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Había una vez un niño que se llamaba Lopo, un día Lopo salió muy temprano de su casa hacia su escuela
como siempre. El viejo, agradecido, le dijo a Lopo: "¡Qué buen niño eres! En recompensa por tu ayuda te concederé lo que me pidas. Yo soy un mago." Lopo pensó mucho y al fin dijo: "Yo quisiera poderme estirarme como si fuera de hule". "Así será" dijo el viejo.
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viernes, 2 de noviembre de 2012
El niño de hule
Los tres cabritos y el ogro tragón
Había una vez tres cabritos que vivían en un verde pastizal.
Un día el pastizal comenzó a secarse y los cabritos tuvieron que irse al otro lado de río,
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La ratoncita tímida
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Había una vez una ratoncita muy tímida llamada Xóchilt,
todo le daba pena, si alguien llegaba de visita a su casa, le daba pena saludar y
corría a esconderse.
En la escuela, Xóchilt escogiía para sentarse el último lugar de la última fila. Ella pensaba "Así nadie me verá y no ten dré que hablar con nadie". Sus papás estaban preocupados porque siempre estaba sola. "¿Por qué no te haces amiga de tus compañeros?" preguntó una vez su mamá contestó Xóchilt: "Me da miedo y es muy dificil" "Haz el intento, en realidad es más sencillo de lo que piensas" dijo de nuevo su mamá, Xóchilt se quedó callada.
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jueves, 1 de noviembre de 2012
LA CARRERA DE LOS CARACOLES.
CUENTO:"LA CARRERA DE LOS CARACOLES"
4 AÑOS- A (Curso 2012-13)

LA CARRERA DE LOS CARACOLES.
Doña caracol y sus seis hijos tenían su casa en el tronco de un árbol, en medio del bosque.
En cuanto salía el sol, sus amigos lso gorriones, que vivían en lo alto del árbol, cantaban:
"caracol, col, col,
saca los cuernos al sol"
Doña caracol se despertaba y sacaba de paseo a sus hijos.Iban en fila, uno detrás de otro y los animales del bosque los llamaban "Los amarillos" porque todos los hermanos tenían la concha de ese color.El mayor la tenía oscura, casi marrón; y el pequeño muy clara, de color crema limón.
Una mañana los gorriones no despertaron a Doña Caracol porque no hacía sol. Soplaba un viento muy fuerte, que al tropezar con las ramas de los árboles, sonaba:
-¡Uuuuuhhhh! ¡Uuuuuhhhh! ¡Uuuuuhhhh!
Doña Caracol se asomó a la puerta de su casa y vio a los gorriones muy divertidos, intentando atrapar con el pico las hojas que el viento arrancaba de los árboles. El gorrión más pequeño cantaba:
¡Pío, pío,
tres hojas amarillas he cogido!...
El mediano cantaba:
¡Pío, pío,
yo seis marrones
me ha comido!
El grande cantaba:
¡Pío, pío,
cuatro hojas rojas
he conseguido!
Cuando las hojas vuelan y el viento suena, el otoño se acerca- exclamó doña Caracol e voz alta.
¡Ya ha llegado!¡Hoy ha comenzado el otoño!- dijo doña ardilla, que iba de camino de su casa con un saco de nueces, bellotas y castañas para pasar el invierno.
-¿Cuando se corre la carrera del Otoño?- preguntaron los gorriones.
-Esta misma tarde- contestó la ardilla.En cuanto deje esta comida en casa me voy a apuntar.
-¡Nosotros también!- dijeron los gorriones.
-¡Y nosotros! ¿verdad niños?-les preguntó Doña Caracol a sus hijos.
-¡Sí, sí!- contestaron los seis caracoles amarillos.
La ardilla y los gorriones no pudieron aguantar la risa.
-¡Pero si sois muy lentos...!
-No somos lentos, es que no tenemos prisa- contestó Doña Caracol.
-Vais a llegar a la meta con un día de retraso... no tenéis ninguna posibilidad de ganar.
-Eso nunca se sabe- dijo Doña Caracol, y se puso en marcha con sus seis hijos para llegar a tiempo.
A pesar de eso, llegaron a la línea de salida con una hora de retraso y los animales estaban cansados de esperar.
Cuando el jefe de la carrera dio la salida, todos los animales echaron a correr, menos los caracoles.
-No os preocupéis, niños, que no hay prisa- dijo mamá caracol.
-Así nunca ganaremos mamá -s quejó crema limón.
-Bueno...alguien tiene que ser el último.
En ese momento empezó a llover con mucha fuerza.Caían torrentes de agua y los animales se resguardaban bajo los árboles porque se hundían en el barro y no podían avanzar.Los únicos que continuaron la carrera fueron los caracoles amarillos. A ellos les emcantaba patinar sobre el agua y se deslizaban sobre las hojas mojadas como si fuesen toboganes.
Cuando varias horas después dejó de llover y os naimales reanudaron la carrera, los caracoles ya habían llegado a la meta.
En medio de una fiesta estupenda, donde había manjares deliciosos como nueces con miel, pétalos de rosas con patatas fritas y moras con salsa de mentas, Doña Caracol y sus hijos fueron a recoger el primer premio.
-¿Veis como nunca se sabe quien va a ganar? -dijo Doña Caracol.
Y todos la aplaudieron con ganas.
El hada y el leñador
El hada y el leñador
Cuentos
Había una vez un leñador muy amable que vivía en las montañas de un pueblo perdido de Corea del Sur. Un día, un ciervo se acercó a él mientras cortaba leña. El ciervo le pidió al hombre que lo ocultara de los cazadores. Este le ayudó encantado, y el ciervo pudo salvarse. Y por eso el ciervo, que se sentía en deuda con el leñador, le dijo:
- Si vas al bosque que se esconde en aquella ladera de allá- dijo mientras señalaba con la cabeza hacia lo que parecía el infinito- encontrarás a una hermosa hada, pues las hadas se bañan todos los días en esos ríos. Si le coges la túnica, el hada no será capaz de volver al cielo. Entonces, cásate con ella. Pero cuidado, no debes devolverle la túnica hasta que tengas tres hijos con ella. Es sabido por todos que si tienes tres hijos con un hada, nunca más podrá volver al cielo.- y de pronto el ciervo desapareció entre las montañas.
Aquella noche, el leñador le robó la túnica al hada. Unos minutos más tarde, todas las hadas volaron hacia el cielo excepto una, aquella que había perdido su túnica. El leñador le dijo que sólo se la devolvería si tenía tres hijos con él.
Volvieron al pueblo, se casaron y tuvieron dos hijos. Un día el hada rompió a llorar, y le rogó a su marido que le devolviera su desgastada túnica. El hombre, triste por ver a su mujer llorar, se la devolvió. Entonces, el hada volvió hacia el cielo con sus dos hijos en brazos, y el leñador se quedó estupefacto mientras miraba cómo se alejaban.
Un día, como el hombre echaba de menos a su familia, le contó su historia a su amigo el ciervo, y éste le dijo:
- No te preocupes, puedes escalar la montaña de nuevo. Detrás del bosque encontrarás un gran cucharón. Nadie lo sabe, pero si te subes, te lleva al cielo. Así podrás ver a tu familia.
Y así fue durante cuatro días, hasta que el leñador le dijo a su mujer que quería ver a su madre. Ella entonces le dijo que podía bajar al pueblo montando en su caballo alado Pegaso, pero que no debía separarse ni bajar de él. Al día siguiente, el leñador montó al caballo y bajaron hasta el pueblo. Allí encontró a su madre, y estaba muy feliz. Su madre, al verlo tan agotado, le dio un cuenco de legumbres para que comiera algo. Para comer mejor, el leñador desmontó al caballo, y éste asustado se fue volando hacia el cielo sin el hombre, que le gritaba: “¡Por favor, por favor, no te vayas! ¡Vuelve!” Pero el caballo nunca más regresó a por él, ni su mujer, ni sus hijos.
Cuando un día habló con su amigo el ciervo, éste le dijo:
- Amigo mío, eres muy amable, pero tu pecado ha sido no valorar lo que tienes. Has deseado tenerlo todo, lo has tomado por la fuerza, y luego te has arriesgado a perderlo. Todo aquello que se consigue por la fuerza y por egoísmo, tiene un final tan triste como este.
Nasreddin y el derecho a comer
Nasreddin y el derecho a comer
Cuentos
El protagonista de esta historia es Nasreddin, un excéntrico hombre muy sabio conocido por todos los que viven en su ciudad, ubicada al sur de Irán, donde existe todavía una gran diferencia social y económica entre ricos y pobres. Nasreddin es muy amable con todo el mundo, y no tiene ningún problema en compartir su sabiduría con los demás. Pero como él es pobre, es muy crítico con los problemas sociales que sufre su ciudad.
En cierta ocasión, Nasreddin fue invitado por un amigo a cenar al palacio más elegante del lugar. Cuando el hombre, montado en su inseparable burro, llegó a las puertas del palacio vestido con sus ropas de siempre, que eran pobres y viejas, por más que protestó y dijo que había sido invitado, los guardias no le dejaron entrar tomándole por un mendigo.
Muy enfadado, pero con el deseo de poder comer bien, pidió prestado al sastre del pueblo una camisa y unos pantalones nuevos. Después se lavó, se peinó y perfumó y se vistió con la ropa nueva. Esta vez, los guardias le hicieron grandes reverencias al llegar, y el dueño del palacio lo instaló en uno de los lugares de honor.
Cuando empezó a llegar la comida, Nasreddin se dispuso a mojar las mangas de su camisa en cada plato antes de comer, mientras decía:
- Come bonita, come, que está muy rico, anda come…
Todo el mundo allí presente se le quedó mirando. El dueño del palacio se quedó muy extrañado y le preguntó:
- Pero Nasreddin, ¿por qué metes las mangas de la camisa en tu plato?
Y el sabio contestó:
- Puesto que las atenciones que recibo y la comida que se me dan tiene que ver con mi ropa y no con mi persona, creo que es justo que mi ropa pueda también recibir su parte y probar la comida, ¿no es así?
Desde entonces, y después de esta pública lección, el dueño del palacio sintió tanta vergüenza que nunca más se le ha vuelto a negar la entrada a un invitado por el simple hecho de llevar ropas pobres.
¿Porqué los búhos sólo viven de noche?
¿Porqué los búhos sólo viven de noche?
Cuentos
Hace muchos años, había un búho cuyo trabajo era teñir. Todos los otros pájaros iban a su árbol para que les tiñera las plumas de colores increíbles y preciosos. Los flamencos rosas y los ibis naranjas eran ejemplos de lo bien que teñía las plumas el búho. Su trabajo les tenía contentos a todos. ¿A todos? No, el cuervo ser reía de ellos y presumía de su plumaje blanco diciendo que nunca visitaría al búho porque no lo necesitaba. Pero en el fondo, deseaba los colores que el búho pintaba.
Hasta que un día, no pudo más y se posó en la rama del árbol donde vivía el búho y le ordenó:
- Quiero que tiñas mis plumas. Pero quiero que sean del color más raro que exista, aquel que nunca hayas usado en otra ave. Quiero ser único.
El búho pensó y pensó, hasta que encontró el color apropiado. El negro. Cuando acabó de teñirle las plumas exclamó:
- He hecho lo que me has pedido. Ahora eres único. Tal como me has pedido, llevas un color distinto al de cualquier otro pájaro. Espero que te guste.
Cuando el cuervo voló hasta un río y se vio reflejado no se lo podía creer. Todas sus plumas eran negras, como si se hubiera revolcado en hollín. Pero ya era demasiado tarde, no se lo podía quitar y se tuvo que resignar. Y es por eso que a partir de ése momento todos los cuervos fueron negros.
Pero los cuervos nunca perdonaron al búho. Si veían alguno durante el día, se echaban encima de él y lo picoteaban y lo arañaban. Los búhos, muertos de miedo, se reunieron encima de un gran cerezo. Ahí decidieron que se esconderían durante el día durmiendo y saldrían por la noche, cuando se fueran a dormir los cuervos, a comer y a hacer su vida. Con el tiempo se acostumbraron y no fueron atacados nunca más.
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