jueves, 14 de febrero de 2013

DIA DE PISCINA


AVENTURAS Y DESVENTURAS DE LA BABOSA MILAGRITOS



DÍA DE PISCINA


El Presidente de la Comunidad del jardín de Milagritos, Don Manuel el Arrendajo, dio permiso para que se abriera la piscina el día primero de Julio y todos los habitantes estaban la mar de contentos esperando el Domingo para estrenar sus trajes de baño, sus toallas, sus gafas de sol y sus sombreros de paja. Y todas las señoras llenaron la tienda "Todo es un Chollo" del Topillo Pitymy para hacer allí las compras y atiborrar sus bolsos de cremas "aftersun" que nadie sabía porque se llamaban así pero que era con lo que se tenían que embadurnar antes de exponerse al sol del verano.

Milagritos que ya le había echado el ojo a un bikini rosa chicle chillón, exportado de París, fue la primera que entró en la tienda aquella mañana de sábado. Se había levantado a las cinco de la mañana porque quería ser la primera de la cola a la espera de que el Topillo abriera la puerta y cuando entró, se fue como una flecha a por su bikini, a la estantería donde estaban los trajes de baño. La verdad es que casi se queda sin él porque una de las cochinillas del grupo de limpiadoras del jardín que ya comenzaba a hacerse un poco vieja, quería aprovechar sus últimos momentos hermosos para lucirse en la piscina y ambas al mismo tiempo se hicieron con el bikini.

-¡Qué es mío!- gritaba Milagritos.

-¡Yo lo he cogido primero!-chillaba la cochinilla vieja.

Y tira de aquí y tira de allá, cada una por un lado, casi se quedan las dos sin bikini porque poco faltó para que lo hicieran pedazos. Pero Pitymy que estaba muy al tanto de lo que pasaba en la tienda porque sabía que cuando se juntaban tantas señoras a comprar aquello era el desbarajuste, se acercó muy amable y dijo:

-¿Por qué no compra una de ustedes ese bikini recién llegado de Dinamarca? Es de lo más sexy y es la última moda.

Milagritos que vio que también era de color rosa, se fue a por él como una fiera y, por esa suerte que a veces se tiene en la vida, lo consiguió antes que la cochinilla. Lo miró, lo remiró y se quedó con él. Eso de que era el último grito en bikinis, le daba mucho tono a la compra.

El problema llegó cuando se lo probó en casa. Como con las prisas no se fijó mucho en la talla y se había puesto ya un poco más gorda de lo normal, tuvo que apretar mucho los michelines para colocarse el bikini y cuando salió de la habitación para que la viera Tadeo, éste casi se desmaya.

-¡¿Pero qué haces medio en cueros, Milagritos?!- le dijo muy asustado.

-Pero Tadeo, ¡no seas antiguo! Es un bikini recién llegado de Dinamarca, la última moda.

-¡Será la última moda!- le respondió Tadeo muy enfadado - pero para que se lo ponga la abubilla Felicitas que parece un palillo de tocar el tambor pero.. ¡tú Milagritos! ¿Te has mirado al espejo? - Y para no ofenderla demasiado porque vio que los ojos se le llenaban de lágrimas, se calmó un poquito y poniéndose otra vez las gafas para seguir leyendo el periódico, murmuró por lo bajini -¡... es que estás un poco gorda...!

Milagritos que se veía chulísima con aquel exiguo bikini, al final se tragó las lágrimas y no le hizo caso a Tadeo y entonces pensó que le faltaban unas chanclas que hicieran juego con el bikini y allá se fue corriendo a la tienda "Todo es un Chollo" a por sus chanclas que al final las tuvo que comprar de color verde porque rosas ya no quedaba ni una. Pero bueno, no le importó demasiado porque sabía que, en cuanto entrara en la piscina se las iba a quitar.

Total, que llegó el domingo. A las nueve de a mañana ya había cola para entrar a darse el primer chapuzón. Tadeo y Milagritos con sus niños, Fidelio y Maritere, eran los terceros, cosa que a Milagritos no le hizo mucha gracia y le dijo a Tadeo que hiciera valer su título de Alcalde para que le dejaran entrar el primero. Menos mal que el Caracol Tadeo que era muy sensato, no le hizo caso y se quedó esperado en la cola como cada quisque hasta que le tocara el turno para entrar. El problema estuvo cuando Milagritos se quitó los pantalones y el blusón de verano y se quedó en bikini. ¡Madre! El pobre Tadeo no sabía donde mirar, se quedó con su bañador de flores exóticas sentadito en la tumbona, se puso rápidamente las gafas de sol, desplegó el periódico y se puso a leer esperando no oír demasiadas risas o comentarios jocosos sobre la señora alcaldesa. ¡Ay, qué apuros pasó el pobre caracol Tadeo!
Sin embargo, Milagritos, tan campante, con chichas por aquí y por allá, comenzó a pasearse alrededor de la piscina luciendo su bikini de última moda, hasta que al pasar por delante de los hijos de la Oruga Doña Pelitos que ya sabemos eran un poco gamberretes, oyó las risas disimuladas y algún comentario que decía:

-¡Vaya morcillas más hermosas las de la señora Alcaldesa!

¡Ay como se puso de avergonzada! Se tiró de cabeza al agua y comenzó a bucear sin querer salir, hasta tal punto, que Don Martín Pescador que era el vigilante de la piscina y no la perdía de vista porque tardaba en subir a la superficie, echó los salvavidas a la piscina, tocó el pito de alarma y se zambulló en busca de Doña Milagritos a la que sacó boqueando como un pececito.

El Caracol Tadeo, descompuesto, se acercó con la toalla más grande para envolver en ella a Milagritos porque, además de que el bikini le quedaba pequeño, encima, se había encogido con el agua ya que era de mala calidad y eso de que era la última moda llegada de Dinamarca, era una bola como una casa que se había inventado el Topillo Pitymy para vender el diminuto bikini.

Así que, Tadeo abrazó a su Milagritos que tiritaba como una hoja, y dejando a sus dos hijos al cuidado de la Ardilla Petigris y la Liebre Enana que al ver la situación delicada se ofrecieron para cuidarlos, se llevó a Milagritos a su casa para prepararle una tisana bien caliente y meterla en la cama un ratito con el pijama de felpa que era con lo que estaba más guapa.

Pero aquel suceso enfadó mucho al Caracol Tadeo porque él amaba mucho a su Milagritos, eso ya lo sabéis y que se llevara aquel disgusto que casi le cuesta la vida por unas risitas de los gusanitos de Doña Pelitos, no le hizo ninguna gracia. Así que les puso una multa por gamberros y maleducados y los castigó a limpiar la piscina durante todo el verano.

Milagritos dejó de ir a la piscina durante el mes de julio porque le daba mucha vergüenza pero en Agosto como hacía un calor de infierno, se puso un traje de baño completo de color negro y con un poco de faldita y, se fue tan pancha a la piscina. No era la que iba más moderna pero el Caracol Tadeo, la quería más que nunca porque sabía cuánto llanto le había costado aquella decisión. Y cuando aquel domingo volvieron a casa, Milagritos se encontró con una sorpresa. Tadeo se había encargado de llenar la casa de flores y en una guirnalda que adornaba la entrada se podía leer:

"¡Nadie te quiere tanto como yo, Milagritos!" - Tu Tadeo de siempre.

Milagritos se puso a llorar pero esta vez de alegría y llamó a todos los del jardín para que vieran el regalo de su maridito Tadeo.

Como podéis imaginaros, la Lagartija Trapisondas hizo aquella semana una Revista de "Dimes y Diretes" que se la quitaron de las manos.

Otro día, más aventuras...

LA NIÑA DEL BOTIJO - CUENTO


LA NIÑA DEL BOTIJO

(CUENTO)



La tata me puso el lazo rojo recogiendo un tirabuzón de cada lado sujetos en la nuca con un bigudí y así terminó mi peinado. Yo estaba inquieta, tenía prisa. Casi eran las doce de la mañana, la hora en que la niña del botijo venía a coger agua de uno de los caños de la fuente redonda que estaba en la Plaza de San Miguel donde yo vivía desde hacía sólo unos meses. Me habían puesto el vestido de cuadritos rojos y blancos y encima el babi rojo que se adornaba con un volante todo alrededor. Mamá no me dejó ponerme otros zapatos que no fueran los negros de charol y los calcetines finos blancos porque hacía bastante calor.
En cuanto me dejaron sola en la habitación, abrí las persianas de madera y vigilé la plazoleta detrás de los visillos a la espera de la niña. Como era un día de mucho calor no pasaba nadie por la Plaza en la que daba el sol desde buena mañana y, en la que afortunadamente, la fachada de nuestra casa, poco a poco, a medida que avanzaba el día, quedaba en la sombra.
Yo la veía llegar todos los días a la misma hora, algo más tarde de que el reloj del Ayuntamiento marcara las doce con sus campanadas. Aquellas campanadas que en verano se oían más; la tata decía que era porque los balcones estaban abiertos pero a mí me parecía que era porque les gustaban los días de verano. Esos días que huelen a fresco y a calor, según los huelas por la mañana al mediodía o a la noche. Esos días que se apagaban muy lentamente cuando ya todo se cansaba de vivir y necesitaba el sueño, cuando de pronto, veías una estrella pequeñita...pequeñita en el cielo y cuando volvías a mirar ya estaba todo cubierto de ellas y el cielo se había vuelto de color azul marino. No sé... es posible que la tata tuviera razón pero lo que sí era verdad era la hora en que la niña del botijo llegaba a la fuente.
Venía por la calleja andando despacio, bamboleando un botijo blanco demasiado grande para ella que, luego, cuando lo llenaba de agua, se veía que no podía con él y tenía que hacer un gran esfuerzo para llevarlo colgado de la mano. Entonces yo veía como se inclinaba hacia un lado su cuerpo flaco guardando el equilibro con el brazo separado del cuerpo a modo de palanca y regresaba por el mismo camino igual de despacio... lentamente.
Aquel día estaba ansiosa, había trazado un plan que quería llevar a cabo pero debía andar con cuidado porque no tenía permiso ni de mamá, ni de la tata, para hacer lo que había pensado. En cuanto la viera en la Plaza, bajaría para hablar con ella y le preguntaría como se llamaba.
A la niña la vi desde el primer día que nos mudamos a la casa en el mes de Enero después de las Navidades con el traslado de papá. Estaba yo en aquella misma habitación probando mi cama con saltos y brincos mientras mamá y la tata se ocupaban de desembalar las cosas y atender a mis hermanos pequeños. Observaba la plazoleta que se veía desde mi balcón; una Plaza pequeña, adoquinada, bastante redonda, rodeada de casas muy limpias que a mi me parecieron de dibujo de cuento y en el centro, una fuente de siete caños, redonda con unas rejas por donde se escapaba el agua que caía y que yo me preguntaba a dónde iba a parar. Entonces la vi por primera vez.
Flacucha, muy blanquita. Con unos pelitos rubios muy alborotados aunque se peinaba con trenzas, siempre llevaba puestos unos vestidos demasiado cortos, no como los míos que me tapaban las rodillas hasta casi media pierna, y jamás la vi con zapatos de charol. Bueno he dicho vestidos pero era sólo uno porque siempre la veía con el mismo, aunque limpio, eso sí. Era blanco con florecitas verdes y el cuerpo tenía un adorno con una cinta muy estrecha de color verde que formaba un lazo en el centro del pecho. En los meses de frío tampoco la vi nunca con abrigo, encima de aquel vestido blanco y verde, se ponía una chaqueta de lana de color marrón claro que tenía unos dibujos de colores rojos, blancos y azules y que comprobé como se le iba quedando pequeña poco a poco. Las mangas no le llegaban a la muñeca y cuando hacía mucho frío y se la abrochaba, le quedaba una abertura entre botón y botón. Me hacía gracia verla mientras llenaba el botijo de agua porque se le notaban las manos rojas por el frío y juntaba las rodilla huesudas una con otra, debía de ser para darse calor. Yo no lo sabía porque nosotros cerrábamos el balcón, se encendía la calefacción en una caldera que había en la cocina y calentaba toda la casa.
Un día, de pronto, aquel vestido de florecitas verdes se volvió negro; supuse que se lo habían teñido de ese color porque las florecitas se traslucían en un tono negro diferente, más opaco. Eso me hizo suponer también que vestía de luto porque se le había muerto alguien y me dio mucha pena. Yo no quería vestirme nunca de negro ni aunque se muriera alguien porque los vestidos quedaban muy feos teñidos. También le habían teñido aquellos zapatos que eran los de siempre, unos con cordones pero que, antes, se veían marrones. Lo único que llevaba blanco eran los calcetines y nunca los llevaba de lana ni hasta la rodilla, eran cortos y finos. Siempre pensé que debía pasar mucho frío aunque a ella parecía que le daba igual. Cuando yo salía a la calle en invierno, la tata me ponía el abrigo con esclavina, la capotita en la cabeza y las manos las escondía en el manguito para tenerlas siempre calientes.
No se por qué pero aquella niña me gustaba, me parecía simpática. Se paraba a mirar el cielo, a observar los árboles y algunas veces, dejaba el botijo junto a la fuente y buscaba insectos, orugas o pequeños bichitos que arrimaba al árbol como si quisiera protegerlos.
Aquel día estaba llegando un poco tarde, hacía ya mucho rato que sonaron las campanadas del reloj del ayuntamiento y todavía no había aparecido. Intranquila, salí al balcón y fue cuando la vi venir por la calleja. El botijo en una mano y en la otra un animalito del que no apartaba la vista. Al llegar a la plazuela dejó el botijo junto a la fuente y vi como buscaba algo con la mirada que no encontraba. Lo que llevaba en la mano parecía un pájaro que, supuse estaba enfermo porque no se escapaba de su mano. Fue entonces cuando miró hacia mi balcón y me vio.

-¡Oye, niña!- me dijo. Tan sorprendida me dejó que no supe contestarle. -¿Tienes una caja de cartón?- volvió a decir - He encontrado un gorrión herido pero me da miedo que se me caiga de la mano, si pudieras darme una caja de cartón para meterlo...

Yo no sabía qué responder, tenía prohibido hablar con extraños, pero aquella niña ya era como una amiga para mí. Entré en la habitación y busqué en el armario, allí había cajas con zapatos, saqué unos blancos que ya me quedaban pequeños y con la caja en la mano y en silencio, salí al pasillo abrí la puerta con cuidado de que nadie me oyera y bajé a la calle. Allí estaba ella, junto a la fuente.
Cuando la vi de cerca me dí cuenta de que era una niña muy guapa con unos ojos muy dulces de color caramelos de miel y me enseñó el gorrioncito que tenía una patita herida y las alas embadurnadas de barro. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra que había frente a la fuente y pusimos al pájaro dentro de la caja. Ella, hábilmente, se quitó un lazo estrecho y blanco que llevaba en los extremos de las trenzas y le vendó la pata al pequeño gorrión.

-Dentro de unos días se le habrá curado y ya podrá volar, ahora hay que darle de comer granitos, semillas, ponerle un cacharrito con agua y limpiarle las alas con mucho cuidado- me daba todas estas explicaciones con una voz suave y dulce que me encantó.

-¿Lo vas a llevar a tu casa?- le pregunté. Noté que se quedó un poco indecisa, meneó la cabeza, se mordió los labios y me respondió con un hilo de voz:

-Si, pero tendré que esconderlo, si mi padre lo ve, lo tirará a la basura.

Lo primero que pensé fue que el papá de aquella niña era un ogro y eso le dio más fuerza al deseo de amistad.

-Desde que murió mi madre, él está siempre enfadado y tiene muy mal genio- aclaró algo avergonzada. Iba a preguntarle su nombre, cuando apareció en la Plaza un hombretón mal encarado que se dirigió a ella y sin mediar palabra le dio un tremendo bofetón.

-¿Se puede saber por qué tardas tanto en llenar un botijo de agua, eh?- y agarrándola por las trenzas la empujó hacia la fuente.

La niña cogió el botijo y lo puso bajo el chorro para que se llenara mientras en su mejilla blanca surgían unos verdugones con la marca de los dedos de aquel hombre.

-Si no vuelves en cinco minutos a casa, probarás la correa- oí que le decía el hombre que, afortunadamente, se marchó por donde había venido.

-¿Por qué te ha pegado, quién es?- le dije asustada.

-Es mi padre. No te preocupes, ya te he dicho que tiene muy mal genio- Cogió el botijo con las dos manos para bajarlo de la fuente y con lágrimas en los ojos me dijo:

-Oye... ¿tú me cuidarías el pajarito? No puedo llevarlo a casa... ya ves como está de enfadado... - dijo señalando con la cabeza por donde se había ido el hombre, y con el asa del botijo agarrada con las dos manos, esperó mi respuesta.

-Si... No te preocupes, yo lo cuidaré. Vivo ahí mismo, en esa casa- dije señalando el balcón- y cuando vengas a por agua subirás a mi casa y entre las dos lo curaremos hasta que pueda volar.

Se marchó con una sonrisa en su boca y una mirada triste en sus ojos, con su cuerpo flaco inclinado hacia un lado para guardar el equilibrio y el botijo lleno de agua en la otra.
Esa fue la última vez que la vi. Nunca volvió. No pude saber qué sucedió. Con ayuda de mis padres y la tata, curamos al pequeño gorrión hasta que una mañana soleada, lo echamos a volar y vimos como se alzaba en el aire para desaparecer en el cielo.
Nunca supe como se llamaba la niña del botijo.

EL HADA PELUSITA


EL HADA PELUSITA



Había una vez un hada muy pequeñita, tan fea que estaba envuelta en una pelusa blanca y parecía la semilla de una flor y por eso en el país de las hadas la llamaban Pelusita. Se trasladaba con el viento o en las chispas luminosas de las estrellas donde subía de un salto para navegar por el firmamento y siempre se escondía para que nadie viera lo fea que era.
Un día la Gran Reina Dorada la llamó a su presencia y le dijo:
-Pelusita, ha llegado la hora de que consigas la varita mágica, para ello debes ir a la tierra y traer las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa.
Y dicho ésto, la Gran Reina Dorada puso en su mano a Pelusita, sopló sobre ella y la echó a volar por los aires. Pelusita, muy asustada y triste porque no quería bajar hasta la tierra, se agarró a los faldones del viento que en aquel momento paseaba por los alrededores y dando volteretas para un lado y para otro se alejó del país de las hadas.
Al poco rato, cuando ya pudo sentarse cómodamente sobre la tela del viento, vio un país lleno de niños y decidió bajar y mirar a escondidas lo que pasaba allí.
-Viento, por favor, bájame hasta ese lugar que necesito llevarme las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa- le dijo.
El viento, despacito, la dejó sobre el banco de un parque y se marchó para seguir paseando por el espacio. Pelusita comenzó a buscar una niña que tuviera lágrimas pero allí todos los niños eran tan guapos y felices que pasaban el tiempo riendo y riendo. Cuando la vieron volar con aquella pelusa blanca, los niños creyeron que era la semilla de una flor y corriendo fueron tras ella para atraparla. Unos intentaban sujetarla entre los dedos pero Pelusita, se escurría entre las rendijas y escapaba volando.
-¡Esa semilla es mía!-decía uno –voy a espachurrarla.
-No, es para mí- decía otro intentando darle un pisotón.
-Esa semilla la quiero aplastar entre las hojas de un libro- decía otra niña con la cara llena de churretes –verás como se seca y se queda como un papel.
Pelusita, temblando de miedo no se daba cuenta de que estaba en el país de los niños traviesos y cuando ya la tenía uno entre sus manos, de una ventolera, su amigo el viento la arrebató y se la llevó por los aires. Cuando se le pasó el susto vio que, al fin, llegaba al país de los hombres. Un país precioso; con campos verdes, mares inmensos, ríos y cascadas y lleno de hermosas flores entre las que el viento dejó a Pelusita. Se sentía tan feliz calentada por los rayos del sol que casi se queda dormida pero un ruido la despabiló. Prestó atención, miró por la rendija de entre los dos pétalos de una flor y vio a una niña sentada a la orilla de un río, con las mejillas llenas de un agua rara que no sabía qué era. Pelusita se acercó despacito y le dijo:
-Niña, ¿por qué estás triste? ¿y por qué sale agua de tus ojos?
La niña, al ver una pelusita blanca que le hablaba y que no conocía las lágrimas, se quedó muy sorprendida. La cogió con la mano y le preguntó:
-¿Es que no conoces las lágrimas? ¿Quién eres tú que tienes tanta suerte que no sabes lo que es llorar?.
-Soy el Hada fea Pelusita. Busco a un niño triste porque tengo que llevarme sus lágrimas para cambiarlas por una sonrisa, pero no sabía que las lágrimas eran agua que salía de los ojos, creía que era alguna cosa que los niños tenían en las orejas.
La respuesta le hizo tanta gracia a la niña que olvidando su tristeza, le contestó:
-¿Y cómo es que no lo sabes?
-Porque en el país de las hadas no se llora nunca.
El Hada Pelusita se colocó en el pelo de la niña como un adorno. La niña se reflejó entonces en el río y Pelusita, asombrada, vio que era una niña más fea que ella. La niña al ver su cara, volvió a llorar desconsolada y a Pelusita le entró una tristeza tan grande que, sin darse cuenta, notó como de sus ojos salía un agua que rodaba por sus mejillas y caía en gotas por su gran nariz.
-Pero, Pelusita- le dijo la niña- ¡si tu también estás llorando!
-¿Este agua que cubre mis mejillas es llorar? - pues no resulta tan triste como creía porque a mi me deja muy tranquila.
A la niña le hizo gracia el comentario de la pequeña hada y se puso a reír. El hada fea Pelusita, se quedó asombrada. Con la risa, el rostro de la niña se había transformado en algo tan hermoso que la dejó boquiabierta, y le dijo a la niña:
-Mírate ahora en el espejo del río.
La niña al verse tan bella, no paró de reír y se fue muy contenta a jugar con otros niños.
Pelusita se quedó pensando en lo que había visto y decidió subir al país de las hadas para hablar con la Gran Reina Dorada.
Cuando llegó y pasó a presencia de la Reina, está le preguntó:
-¿Has traído las lágrimas de una niña, Pelusita?
-No, majestad.
-¿Y por qué?-volvió a preguntar la Reina- Así no podremos cambiarlas por una sonrisa para que esa niña esté siempre contenta.
Pelusita le respondió:
-No es necesario cambiar nada en los niños, majestad, porque ellos necesitan llorar y reír para aprender que las dos cosas son hermosas.
-¿Y tú cómo lo sabes?- preguntó, otra vez, la Reina.
-Porque yo también he llorado, mi Reina y cuando lo he hecho, el corazón se ha quedado tan sereno que no me importaría volver a llorar.
La Gran Reina Dorada de las Hadas se quedó pensativa durante un rato y luego dijo:
-Bien, Pelusita. Llevaremos este asunto a los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños para saber que opinan.
Al día siguiente, la Gran Reina Dorada de las hadas, se envolvió en la túnica invisible de viajar por el cielo y con Pelusita en la mano, llegó al país donde vivían los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños. Al entrar en aquella sala suspendida en el aire para que nadie la viera, La Reina y Pelusita vieron como los Siete Sabios, miraban con un enorme telescopio por los agujeros que había en el aire, observando el comportamiento de los niños. Al verlas, el más Sabio de todos, se peinó la barba blanca que le llegaba hasta los pies y las hizo sentarse en una nube muy blandita.Cuando la reina iba a explicar la aventura del Hada fea Pelusita, el Sabio dijo:
-Noooo, noonono...¡¡¡ No son necesaria explicaciones, lo hemos observado todo con el telescopio que llega hasta la tierra desde nuestra ventana, y después de reunirnos para esclarecer este asunto, hemos decidido por unanimidad que los niños también necesitan llorar un poco porque luego, le dan más valor a la risa. Así que ya no habrá que salir a por lágrimas de niñas ni de niños para cambiarlas por sonrisas, porque ellos solitos, lo saben hacer y eso les ayuda a conocer que en la vida, se deben tener las dos cosas, la tristeza que provoca las lágrimas y la alegría que provoca la risa. Y como premio al Hada Pelusita que es quien lo ha descubierto, ofrecemos a Pelusita la varita mágica especial de la belleza, la bondad y la sabiduría.
Se hizo una gran fiesta en el país de las hadas para festejar a Pelusita y cuando le fue entregada la varita mágica especial de la belleza, la bondad y la sabiduría, Pelusita sintió como su ser se transformaba y al reflejarse en el espejo del cielo, vio que era el hada más pequeña pero también la más hermosa del país de las hadas.
Por eso amiguitos, os pido que cuando veáis una pelusa que parezca la semilla de una flor, dejarla volar, porque puede ser el hada Pelusita que está ayudando a los niños a ser felices.... aunque también tengan que llorar un poquito de vez en cuando.

E L L A - CUENTO


E L L A

C U E N T O

En aquel tiempo en el que nuestro domicilio se encontraba muy cercano al Parque de El Retiro, durante los días vacacionales, distraíamos las tardes entre los paseos del hermoso parque madrileño. Mientras mis hijos jugaban, yo me entretenía creando historias, unas veces verdaderas y otras ficticias o en lectura sosegada bajo la arboleda que, como soldados en formación, vigilaban los senderos. Entre todos los árboles, siempre he amado mucho a los castaños, aunque no puedo explicar el motivo, y tal vez por eso, escogí para descansar y leer el libro que siempre llevaba bajo el brazo, un paseo bordeado de estos hermosos árboles. Entre los resplandores del sol que atravesaban las ramas y la umbría propia del bosque, se formaba un acogedor rincón en el que un banco, se ofreció como arrimo a mi cansancio.

"Comenzamos a verla pocos días después del principio de nuestros paseos diarios. Llegaba lentamente apoyada en su enorme paraguas rojo como si fuera un bastón, miraba las copas de los árboles igual que si los estuviera estudiando y se sentaba en el banco situado bajo el enorme castaño de copa redondeada que, a mí, siempre me pareció que la abrazaba.Era muy mayor pero no se podía adivinar su edad, imposible de identificar. Su vestimenta de lo más original, muy poco común en una mujer que ya se podía denominar como anciana, la diferenciaba, en mucho, del resto de las personas, sobre todo de las de su época. Siempre creí que su estación meteorológica preferida era el otoño porque, durante ese tiempo del año, se la veía más feliz. Parecía que la alegría se reflejaba en aquel rostro de piel muy blanca, terso, sin arrugas. Con un cabello plateado que recogía en un moño, tenía el aspecto de la reina de un país mágico. Muy pulcra aun en su extraña indumentaria, cuando se iniciaba el tiempo frío, se cubría con un chaquetón largo en tonos marrones rojizos sobre una falda ancha, marrón claro, que sólo dejaba ver unos zapatos con cordones similares a los de los colegiales por los que asomaban unos calcetines amarillo-anaranjados doblados varias veces sobre los tobillos. Una bufanda larga de lana, daba dos o tres vueltas sobre su cuello y mientras en una mano agarraba un maletín de viaje, grande, que parecía muy antiguo, del que jamás conocí su contenido pero que formaba parte de su identidad, en la otra sujetaba su inseparable y enorme paraguas rojo, aportando a toda su figura un aspecto de personaje sacado de un cuento infantil. Daba la sensación de que, en cualquier momento, podía elevar el vuelo lo mismo que si fuera la señorita Mary Poppins. Era una mujer muy peculiar, y cuando se sentaba bajo el castaño, transmitía la placidez de haber llegado a casa. Suspiraba suavemente, miraba la copa como agradeciendo su sombra, incluido aquel abrazo que yo acostumbraba a inventar, sonreía y observaba cada incidente como si su única misión fuera vigilar que todo guardara un orden.
Le gustaban los niños, los ancianos y los marginados; pude comprobarlo desde el observatorio de mi banco en el que me sentaba para estudiarla unos metros alejada de ella, en el camino del parque. No fui la única que se fijó en la singular mujer. A mis hijos también les fascinó su encanto y acabamos llamándola ELLA.
Poco tiempo después de nuestra coincidencia en el paseo de los castaños, pude ser testigo de sucesos insólitos que ocurrían durante su presencia a los cuales no se les podía dar una explicación racional. Un día, un niño jugaba con una pelota muy cerca de donde se encontraba sentada, en su carrera tras el balón, tropezó y cayó hiriéndose en una rodilla. Asombrada, vi como, ella, se alzaba con una agilidad inusual para sus años, sentó al niño sobre el banco, comenzó a hablarle mientras restañaba la sangre de la herida con lo que parecía un pañuelo blanco, y el pequeño dejó de llorar, sonrió, la miró a la cara y volvió a correr tras la pelota; en su rodilla no se veía ninguna herida. Eso me sorprendió aunque llegué a pensar que mi apreciación había sido incorrecta y la herida no era tan grande como en un principio creí. Acostumbraba a conversar con los indigentes que se acomodaban a su lado, cosa que a mi me preocupaba. Yo no los perdía de vista, mi primera ocurrencia era la facilidad que se les ofrecía para el robo del inseparable maletín que mantenía en el suelo cerca de sus pies. Sin embargo, los necesitados que se acercaban, terminaban charlando amigablemente con ella, al cabo de un rato se levantaban muy sonrientes y con aspecto de felicidad, se alejaban paseo adelante como si hubieran encontrado una solución a sus vidas, jamás soñada.
Más de una vez estuve tentada de acercarme e iniciar una conversación para conseguir esa intimidad que ofrecía a quien se aproximaba hasta ella, pero su mirada me detenía. Sus ojos grandes, claros, de un extraño color ámbar, hablaban sin pronunciar palabras. Cuando me miraba, estaba segura de que conocía mis pensamientos hasta lo más profundo de mi alma, como si se hubiera apoderado totalmente de mi, pero de una manera sutil, suave, maternal. Ella me comprendía, poseía el conocimiento más recóndito de todo mi ser, mis defectos, mis virtudes..., y era imposible mantener la mirada de aquellos ojos hermosamente amarillos que en algunas ocasiones se tornaban amarronados como las hojas otoñales de aquel castaño, lo mismo que si se mimetizara con ellas. No sé por qué, me mantenía aparte. Yo no debía acercarme hasta ella, sólo me permitía observarla y pronto comprendí el poder que ejercía sobre mí. Sin palabras audibles, me parecía oírla decir: "...tu ahí quieta, no puedes acercarte, no es el momento..." y ese dirigir mis actos de manera encubierta, que de alguna forma me inquietaba, por otra parte, me proporcionaba la fuerte seguridad que ofrece sentirse protegida.
Una tarde de finales de verano, cuando los vientos anunciadores del otoño desnudaban los árboles cubriendo los caminos de hojas semejante a una alfombra dorada, se desató de improviso una fuerte tormenta, con relámpagos y truenos aterradores acompañados de una lluvia torrencial. Lo primero que pensé fue en ayudar a la anciana pero ella abrió su paraguas rojo que parecía un palio y siguió sentada en el banco. Yo eché a correr con mis hijos que intentaban cobijarse bajo los altos cedros pero, conociendo el peligro que esto significa en una tormenta, no se lo permití y cuando, en las prisas buscábamos la carretera libre, uno de los esbeltos abedules del paseo, fue alcanzado por un rayo. Desgajado, lo vi caer sobre mi hijo pequeño y el terror me paralizó. Cuando ya creí que lo golpeaba, de una manera irreal, el árbol dio un quiebro y cayó con toda su fuerza frente a mi hijo. Algo intangible me obligó a mirar hacia atrás; allí estaba la anciana, con su chaqueta rojiza, sus zapatos, sus calcetines y su bufanda; el maletín en una mano y el paraguas rojo cerrado apuntando al árbol como si fuera una espada salvadora. Volví a por mi hijo, estaba empapado pero sin un rasguño. Mis otros hijos me llamaban bajo la lluvia para que me apresurara a salir del parque y al mirar hacia atrás para agradecer a la mujer, no sabía qué, ésta había desaparecido. La busqué con los ojos pero no la localicé por ningún camino, se había esfumado.
Con el principio de las clases, mis hijos ya no tenían tanto tiempo libre y dejamos de ir al parque, sólo lo frecuentábamos algunas mañanas de domingo cuando el tiempo lo permitía, en las que íbamos toda la familia a dar un paseo antes de la comida. Y poco a poco el recuerdo de la mujer se fue olvidando. La vida seguía su curso normal.
Mi marido, que por su profesión trataba con embajadas extranjeras, cierto día fue invitado a una fiesta en una de ellas a la que yo debía acompañarle. Habían llegado los reyes del país correspondiente y celebraban un acontecimiento nacional. Yo estaba ilusionada, estas celebraciones no eran muy frecuentes y me compré un precioso vestido de noche en tonos verdes que era el que más me gustaba y el que yo creía más favorecedor para mi apariencia. Cuando llegó el momento del festejo, al entrar en la sala donde se iba a celebrar el baile, fui presentada a las personalidades y al llegar a los reyes, no pude reprimir un respingo. ¡La reina era ella, la peculiar anciana del parque! Vestida con un precioso traje de fiesta en color negro y una diadema espectacular que adornaba su cabeza nívea, me miró a los ojos con aquella inverosímil mirada suya de color amarillo; en el momento en que yo iniciaba la reverencia que me exigía el ceremonial, sonrió con dulzura, me apretó los dedos de la mano en un saludo protocolario que, aun así, sentí fuertemente íntimo, y siguiendo a mi esposo, esperé el comienzo de la música que invitaba a la danza. Pero mi interés estaba en la Reina. Pasé la noche observándola sin ver nada de particular en su comportamiento, era una anciana noble, muy ceremoniosa en su trato pero que en ningún caso se fijó en mí más de lo que debía. Tanto es así, que llegué a pensar que yo estaba viendo visiones.
A la vuelta a nuestra casa, una vez finalizada la fiesta, no pude evitar la pregunta:

-Luis, ¿sabes si se cuenta algo especial de la reina?- pregunté a mi esposo.

-¿Por qué lo preguntas?- respondió sorprendido.

En aquel momento supe que había algo fuera de lo común sobre aquel asunto, algo que mi marido no había comentado e hice hincapié en la pregunta, añadiendo:

- Parece una persona muy peculiar...no sé... un hada...

Aquí tengo que decir que Luis, mi marido, me consideraba una persona excesivamente imaginativa y, más de una vez, había recibido una buena regañina de su parte por sacar las cosas de su contexto habitual, sin embargo, esta vez no sucedió así. Me miró fijamente con aquellos ojos suyos entre guasones y serios que yo amaba tanto y me dijo, ya cambiando la vista:

-Se cuentan anécdotas de ella... dicen que aparece y desaparece...Le gusta mucho perderse en el bosque y tiene un sobrenombre que no sé si es conocido por ella...

-¿Cómo la llaman?- pregunté expectante.

-La reina de los árboles- dijo, guardó silencio durante unos segundos sin dejar de observarme, sonrió y continuó diciendo al mismo tiempo que acariciaba mi rostro: -¡Anda chatilla, que ya tienes tema para imaginar historias...!

Pero, no sé por qué, aquello fue una anécdota que acabó en el baúl del olvido y pensé que la semejanza de la Reina con la anciana del parque, esta vez sí había sido imaginación mía.
Pronto llegaron unas nuevas vacaciones escolares y el buen tiempo permitió las horas de descanso y juegos en los mismos jardines. Una tarde, volví a verla. Como en tiempos anteriores, se acercó con su característica vestimenta y se sentó en el banco que había bajo el castaño. Esta vez no pude refrenar la curiosidad, pero en el momento en que me incorporaba para dirigirme a ella y aclarar mis dudas, oí la voz del mayor de mis hijos que me advertía de como su hermano menor había trepado a un árbol, hecho que transgredía todo lo autorizado por mi en sus juegos. Después de obligarle a bajar y aguantar la correspondiente reprimenda, cuando volví a mi lugar y quise acercarme a la anciana, ésta había desaparecido... pero junto al castaño frondoso de copa redondeada, pude ver un árbol en el que jamás me había fijado. No conocía la especie y sus preciosa hojas me sorprendieron hasta cortarme el aliento. Aun estando en verano, presentaban un color ámbar inigualable en ningún otro árbol y acaricié su textura parecida a suave terciopelo mientras tintineaban en una música única movidas por un viento inexistente. Toqué la madera de su tronco que me respondió con una tibieza indescriptible y entonces vi, apoyado en él, un enorme paraguas rojo. "

Y aquí termina esta historia, la historia de E L L A, "la Reina de los árboles", como la he llamado desde entonces. Una mujer misteriosa, extravagante, peculiar y mágica. No volvimos a verla nunca más y al recordarla, me pregunto si existió o todo fue parte de mi imaginación desbordada. Nunca lo sabré... pero todavía conservo como un enigmático recuerdo, aquel enorme paraguas rojo que encontré apoyado en el tronco de un extraño árbol. Jamás he conseguido abrirlo, es irreal, como si hubiera emergido de las páginas de un cuento infantil.

AVENTURAS DE LA ARAÑA MALOSPELOS Y EL SALTAMONTES TRIQUIÑUELAS



AVENTURAS DE LA ARAÑA MALOSPELOS
Y
EL SALTAMONTES TRIQUIÑUELAS


Había una vez, en el jardín de la rosaleda del bosque, una araña que se llamaba Malospelos que tenía como su mejor amigo al saltamontes Triquiñuelas. Aquel día toda la rosaleda estaba alborotada y muy especialmente la comunidad de las arañas porque el Rey de los Gladiolos casaba a su hija la princesa Pitiminí con el Jazmín Blanco que crecía en la esquina de la izquierda según se entraba a la rosaleda.

El Rey de los Gladiolos había dictado un Bando en el que se premiaría con el título de "Tejedora Mayor del Reino" a la araña que tejiera el velo nupcial más hermoso para que la princesa Pitiminí lo luciera el día de su boda por lo que todas las arañas habidas y por haber, se habían puesto a trabajar para ganar el título tan codiciado.

La araña Malospelos no se libraba de aquel alboroto y andaba de acá para allá en su casita que tenía fabricada entre dos tallos de rosas rojas pensando en cómo podía ganar el premio. Tengo que deciros, amiguitos, que la araña Malospelos era un poco llorona y también poco hábil y se pasaba el tiempo intentando tejer sus telas para que no tuvieran agujeros, pero como nunca lo conseguía, se pasaba el día llorando. Tanto es así que el saltamontes Triquiñuelas que vivía debajo de ella, estaba toooodo el día desaguando su casa inundada por las lágrimas de la llorona Malospelos y, aunque eran muy buenos amigos, algunas veces Triquiñuelas se enfadaba bastante con su amiga Malospelos porque ya estaba harto de oírla siempre llorar.

Aquella mañana, la verdad es que le dio un poco de pena porque sólo la oía decir:

-¡Ay, ay, ay! ¡Qué desgraciadita soy! ¡Qué desgraciadita soy!

-Pero Malospelos ¿por qué dices que eres tan desgraciada, qué es lo que te pasa?

-¡Ay, Triquiñuelas, que ya me estoy haciendo mayor y necesito tener un empleo que me permita pasar la vejez tranquila! ¡Ayúdame a conseguir el título de Tejedora Mayor del Reino si no me moriré de hambre!

-¡Pues ponte a trabajar!- le dijo el saltamontes Triquiñuelas un poquito enfadado de tanta queja.

-¡Pero es que a mi todas las telas me salen con agujeros!, ¿cómo voy a conseguir que el velo nupcial sea el más bonito? ¡nunca ganaré el título! ¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

-¡Bueno! ¡Para ya de llorar!- dijo Triquiñuelas sacando su paraguas porque lo estaba empapando con tanta lágrima- Ya estudiaremos la situación, yo intentaré ayudarte. A ver. Tu tranquilízate y ponte a trabajar, despacito y poco a poco para que todo salga bien ¿vale?

-Vale- dijo Malospelos entre hipo e hipo. Y secándose las lágrimas con el pétalo de una rosa marchita que usaba de pañuelo, se fue al baúl donde tenía todos los ovillos de hilo y escogió uno de seda muy antiguo que le había dejado en herencia su abuela Maravillas, que la llamaron así porque hacía maravillas con los hilos.

Y Malospelos se puso a tejer despacito como le había dicho su amigo Triquiñuelas mientras él, de dos saltos y medio, se subió a un castaño y se puso a tocar el violín que era lo que más le gustaba hacer.

Cuando la araña Malospelos terminó de tejer la tela para el velo nupcial de la princesa Pitiminí, llamó al saltamontes Triquiñuelas para enseñárselo.

-Buenoooooo...-dijo Triquiñuelas, estirando sus cuernecillos - no está nada mal, te ha salido sin agujeros perooooo... le falta algo... está muy soso... le vendrían bien unas cuantas perlas.

Al oír esto Malospelos comenzó a llorar de nuevo y Triquiñuelas tuvo que escapar para que no lo volviera a mojar y desde lejos, le dijo:

-¡No llores Malospelos, voy a ayudarte, no te preocupes!- y se marchó a la casa del rocío de la noche.

Le abrió la puerta el mismo rocío que estaba preparando las bolsitas con las gotas de agua para esparcirlas por las hierbas y las flores en cuanto llegara la noche.

- Tengo que pedirte un favor- le dijo Triquiñuelas- cuando extiendas las gotas de rocío, echa unas cuantas por encima de la tela que ha tejido la araña Malospelos, ¡anda, porfa...! Yo a cambio, tocaré gratis el violín en todas tus fiestas.

¡Madre mía qué contenta se puso Malospelos cuando vio su tela cuajada de unas perlitas transparentes! Se puso a bailar con todas sus patas, tan alborotada que casi derrumba
su casa pero, Triquiñuelas le dijo:

-Hummmm!!! Aquí todavía falta algo- Malospelos al oírlo se quedó patidifusa con la boca abierta ¿qué podía faltar?- Sí. Le falta luz, mucha luz. ¡Ahora vuelvoooo!- Y en cuatro saltos el saltamontes Triquiñuelas se subió hasta el sol.

-Oye sol, la araña Malospelos necesita un poco de luminosidad para la tela que ha tejido porque quiere ganar el título de Tejedora Mayor del Reino ¿tú podrías ayudarla?

El sol, que aquel día estaba de buenas y más radiante que nunca, sacó del cuarto de los trastos un poco de purpurina dorada, la iluminó con uno de sus rayos y los dejó caer sobre la tela que había tejido Malospelos. ¡Madre, madreeeee!!! ¡Qué cosa más bonitaaaa!

El día de la boda de la princesa Pitiminí, todos los bichos de la Rosaleda estaban esperando con ansia ver el velo que había escogido la princesa pues aquel sería el ganador y cuando apareció en la sala nupcial luciendo el hermoso tul tejido por Malospelos, todos aplaudieron un montón, sobre todo, Triquiñuelas y naturalmente, la araña llorona Malospelos que consiguió el título de Tejedora Mayor del Reino y ya no lloró nunca más.

El saltamontes Triquiñuelas se pasó toda la fiesta tocando el violín y Malospelos bailó con todo el mundo, buenoooo, con todos no, porqueeeee... ¡chssss! no se lo digáis a nadie perooo... es que era un poco fea... por eso la llamaban Malospelos.

¿Qué os ha parecido la historieta? Para ser un cuento... ¡no está nada mal! ¿verdad?

LA RATONA MATILDITA


CUENTOS DE LA ABUELA XANINO


LA RATONA MATILDITA


La ratona Matildita se compró unos pololos azules que le llegaban a los tobillos, un vestido de cuadros blancos y rojos y una cofia con puntillas para estar muy guapa cuando llegara a visitarla un primo segundo que venía desde Madrid.

El primito se llamaba “El Cuclillas” y era un ratón de alcantarilla que, según le había contado la tía Rabolargo que era muy cotilla y se enteraba de todos los chismes de la familia, se marchó de su casa a correr mundo, pero como no tuvo mucha suerte, acabó viviendo en las alcantarillas.

La ratona Matildita, ya conocía a su primo segundo “El Cuclillas” de cuando una vez, de pequeña, había ido con sus padres a visitar a la familia que entonces, vivían en una madriguera de alquiler en los bajos de un castaño en el parque de El Retiro y por eso, se las daban de muy elegantes.

Matildita que era muy ordenada y relimpia, limpió cristales, sacó brillo a los muebles y preparó la mejor habitación de la casa desde donde se podía ver los jardines de la rosaleda, para que su primo segundo estuviera cómodo y contento y como quería darle una bienvenida muy sonada, llamó a su amigo el Saltamontes Triquiñuelas y le dijo:

-Triquiñuelas, necesito que me hagas un favor, ¡andaaaa!,

Triquiñuelas que quería mucho a la ratona Matildita porque siempre le dejaba descansar en las berzas de su huerto, le respondió:

-Lo que tú quieras, Matildita. Sabes cuánto te aprecio y por ti haré lo que me pidas.

Después de explicarle la visita de su primo, la ratona Matildita le pidió a Triquiñuelas.

-Mira, me gustaría que tocases el violín en la fiesta, así todos los invitados podrían bailar y divertirse, ¡porfaaaaa…. Triqui…!

Triquiñuelas que estaba un poco mosca con aquella visita, le dijo a Matildita:
-Perooooo ¿tú crees que ese “Cuclillas” se merece tanto esfuerzo?

-¡Qué sí, qué sí!- decía la ratona muy alborotada - ¡Que el “Cuclillas” es un buen ratón, no te vayas a creer! ¡que él es un ratón de campo y ha vivido en el parque de El Retiro, y allíiiii…!- y como Matildita no sabía qué más decir, chascó los dedos para dar a entender que la cosa era muy interesante.

El día de la llegada de “El Cuclillas”, estaban todos esperándole vestidos con sus mejores galas. Matildita se había puesto sus pololos azules, su vestidito de cuadros y su cofia de puntillas y Triquiñuelas, se puso un chaleco que usaba en todas las fiestas y su sombrero nuevo. Estaban todos muy impacientes cuando, de pronto apareció en la puerta el primo segundo de Matildita. ¡Qué sorpresa, amiguitos, y qué decepción!
“El Cuclillas” llevaba unos vaqueros que más que pantalones eran unos agujeros, un jersey lleno de lamparones que ya no se sabía de qué color era y en cuanto llegó, se quitó los zapatos porque decía que le apretaban mucho y enseñó los zancajos de los calcetines con unos agujeros más grandes que su cabeza, por donde asomaban los talones y los dedos llenos de mugre.

Al verlo, a la ratona Matildita le dio un soponcio y casi se le cae de las manos la bandeja de bollos que le quería ofrecer a su primo segundo. “El Cuclillas”, que no le daba importancia a lo que estaba haciendo porque nunca nadie le había dicho como debía comportarse, ni corto ni perezoso, intentó coger uno de los bollos para llevárselo a la boca y ahí, Triquiñuelas ya no pudo más. Le dio un garrotazo en los dedos con el arco del violín que le hizo soltar un grito,- además del bollo-, que se oyó por todo el jardín.
-Tú no tocas ni un bollo con esas manos hasta que te bañes y te vistas como una persona decente ¡porque lo digo yo!- dijo muy enfadado el saltamontes Triquiñuelas. Entró en la casa, llenó un barreño con agua bien caliente, agarró al “Cuclillas” por las orejas y sin ningún miramiento lo met ió de golpe en la tina dejándolo en remojo.

Cuando la ratona Matildita se recuperó de su desmayo, buscó en el baúl de la ropa usada un traje que había sido de su abuelo materno y se lo encasquetó al “Cuclillas” que, así vestido, parecía el rey de un país raro de esos que nadie conoce, y ya todos muy alegres, se sentaron a la mesa a comerse todos los bollos de los que no dejaron ni las migas. Después, bailaron toda la noche acompañados por el violín de Triquiñuelas y “El Cuclillas” se divirtió tanto que ya no quiso volver más a las alcantarillas. Se quedó de huésped en casa de la ratona Matildita, pagando la habitación y la comida por supuesto, con un trabajo de barrendero que le ofreció el señor Alcalde Don Nicanor, un gorrión amigo íntimo del saltamontes Triquiñuelas y le cogió tanto gusto al baño diario que se pasaba las horas en el barreño rascándose la espalda con un cepillo de púas de puercoespín que le regalaron entre todos los vecinos.

“El Cuclillas” acabó haciéndose muy amigo de Triquiñuelas y cada día, después de finalizado su trabajo, se reunían en la berza más grande del huerto de la ratona Matildita para explicarse historietas (muchas inventadaaaas, eh) de tantas aventuras pasadas en las alcantarillas de Madrid.

Y así acaba hoy el cuento del “Cuclillas”. Ahora me marcho corriendo que pierdo el autobús y además tengo que abrir el paraguas porque empieza a llover… ¡qué lata! ¡Adiós amiguitoooos….!

miércoles, 6 de febrero de 2013

La pietra del gallo

La pietra del gallo

di Gianbattista Basile

c'era una volta nella città di Grottanera un tale che si chiamava Mineco: tutta la sua ricchezza era un galletto, ma un giorno, che aveva una fame da non vederci più, decise di andare a venderlo al mercato. Là trovò due maghi che glielo comprarono: gli dissero però di portarlo fino a casa perché non avevano soldi con loro. I due maghi si avviarono, lui era dietro ed il gallo in mano e li sentiva parlare tra loro:
"Chi l'avrebbe detto che avremmo avuto quest'incontro. Questo gallo sarà la nostra fortuna, con la pietra che ha in testa; la faremo subito montare su di un anello e potremo avere quello che vogliamo".
"Zitto", disse l'altro, "che ancora non ci credo. Siamo ricchi! Non vedo l'ora di spaccar la testa al gallo!".
Mineco, capito di che si trattava, voltò per una stradina, prese il largo, e arrivò dritto dritto a casa sua. Qui torse il collo al gallo e, apertali la testa trovò una pietra; la fece montare su di un anello di ottone, e poi chiese:
"Voglio diventare giovanotto".
Appena pronunziate queste parole il sangue gli tornò più vivo, i nervi più saldi, i muscoli più forti, le gambe più ferme, i capelli d'argento si fecero d'oro, la bocca si riempì di bei denti bianchi, insomma divenne un bellissimo giovane. Allora continuò:
"Desidero un palazzo magnifico e la figlia del re per sposa".
Ed ecco comparire un palazzo ricchissimo con statue e colonnati, l'argento riluceva dappertutto, l'oro si calpestava a terra, brulicava di servitori, cavalli e carrozze a bizzeffe. Tanto che il re che si era accorto di tanta magnificenza decise di dare in moglie sua figlia a quel signore.
Ma i maghi, che conoscevano l'origine di tanta fortuna, decisero di toglierla di mano a Mineco. Costruirono una bella bambola che si muoveva tutta, rideva e piangeva, e andarono dalla figlia di Mineco, per venderla. La bambina chiese quanto volevano, loro risposero che non c'era prezzo che poteva pagarla, ma gliel'avrebbero data se avesse fatto loro il piacere di mostrare come era montato l'anello del padre, che ne volevano uno uguale.
La bambina accettò subito e disse di tornare l'indomani che si sarebbe fatta dare l'anello.
Così la sera la bambina disse al padre tante cosine dolci e gli fece tante carezze che lui acconsentì a prestargli l'anello. Il giorno dopo i maghi avuto l'anello sparirono in un baleno, andarono in un bosco e tolsero l'incantesimo al vecchio ringiovanito. Mineco che in quel momento stava chiacchierando con il re, cominciò ad arruffarsi tutto, poi i capelli sbiancarono, la faccia raggrinzì, la bocca si sdentò,la gobba si alzò e gli abiti divennero stracci. Il re vedendo quel vecchio pezzente conversare con lui lo fece cacciare a male parole e quando il povero Mineco andò dalla figlia e si sentì raccontare la burla che gli avevano fatto, per poco non si buttò giù dalla finestra per la disperazione.
Poi decise di andare a cercare i maghi per riprendersi il suo anello. E cammina cammina arrivò nel regno dei topi, Buconero; ma lì fu preso per una spia dei gatti e fu portato davanti al re, che gli chiese chi era e da dove veniva. Mineco tirò fuori dalla sua bisaccia un gran pezzo di lardo per il re, poi, raccontò tutta la sua storia e concluse che non avrebbe avuto pace finché non trovava i due maghi col suo anello, che lo avevano derubato tutto insieme della bellezza, della gioventù e dell'amore.
A questo racconto il re si sentì muovere a pietà e chiamò i topi più vecchi a consiglio chiedendo il loro parere attorno alla disgrazia di Mineco. Per fortuna c'erano lì due topi che avevano vissuto a lungo nelle cantine di una locanda che dissero:
"Stai allegro amico, le cose vanno meglio di quanto tu creda. Un giorno che eravamo nell'osteria passarono due uomini che raccontavano di uno scherzo fatto a un vecchio di Grottanera, a cui avevano trafugato una pietra di grandi virtù".
Mineco chiese ai due topi di accompagnarlo nel paese dei maghi per fargli recuperare l'anello, e per ricompensa avrebbe dato loro un0intera forma di formaggio e carne salata in quantità. I due furono d'accordo e partirono.
Dopo un lungo viaggio arrivarono alla casa dei maghi e videro che il più vecchio non si toglieva mai l'anello dal dito. Quando sopraggiunse la notte, i maghi dormivano, i topi entrarono nella casa e cominciarono a rosicchiare il dito su cui era infilato l'anello. Il mago, sentendosi dolere si tolse l'anello dal dito e lo ripose sul comodino; il topo allora se lo mise in bocca e in quattro salti fu da Mineco; questi subito subito fece tramutare i due maghi in asini: su uno montò e l'altro lo caricò di formaggio e carne per i topi, e tornò a Buconero.
Dopo aver ringraziato il re e suoi consiglieri ritornò a Grottanera più bello di prima e fu accolto dal re e dalla principessa con le migliori carezze del mondo.

EN ESPAÑOL:

La piedra del gallo
por Giambattista Basile
Érase una vez en la ciudad de Grottanera un hombre llamado Mineco: toda su riqueza era un gallo, pero un día, él tenía un hambre para no vernos más, decidió ir a vender al mercado. Allí encontró a dos magos que lo compraron; pero se le dijo que lo llevara a la casa porque no tenía dinero con ellos. Los dos magos caminaban, y él estaba detrás de la polla en la mano y les oyó hablar el uno al otro:"¿Quién hubiera pensado que íbamos a tener esta reunión. Cock Esta será nuestra suerte, con la piedra en la cabeza, pronto pondremos en hacer el montaje en un anillo y que podemos tener lo que queremos.""Cállate", dijo el otro, "que todavía no me lo creo. Somos ricos! ¡No espere para cortar la cabeza de la polla".Mineco, se dio cuenta de lo que era, se volvió hacia el buen camino, se fue, y vino directamente a su casa. Aquí se torció el cuello al gallo y la cabeza apertali encontró una roca, lo había montado en un anillo de bronce, y luego preguntó:"Quiero llegar a ser joven".Apenas pronunció estas palabras la sangre regresó con vida, nervios firmes y músculos más fuertes, las piernas firmes, pelo de plata se convirtieron en oro, con la boca llena de hermosos dientes blancos, de hecho, se convirtió en un hermoso joven. Luego continuó:"Quiero un magnífico palacio y la hija del rey a la mujer".Y aquí aparece un edificio rico con estatuas y columnas, de plata brillaban por todas partes, el oro se estampa en el suelo, un enjambre de criados, caballos y un montón de carros. Tanto es así que el rey era consciente de tal magnificencia decidió dar a su hija en matrimonio al hombre.Pero los magos, que conocían el origen de la suerte, decidieron sacarlo de las manos de Mineco. Ellos construyeron una hermosa muñeca que se mueve a través de, riendo y llorando, y se fue por la hija de Mineco, para venderlo. La niña preguntó qué querían, me dijeron que no había un precio que podría pagar por él, pero la fecha gliel'avrebbero si tuviera el placer de mostrarles cómo se monta el anillo de su padre, que quería el mismo.La chica aceptó de inmediato y le dijo que volviera al día siguiente que daría el anillo.Y fue la tarde la niña le dijo a su padre tantas pequeñas cosas e hizo tantas dulces caricias que accedió a prestarle el ring. Al día siguiente de los Wizards tenía el anillo desapareció en un instante, se fueron a un bosque y se eliminó el hechizo del viejo rejuvenecido. Mineco en ese momento estaba hablando con el rey, comenzó a erizar todos, entonces su pelo se volvió blanco, su cara arrugada, su sdentò boca, la joroba y vestidos se volvieron harapos. El rey, al ver al viejo mendigo conversar con él, se dirigió a las malas palabras y cuando el Mineco pobre fue a la hija y la oyó decir la broma que había hecho, casi saltó de la ventana en la desesperación.Entonces decidió ir a buscar a los magos para obtener su anillo. Camina vino caminando en el reino de las ratas, Buconero, pero allí fue tomado por un espía de los gatos y fue llevado ante el rey, quien le preguntó quién era y de dónde venía. Mineco sacó de su bolsa un pedazo grande de tocino para el rey, entonces, le contó toda la historia y concluyó que no descansaría hasta que encontró a los dos magos con su anillo, que había sido robado todo con la belleza, la juventud y el amor.En esta historia el rey sintió movido a compasión y llamó a los ratones más viejos que recomendaría pedir su opinión sobre la desgracia de Mineco. Por suerte había dos ratones que habían vivido mucho tiempo en el sótano de una posada que dijo:"¿Es usted amigo gay, las cosas van mejor de lo que piensas. Un día estábamos en la posada aprobó dos hombres que dijeron a una broma hecha a un anciano de Grottanera, que había robado una piedra de gran virtud."Mineco pidió a los dos ratones para que lo acompañara a la tierra de los magos de hacerle recuperar el anillo, y como recompensa les daría un0intera queso y carne salada en cantidad. Los dos estuvieron de acuerdo y se fue.Después de un largo viaje llegaron a la casa de magos y vio que el viejo nunca se quitó el anillo de su dedo. Cuando llegó la noche, los magos estaban dormidos, los ratones entraron en la casa y empezó a mordisquear el dedo en la que se guardó el anillo. El mago, dolor sintiendo quitó el anillo de su dedo y lo puso en la mesita de noche, y el ratón y luego lo metió en la boca y un baile era Mineco, los cuales inmediatamente hizo inmediatamente transformar los dos magos en asnos en un montaje y la "Y ella dio otro queso y carne a los ratones, y volvió a Buconero.Tras agradecer el rey y sus consejeros regresaron a Grottanera más hermoso que antes, y fue recibido por el rey y la princesa con los mejores golpes del mundo.