solución, dijo el labrador más joven.
Hablaremos con el boticario. Le expondremos nuestro problema y seguro que nos dará una solución.

El boticario, como dueño del palomar, no quería hablar de cazadores pero comprendía que sus palomas eran un problema para aquellos pobres hombres.
- No os preocupéis, les dijo.
Todos los días, las llevaré un saquito de trigo para que puedan alimentarse y llenaré su pequeño estanque de agua.
En los agujeros de salida pondré una red y el problema estará solucionado.

Todos los labradores aplaudieron la decisión del boticario.

Al día siguiente, los albañiles, que habían construido el palomar, se encargaron de poner las redes en los huecos de salida y el boticario, en sus paseos de la tarde, echaba en los comederos del palomar los granos de trigo que llevaba en un saquito.

La tranquilidad había llegado a los labradores. Pero la intranquilidad había entrado en el palomar
- Así no podemos seguir, comentó la más joven de las palomas. Nuestro dueño nos alimenta, pero nosotras necesitamos aire

- A todas nos gusta beber en el agua corriente del arroyo.

- Nuestras alas necesitan movimiento, dijo otra de las palomas, y, así, nuestras crías no pueden aprender a volar.
La paloma más veterana revoloteó hasta lo alto de una de las vigas del palomar, mientras pedía silencio.
- Hay que hablar de una en una, dijo.

- Yo tengo un plan, comentó la más lista de las palomas.

Todas miraron, sorprendidas, hacia uno de los rincones del palomar.
“La intelectual”, como la llamaban todas, había hablado.

- Los labradores, dijo, han recogido casi toda la mies. Pero en sus tierras quedan muchas espigas y granos sueltos. Debemos trabajar como las hormigas.
Todos estaremos contentos y en invierno no nos preocupará ni el frío ni la nieve.

Esa noche salieron, en pequeños grupos, por el único hueco que no había tapado la red.
Tierra por tierra fueron cogiendo las espigas sueltas que habían quedado después de la siega y en vuelo rápido volvían al palomar.
En el interior las iban dejando hasta formar grandes montones.
Una de las tardes en la que el boticario aprovechaba su paseo para visitar el palomar llevó una gran sorpresa.
En las vigas más altas le esperaban las palomas silenciosas, observando la cara de satisfacción que ponía su dueño mientras miraba los montones de espigas.
El boticario quedó quieto en la puerta asombrado con lo que veía.
Miró hacia arriba del palomar y rápidamente se dio cuenta de lo que querían decirle con aquel silencio.

Lleno de alegría salió corriendo a decírselo a los labradores para que vieran lo que habían hecho las palomas.

Todos juntos volvieron al palomar para quitar la red.
Las palomas no volverían a picotear sus espigas ni escarbarían el grano sembrado en la sementera.


Al día siguiente amaneció alegre para todos.Las palomas de nuevo salieron en bandadas a revolotear en el aire, a beber en el agua corriente y a recoger los granos sueltos que habían quedado después de la siega.
Los labradores dejaron de sentir el miedo de todos los años y el boticario volvió a sentirse orgulloso de su palomar.


Y colorín colorado este cuento ha terminado.

domingo, 27 de octubre de 2013

El oso engañado por la zorra

El oso engañado por la zorra


- cuento escrito por Ion Creanga en 1880.

Erase una vez una zorra muy astuta, como todas las zorras. Había caminado toda la noche a por comida, pero no encontró en ningún sitio. Al amanecer, la zorra se puso al borde del camino y se sentó bajo un arbusto, pensando en qué podría hacer para conseguir algo para comer. De repente olió a pescado. Levantó su cabeza y, mirando a la largo del camino, vio que venía un carro tirado por bueyes. 

- ¡Qué bien! pensó la zorra. Aquí está la comida que tanto esperaba.
 
Sale y se tumba en medio de la carretera como si estuviera muerta. El carro se acercó y el que lo conducía observó a la zorra. Pensando que estaba muerta, paró a sus bueyes y se acercó, la miró y viendo que no respiraba, dijo:

-Bre, bre! ¿pero cómo se murió está zorra aquí? ¡Tiii!...¡qué traje le haré a mi mujer con su piel!

Diciendo eso, cogió a la zorra y la tiró en el carro lleno con pescado. Luego gritó: "¡Vamos, Joian, vamos Bourean! Los bueyes siguieron el camino.

El campesino impulsaba a los bueyes para que fueran más rápido. Quería llegar lo antes posible a casa para tomar la piel de la zorra.  Pero al empezar el camino, la zorra comenzó a empujar los peces del carro. El campesino conducía, el carro sonaba y los peces caían.  Después de tirar varios peces en la carretera, bien... saltó del carro y, con mucha prisa, empezó a recogerlos. Tras tenerlos a todos, empezó a comer...ya que tenía mucha hambre!
Justo cuando empezó, llegó allá el oso.

- ¿Qué buena mesa! amiga. Y ¡que peceeees! ¡Dame a mi también!.. que tengo muchas ganas.
- ¡Puedes poner tus ganas en el clavo! Yo no trabaje tanto para que coma otro. Si tienes tantas ganas ¡ve y mete tu cola en la charca!, como yo, y tendrás muchos peces para comer.
-¡ Enséñame! , amiga, por favor! Yo no sé cómo atrapar peces.

Entonces la zorra sonrió con sus dientes y dijo:

- Anda, amigo! ¿ No sabes que la necesidad te lleva adonde no es tu voluntad y te enseña lo que ni siquiera estás pensando? Escucha: ¿quieres comer peces? Ve esta noche a la charca que hay al borde del bosque, mete tu cola allá y quédate quieto, sin moverte, hasta al amanecer y ya verás cuando la saques cuántos peces vas a tener, incluso más de lo que obtuve yo!

Sin decir nada más, el oso va rápido a la charca del bosque y mete toda su cola en agua!... En esa noche empezó un viento muy fuerte, que se te congelaba la lengua en la boca y hasta la ceniza que hay bajo el fuego. Se congeló también el agua de la charca y cogió la cola del oso como en una pinza. Después de un tiempo, el oso no aguantó más el dolor causado por el frío y tiro de su cola con todas sus fuerzas. El pobre oso, en vez de sacar peces, ¡se quedo sin cola!

Empezó a gritar y saltar de dolor; enojado con la zorra se fue a matarla. Pero la pérfida zorra sabía cómo cuidarse de la ira del oso. Salió de su madriguera y se metió en el hueco de un árbol. Y cuando vio que el oso venía sin cola, empezó a gritar:
-Ey, amigo! ¿Te comieron los peces la cola o fuiste demasiado ambicioso y quisiste que se quede la charca sin peces?

El oso, viendo que se burlaba de él, se enfadó más y se dirigió hacia el hueco del árbol. Pero no podía entrar allá. Entonces buscó una rama con gancho y empezó a rebuscar en el hueco para que saque fuera la zorra. Pero cuando cogía el pie de la zorra, ella gritaba: " ¡Tira, idiota! a mi me da igual, que tiras del árbol." Y cuando tocaba solo el árbol, ella gritaba: "¡Para, amigo! ¡no tires!, que me estas rompiendo la pierna".

En vano se esforzó el oso y le caía el sudor, ya que no logró sacar a la zorra de allá.

¡Y así es como se quedo el oso engañado por la zorra!

sábado, 26 de octubre de 2013

El payaso maligno

El payaso maligno

Se cuenta que antiguamente los payasos eran contratados para animar todas las fiestas, era rao encontrar a una animadora haciéndolo. Incluso hace menos de 10 año atrás, aún los payasos eran famosos por darle la nota de gracia a los cumpleaños de los niños y a culaquier evento infantil al cual se le solicitara.
En realidad un payaso es un hombre con la cara pintada de blanco y con expresiones exagerdas dibujadas con un lápiz delineador y mucho color, además de ser original con un vestuario exagerado en tonalidad.
El payaso ha sido siempre símbolo que respresenta risa. Pero que sucede cuando el payaso comienza a ser el personaje más temido por los niños?.
Se dice que los niños tienen un sexto sentido para detectar la bondad y maldad en las personas. Los adultos podríamos coanfiarnos de cualquier persona con la cara pintada y con sonrisas por doquier, pero los niños saben lo que está detrás de ello.
Aquella persona de rostro pintado puede convertirse en la pero pesadilla para los niños.
He escuchado que el payaso reconoce a sus víctimas yendo a sus fiestas de cumpleaños, los anima, los alegra durante el día para luego aparecer por las noches en la habitación del pequeño y asesinarlo con sólo verlo a los ojos y llevarse el cadáver.
Han habido muchas muertes inexplicables tras los cumpleaños y las fietsas infantiles que habían sido dirigidos por un payaso.
En todos aquellos casos se encontró un globo atado a una de los barandales de las camas. Nunca más se supo nada de los niños desaparecidos y la historia del payaso asesino aún es un miesterio sin confirmar.

la muñeca encantada

la muñeca encantada

cuenta una conocida historia propagada en su mayoría en el sector mexicano que una niña tuvo una vez una muñeca embrujada. Ésta muñeca era mala.

Era un día normal y la abuela decidió ir al cementerio llevando a su menor nieta. Ella criaba a la niña junto con su esposo.

Cerca de una de las tumbas, la niña encontró una muñeca olvidada. Le gustó mucho y la recogió al instante para mostrarsela a su abuela.

La abuela le dijo que era probable que la muñeca fuera de alguna otra niña a la cual se le debió haber caido. Así que miraron por todos lados para ver si encontraban a alguien que reclamara la muñeca. En realidad a la abuela no le hacía mucha gracias que su nieta se quedara con esa muñeca de extraña procedencia pero como no encontraron a ninguna dueña para la muñeca, la niña se apropio de ella y se la llevó a su casa.

Los primeros días con la ilusión de su muñeca nueva, la niña hablaba sola en su cuarto y jugaba. La abuela escuchaba como la niña jugaba en su habitación.

Pero poco a poco la niña fue volviéndose respondona y malcriada e incluso empezó a dejar de comer.

Cuando la abuelita le preguntaba porque no queria comer ella contestaba que la muñeca no quería que comiera y que a la muñeca no le gustaba que sea buena.
Ella decía que si no hacía lo que la muñeca le decía, la muñeca le pegaría.

La abuela obviemente le comenzó a decir al principio que dejara de jugar y que comiera orque las muñecas no hablaban pero la nieta seguia diciendo con toda seguridad que ella si hablaba con su muñeca.

Cuando las cosas llegaron a un estado crítico, la abuela preocupada escuchó unos gritos de la niña. Escuchó golpes y que la niña lloraba en su habitación.

La abuela fue acorriendo a ver lo que sucedía y cuando abrió la puerta del cuarto se dió con una sorpresa. La niña estaba sobre las piernas de la muñeca y ésta le estaba dando nalgadas e insultando.

La muñeca tenía losojos iluminados de una luz verde y con odio le pegaba a la niña.

La abuela intentó salvar a su nieta, pero la muñeca era muy fuerte y empezó a jalarla de los cabellos. La anciana llamó a su esposo para que la ayudara y entre los dos arrancaron de los brazos de la muñeca a la niña. La muñeca se escapó corriendo por la ventana dejando dentro de la habitación uno de sus zapatos.

Duarante la noche, los perros ladraban y varios vecinos vieron que una figura pequeña rondaba los jardines.

A la mañana siguiente los perros amanecieron muertos, como si alguien con un puño pequeño los hubiese dado mil golpes hasta matarlos.

Todas las noches sucedía algo extraño; así que la abuela decidió consultar con un párroco y éste fue a bendcir la casa y les pidió a la niña y a la abuela que fueran juntas a dejar el zapatito de la muñeca al cementerio donde lo habían encontrado.

Ellas hicieron lo que les dijo el padre y desde ese entonces la muñeca no ha aparecido mas.

LA MUÑECA DE TRAPO VIOLETA

LA MUÑECA DE TRAPO VIOLETA

Quiero contarte ahora algo que ocurrió hace mucho tiempo. Siéntate aquí, junto a mí, y dedícame unos pocos minutos. ¿Quieres un té? ¿No? Bueno, como prefieras. Pero es un té muy rico que hacen especialmente para Navidad. Lo compré pensando en este momento.

En una casa a tan solo unas pocas calles de aquí, vivió hace mucho tiempo una niña que nunca creció. Era una niña bajita y regordeta, con el pelo encrespado en media melena, gafas demasiado grandes para su cara y que siempre que estaba nerviosa, tamborileaba con los dedos en los muebles de la casa. Le gustaba mucho leer, dibujar y pasaba horas y horas soñando despierta. A veces, en el colegio, su maestra tenía que agacharse y hablarle justo a la altura de sus ojos, porque no escuchaba lo que le decían, perdida como estaba en sus ensoñaciones. En esos momentos, se ponía colorada y pedía disculpas muy bajito, susurrando, avergonzada por su distracción. Ella no sabía que su profesora no se enfadaba nunca, aunque simulara estarlo.

En realidad, nadie se solía enfadar de verdad con ella. Nunca. Pero creo que ella no se daba cuenta. A veces, su madre, para llamar su atención, subía el volumen de la música del salón de golpe, un instante. Y su hermano disfrutaba mucho haciéndole salir de su fantasía explotando bolsas llenas de aire. “Eres un chinche”, chillaba ella entonces, y le perseguía alrededor de la mesa, mientras fingía un enfado que a duras penas ocultaba su sonrisa.

Era una niña solitaria, tranquila y silenciosa. Sin embargo, tenía muchos amigos con los que gustaba de ir a jugar a una plazoleta cercana a su colegio. La plazoleta era uno de sus sitios preferidos. Tenía muchos árboles, y estaba dividida en dos partes, una arriba con bancos y una fuente enorme, y otra abajo, donde unas enredaderas colgaban desde el balcón superior, y por un canal en la pared el agua de la fuente descendía hasta un pequeño embalse. Las plantas de la plazoleta, que estaba justo frente al colegio, eran frondosas, y los árboles altos y viejos. Era un lugar fantástico para dejar volar la imaginación. Junto con sus amigos, allí habían asaltado fortalezas, cazado “mantibélulas”, hablado con lobos y volado sobre luciérnagas. Y allí había leído sus libros preferidos, en días soleados y noches templadas.

Y allí había encontrado la muñeca violeta. Una muñeca de trapo no muy grande, de largo pelo de lana morado, con una camiseta violeta y pantalones de peto también morado. La encontró sentada en el banco donde solía leer, y se quedó mirándola durante mucho tiempo, sin atreverse a cogerla. Al fin y al cabo, podía ser de alguna niña que estuviese jugando entonces por allí, y se podría enfadar si la viera en sus manos. Así que se sentó, tímidamente, al otro lado del banco. Abrió el libro que esa mañana había sacado de la biblioteca y comenzó a leer: “En un agujero en el suelo...”. Cada vez que alguien se acercaba al banco, ella miraba de reojo, a ver si se llevaba la muñeca. Pero los minutos pasaban y nadie trataba de cogerla. Continuó su lectura, sentada sobre un pie y apoyada en el banco, no todo lo concentrada que por lo general hubiese estado en las palabras del cuento, y levantando de vez en cuando una mirada de reojo hacia la muñeca, que seguía instalada en el otro extremo del banco, como desde el momento en que la vio.

La tarde calló, y la plazoleta se fue quedando vacía, hasta que al final solo ella y la muñeca violeta permanecían en la oscuridad. La niña, finalmente, se levantó y se puso frente a la muñeca. “Te has quedado sola. ¿O te has perdido? Porque eres demasiado bonita para que alguien te abandone...”. La contempló unos segundos más, esperando una respuesta silenciosa, y entonces, rápidamente, la agarró, la abrazó y salió corriendo, sin parar hasta llegar a su casa, a su dormitorio, donde tras cerrar la puerta para que nadie la viera la despegó de su cuerpo y la contemplo. Parecía sonreírle, con sus ojos violetas y sus labios finos y negros. La miró de arriba abajo, buscando manchas o algún posible roto, o quizá alguna señal de la identidad de su propietario. Pero no halló nada. Y así, con una sonrisa, volvió a abrazarla, dándole la bienvenida a su casa y a su corazón.

Desde esa primera noche, durmió con la muñeca. Aquella niña solitaria había encontrado una compañera tan silenciosa como ella, con el misterio de su identidad alimentando la fantasía de su nueva dueña y acompañándola en sus viajes por el mundo de los sueños. Al principio, no se atrevía a llevarla con ella fuera de casa, pues temía que en cualquier momento, su anterior propietaria apareciese y la reclamase, y entonces hubiese tenido que devolverla, aunque eso le rompiera el corazón. Pero pasadas unas semanas, la llevaba incluso al colegio, donde permanecía dentro del bolsillo de la cartera, oculta pero acompañándola siempre. Y la niña, que antes nunca le importó estar sola, descubrió que siempre quería estar con la muñeca de trapo violeta.

Ese curso y todo el verano siguiente, la niña y la muñeca fueron juntas a todas partes, durmieron siempre juntas y viajaron con la imaginación por cientos de remotos lugares. Cuando leía, lo hacía en voz alta para que la muñeca violeta disfrutase con ella. Si dibujaba, la sentaba a la mesa y le proporcionaba papel y lápices para que, si quería, también dibujase. Y así con todas las cosas que iba haciendo. Y en vacaciones, se la llevó a la casa de sus abuelos en el campo, y con ella exploró los alrededores y se hizo una cabaña junto a unos pimenteros, ocultas de este modo a las miradas indiscretas y jugando siempre juntas.

El otoño llegó y con él la vuelta al colegio. Ese año, la mayoría de sus compañeros habían crecido bastante, y algunos habían dado un auténtico estirón. Pero ella no había aumentado ni un centímetro. Sin embargo, no le importó: ya crecería cuando le correspondiese. También, en el nuevo curso, la maestra les mandaba muchos más deberes, y al llegar a casa se sentaba en la mesa del salón con la merienda a hacer la tarea para el día siguiente. Una de esas tardes, su hermano se acercó silenciosamente y cogió la muñeca. “Pues la verdad es que es bastante fea, no sé que le has visto” y empezó a pasársela de una mano a otra, lanzándola al techo y haciéndola girar en el aire. La niña se levantó, sin entender muy bien a que venía ese arrebato de hacerle rabiar de su hermano, y comenzó a perseguirle alrededor de la mesa. Cuando por fin le atrapó, su hermano mantuvo a la muñeca por encima de su cabeza, cambiándola de mano, mientras ella se debatía tratando de alcanzarla. Ya le faltaba el aliento cuando se detuvo y le dijo, muy seria “Devuélvemela”. Pero él negó con la cabeza, agitando la muñeca en el aire y riendo entusiasmado con su travesura. Entonces la niña se encogió de hombros, le agarró los pantalones del chándal por la cintura, y tiró hacia abajo con todas sus fuerzas. La sorpresa de verse de repente sin pantalones y sin calzoncillos (pues con la fuerza del tirón estos también habían descendido), le hizo soltar la muñeca para taparse, momento que la niña aprovechó para recuperar la muñeca y salir corriendo a su cuarto. Su hermano, por primera vez que pudiera recordar de verdad enfadado con ella, la alcanzó cuando ya echaba el pestillo de la habitación, y golpeando la puerta, le gritó: “Te pasas el día jugando con esa estúpida muñeca, como una niña pequeña; sólo las niñas pequeñas juegan con muñecas; eres una niña pequeña, y siempre lo serás; ¡por eso no creces! ¡Y nunca crecerás!”.

Para no escucharle, se tapó los oídos. Y así, con las manos en las orejas, fue como se vio reflejada, con la respiración agitada por la carrera. Lentamente retiró las manos de los lados de su cabeza y se miró en el espejo del armario, que estaba justo frente a ella. Era verdad que no había crecido. Ahora era la más baja de su clase, y mientras que algunas de sus compañeras ya habían empezado a parecer chicas, en vez de niñas, ella seguía pareciendo eso mismo, una niña. Una niña pequeña. Recogió del suelo la muñeca, que se le había caído cuando se había tapado los oídos y se la quedó mirando. “¿Por qué no he crecido nada este año?”, le preguntó. La muñeca permaneció en silencio. “¿Acaso no voy a crecer más?”. Para cuando recuperó el aliento, sin embargo, ya se le habían olvidado todas estas preguntas, y se sentó en la cama para peinarle las hebras de lana morada a la muñeca.

Esas Navidades los Reyes Magos le trajeron un montón de regalos, entre ellos varios libros, una caja de acuarelas y papel para pintar, y un caballete a su medida. También le trajeron unos patines, que se llevaba en una mochila al colegio, aparte de la muñeca, y con los que patinaba por la pista de balonmano, que tenía un suelo muy liso. Pero una mañana se cayó y tuvieron que llamar a su madre para que la llevara al médico, pues se había torcido un tobillo y le dolía mucho. Después, en el médico, el tobillo torcido resultó ser un tobillo roto, y tuvo que permanecer varios días en el hospital, sin poder moverse. Y lo que era aún peor, sin su muñeca de trapo violeta. Cuando su madre la llevó al hospital, olvidó la cartera en el colegio, y la portera la guardó, con lo cual no pudo recuperar su muñeca hasta que su madre tuvo tiempo de pasar a recoger sus cosas, y eso fue dos semanas más tarde.

Mientras tanto, en su casa, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, así que pronto se le acabaron los libros que le habían regalado los Reyes Magos, y no le quedó más remedio que buscar entre los libros de su madre algo con que entretener las largas mañanas sola en casa. Así, se leyó un libro que hablaba de gentes del pasado que vivían en un país al este de África llamado Egipto. Y cuando este se le acabó, leyó otro que trataba sobre plantas medicinales, y otro que trataba de un niño que se quedaba huérfano y lo pasaba muy mal en un horfanato. Leyó también revistas que hablaban de libros, y unas rimas y leyendas de un escritor español que no conocía antes. Y así, entre lectura y lectura, una mañana su madre la llevó al hospital a que le quitaran la escayola. El médico le hizo más radiografías, para ver si el hueso había soldado bien. Y mientras le vendaban la pierna otra vez, escuchó a su madre hablando con el doctor. “¿No ha notado usted que su hija no ha crecido últimamente? En la radiografía se puede ver que los huesos se han solidificado como si ya hubiese terminado su etapa de crecimiento. Desde luego, puede ser un error, y tal vez habría que hacer más radiografías de otras zonas del cuerpo, pero resulta extraño que...”. La puerta de la habitación en que su madre y el médico hablaban se cerró. No pudo escuchar más.

En el coche, camino de casa, su madre le dio la mochila con la muñeca. Parecía preocupada, y casi no hablaba, aunque cuando lo hacía le sonreía mucho. La niña se acordó entonces de aquella tarde en que su hermano le había dicho que siempre sería una niña. Se acordó de cómo ella misma se había dado cuenta de que no había crecido en mucho tiempo. Y ahora, el médico decía lo mismo que su hermano. Al llegar a casa, entró en su habitación ayudada por las muletas, se sentó en la cama y se quedó mirando a la muñeca. Seguía sonriéndole desde sus finos labios negros y con sus ojos violetas fijos en los de la niña. “¿Eres tu la que no me deja crecer?, le preguntó. Pero la muñeca no contestó.

Esa tarde, le pidió a su madre que la acompañara a dar un paseo. Con la excusa de que tenía que aprender a andar con las muletas, fueron hasta la plazoleta lentamente, ella, su madre y la muñeca de trapo violeta. Las muletas le cansaban mucho, pero a la vez eran divertidas. Todos los niños que la conocían se acercaban a preguntarle, y le pedían que se las dejara probar. Así, entre amigos y con su madre, transcurrió la tarde. Y cuando empezó a oscurecer, su madre la dejó sentada en un banco, el mismo banco de hacía tanto tiempo, mientras ella iba a por el coche para llevarla a casa, pues ambas estaban muy cansadas. El mismo banco de hacía tanto tiempo... Levantó la vista y vio que ya no quedaba nadie en la plazoleta. El sonido de agua cayendo por el canalón y los pájaros reuniéndose para dormir era cuanto podía escuchar. Con movimientos lentos, abrió la mochila en la que tenía, como siempre, a la muñeca. La acarició lentamente, mientras repasaba con la mirada cada parte de ella, de los pies con zapatos negros a la cabeza de lana morada. Y entonces, con lágrimas incipientes en los ojos, la colocó en el otro extremo del banco, sentada, como la encontró aquel día ya lejano. “Quiero crecer”, le dijo, tras unos instantes de silencio. “No quiero seguir siendo siempre una niña”. Entonces, la voz se le rompió, las lágrimas resbalaron por sus mejillas y, entre sollozos, se levantó sobre un pie, cogió sus muletas y se dirigió hacia la carretera, por donde su madre ya se aproximaba con el coche. No miró atrás, ni una sola vez, aunque una parte de ella quería volver y abrazar a la muñeca. Cuando su madre llegó, le ayudó a montarse en el coche, guardó las muletas en el asiento de atrás y partieron.

Días más tarde, con el tobillo ya completamente recuperado, fue a jugar a la plazoleta. Miró con cierto temor el banco, como si la muñeca fuese a estar allí, reprochándole su abandono. Pero no estaba. Quizás ahora otra niña la tendría. O quizás estaría en la basura. Ella, ya jamás lo sabría.

Años más tarde, seguía sin saber si realmente la muñeca había tenido algo que ver con que ella no hubiese crecido. Seguía midiendo lo mismo que entones, aunque fuese una mujer en todos los demás aspectos. Pero de lejos, sentada en el banco de aquella plazoleta, lo que cualquiera que hubiese mirado habría podido ver, hubiese sido una niña con gafas demasiado grandes para su cara, pelo revuelto y una mirada triste en los ojos ocultando una duda.

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