viernes, 2 de noviembre de 2012

El niño de hule


Había una vez un niño que se llamaba Lopo, un día Lopo salió muy temprano de su casa hacia su escuela como siempre.

Iba por la calle, cuando vio a un hombre viejo se había caído en un charco. Lopo corrió para ayudarlo a levantarse y con mucho cuidado le quitó el lodo de la ropa.

El viejo, agradecido, le dijo a Lopo: "¡Qué buen niño eres! En recompensa por tu ayuda te concederé lo que me pidas. Yo soy un mago." Lopo pensó mucho y al fin dijo: "Yo quisiera poderme estirarme como si fuera de hule". "Así será" dijo el viejo.


Desde aquel día, Lopo se estiraba cuanto deseaba. Cuando estaba en el patio y tenía sed, le bastaba alargar el brazo para alcanzar un vaso de agua de la cocina. No importaba que Lopo estuviese dentro o fuera de du casa, podía esirarse y alcanzar cualquier cosa.

Un día un gato se quedó atrapado en un árbol de casi 30 metros imposible alcanzarlo y sus dueños no lo pudieron ayudarle bajar. Llamaron a Lopo, sólo estiró el brazo y fácilmente salvó al gato.

Un día, cuando Lopo y sus amigos andaban de paseo, vieron que al otro lado de la barranca había un nopal lleno de tunas maduras. Todos creyeron que er imposible alcanzarlas. Pero Lopo estiró una pierna y luego el brazo hasta que las alcanzó.
Lopo era muy feliz pero un día sucedió un desastre natural. Cayó una gran tormenta. Llovió mucho y el río creció tanto que rompi&ocute; el puente. Su pueblo comenzó a inundarse y no había hacia dónde escapar.

Sólo si la gente cruzaba el río podían salvarse. Lopo vio la otra orilla y dijo: "Me estiraré lo más que pueda y veremos si logro llegar al otro lado" Todos esperaban ansiosos. Lopo respiró profundamente y comenzó a estirarse.

Se se estiró y se estiró hasta que alcanzó la otra orilla, de repente se oscureció y cayó un gran rayo y Lopo quedó convertido en un puente. Todo el pueblo pudo cruzar el río y llegar al otro lado de para salvarse. Desde ese día ese puente se llama: "El niño de hule". Fin

Los tres cabritos y el ogro tragón


Había una vez tres cabritos que vivían en un verde pastizal.



Un día el pastizal comenzó a secarse y los cabritos tuvieron que irse al otro lado de río,


pero debajo del puente vivía Mazodientes, un ogro tragón. Los cabritos hicieron un plan para poder cruzar el puente pues sabían que Mazodientes los podía matar y comerselos.
Primero fue el cabrito chico, al verlo el ogro dijo:"¡Qué rica cena voy a tener! ¡Te voy comer!" y el cabrito contestó "No te apresures, soy tan chico que no te taparía una muela, espera a mi hermano que es más grande que yo" El ogro esperó al siguiente cabrito y cuando lo vio y gritó:
"¡Uy, qué rica cena voy a tener! ¡Te voy a comer!" y el cabrito dijo: "No pierdas tu tiempo, atrás viene mi hermano, que es más gordo, sabroso y jugoso que yo." El ogro decidió esperar, cuando vio el mayor de los cabritos,
sus ojos brillaron y gritó: "¡Pero qué banquete me voy a dar!" y el cabrito dijo: "Si me quieres comer, deja tu mazo y sube a pelear"
Mazodientes dejó su mazo y subió al puente. Entonces el cabrito corrió y le dio un golpe tan fuerte que Mazodientes cayó al río y se lo llevó la corriente
"¡Eso les pasa a los avorazasados!" le dijo el cabrito. Y desde entonces nuca se supo del ogro Mazodientes
y los cabritos pudieron comer felices en el verde pastizal del otro lado del río. Fin
 
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La ratoncita tímida


Había una vez una ratoncita muy tímida llamada Xóchilt, todo le daba pena, si alguien llegaba de visita a su casa, le daba pena saludar y corría a esconderse.

En la escuela, Xóchilt escogiía para sentarse el último lugar de la última fila. Ella pensaba "Así nadie me verá y no ten dré que hablar con nadie".

Sus papás estaban preocupados porque siempre estaba sola. "¿Por qué no te haces amiga de tus compañeros?" preguntó una vez su mamá contestó Xóchilt: "Me da miedo y es muy dificil" "Haz el intento, en realidad es más sencillo de lo que piensas" dijo de nuevo su mamá, Xóchilt se quedó callada.


Un día, cuando el maestro de su escuela preguntó a quién le gustaría escribir su nombre en el pizarrón, nadie levantó la mano, Xóchilt quería hacerlo, pero le dio tanto miedo que decidió no moverse "Mejor mañana" pensó.

Al día siguiente, el maestro pidió que alguien pasara al pizarrón. Xóchilt levanó la mano, pero muy poco que el maestro no la vio y escogió a otro alumno. Cuando todos salían al recreo, se formaban pequeños grupos de amigos para platicar o jugar. Pero Xóchilt se apartaba de todos mientras pensaba: "Así es mejor. Nadie me necesita.".

Cierta vez, Xóchilt sintió muchas ganas de platicar con alguien y se acercó a la cabrita Lupe. "¡hola!" le dijo en voz baja que la cabrita no pudo escucharla. "¡hola!" dijo de nuevo con su voz muy baja por lo tanto la cabrirta se siguió su camino.

Xóchilt se sintió triste por no haber hablado más fuerte. A la mañana siguiente, decidió saludar con más fuerza. "¡¡¡¡HOLA!!!!" le gritó al sapito Sergio. El pobre sapo brincó asustado por el grito y dejó caer sus libros. Xóchilt le pidió una disculpa y pensó que ya nunca intentería ser amiga de nadie.
Un día, el maestro preguntó: "¿Quié sabía escribir Chihuahua?" Varios alumnos pasaron pero niguno pudo escribirla bien la palabra. De pronto Xóchilt se levantó y dijo: "¡Yo sé escribirla!" lo hizo bien y todos en clase la felicitaron.
A la salida, el búho Quique le preguntó: "¿Tú podrís enseñarme a escribir?" "¡Seguro!" respondió Xóchilt "¿Quíeres venir a mi casa?". El búho contestó que sí y se fueron platicando.

Cuando llegaron a la casa, Xóchilt presentó a Quique con su mamá: "Seguramente tú eres amigo de Xóchilt" dijo su mamá y luego les ofreció una rebanada de pastel, así muy contentos, Xóchilt y Quique se sentaron a estudiar. Xóchilt y tenía un amigo. Fin
 

jueves, 1 de noviembre de 2012

LA CARRERA DE LOS CARACOLES.

CUENTO:"LA CARRERA DE LOS CARACOLES"

He presentado un cuento del Otoño titulado "La carrera de los caracoles".Aquí os muestro el texto y las imágenes.

4 AÑOS- A (Curso 2012-13)

4 AÑOS- A (Curso 2012-13)
LA CARRERA DE LOS CARACOLES.
Doña caracol y sus seis hijos tenían su casa en el tronco de un árbol, en medio del bosque.
En cuanto salía el sol, sus amigos lso gorriones, que vivían en lo alto del árbol, cantaban:
"caracol, col, col,
saca los cuernos al sol"
Doña caracol se despertaba y sacaba de paseo a sus hijos.Iban en fila, uno detrás de otro y los animales del bosque los llamaban "Los amarillos" porque todos los hermanos tenían la concha de ese color.El mayor la tenía oscura, casi marrón; y el pequeño muy clara, de color crema limón.
Una mañana los gorriones no despertaron a Doña Caracol porque no hacía sol. Soplaba un viento muy fuerte, que al tropezar con las ramas de los árboles, sonaba:
-¡Uuuuuhhhh! ¡Uuuuuhhhh! ¡Uuuuuhhhh!
Doña Caracol se asomó a la puerta de su casa y vio a los gorriones muy divertidos, intentando atrapar con el pico las hojas que el viento arrancaba de los árboles. El gorrión más pequeño cantaba:
¡Pío, pío,
tres hojas amarillas he cogido!...
El mediano cantaba:
¡Pío, pío,
yo seis marrones
me ha comido!
El grande cantaba:
¡Pío, pío,
cuatro hojas rojas
he conseguido!
Cuando las hojas vuelan y el viento suena, el otoño se acerca- exclamó doña Caracol e voz alta.
¡Ya ha llegado!¡Hoy ha comenzado el otoño!- dijo doña ardilla, que iba de camino de su casa con un saco de nueces, bellotas y castañas para pasar el invierno.
-¿Cuando se corre la carrera del Otoño?- preguntaron los gorriones.
-Esta misma tarde- contestó la ardilla.En cuanto deje esta comida en casa me voy a apuntar.
-¡Nosotros también!- dijeron los gorriones.
-¡Y nosotros! ¿verdad niños?-les preguntó Doña Caracol a sus hijos.
-¡Sí, sí!- contestaron los seis caracoles amarillos.
La ardilla y los gorriones no pudieron aguantar la risa.
-¡Pero si sois muy lentos...!
-No somos lentos, es que no tenemos prisa- contestó Doña Caracol.
-Vais a llegar a la meta con un día de retraso... no tenéis ninguna posibilidad de ganar.
-Eso nunca se sabe- dijo Doña Caracol, y se puso en marcha con sus seis hijos para llegar a tiempo.
A pesar de eso, llegaron a la línea de salida con una hora de retraso y los animales estaban cansados de esperar.
Cuando el jefe de la carrera dio la salida, todos los animales echaron a correr, menos los caracoles.
-No os preocupéis, niños, que no hay prisa- dijo mamá caracol.
-Así nunca ganaremos mamá -s quejó crema limón.
-Bueno...alguien tiene que ser el último.
En ese momento empezó a llover con mucha fuerza.Caían torrentes de agua y los animales se resguardaban bajo los árboles porque se hundían en el barro y no podían avanzar.Los únicos que continuaron la carrera fueron los caracoles amarillos. A ellos les emcantaba patinar sobre el agua y se deslizaban sobre las hojas mojadas como si fuesen toboganes.
Cuando varias horas después dejó de llover y os naimales reanudaron la carrera, los caracoles ya habían llegado a la meta.
En medio de una fiesta estupenda, donde había manjares deliciosos como nueces con miel, pétalos de rosas con patatas fritas y moras con salsa de mentas, Doña Caracol y sus hijos fueron a recoger el primer premio.
-¿Veis como nunca se sabe quien va a ganar? -dijo Doña Caracol.
Y todos la aplaudieron con ganas.

El hada y el leñador

El hada y el leñador

Cuentos
El hada y el leñador
No es bueno tomar las cosas por la fuerza sin tener en cuenta los sentimientos de los demás, porque luego puede que el mal que proyectas vuelva a ti en modo de lección. El protagonista del cuento lo sabe bien, y no quiere que le pase lo mismo a nadie más. ¡Por eso, entra y lee su historia!
Había una vez un leñador muy amable que vivía en las montañas de un pueblo perdido de Corea del Sur. Un día, un ciervo se acercó a él mientras cortaba leña. El ciervo le pidió al hombre que lo ocultara de los cazadores. Este le ayudó encantado, y el ciervo pudo salvarse. Y por eso el ciervo, que se sentía en deuda con el leñador, le dijo:
- Si vas al bosque que se esconde en aquella ladera de allá- dijo mientras señalaba con la cabeza hacia lo que parecía el infinito- encontrarás a una hermosa hada, pues las hadas se bañan todos los días en esos ríos. Si le coges la túnica, el hada no será capaz de volver al cielo. Entonces, cásate con ella. Pero cuidado, no debes devolverle la túnica hasta que tengas tres hijos con ella. Es sabido por todos que si tienes tres hijos con un hada, nunca más podrá volver al cielo.- y de pronto el ciervo desapareció entre las montañas.
Aquella noche, el leñador le robó la túnica al hada. Unos minutos más tarde, todas las hadas volaron hacia el cielo excepto una, aquella que había perdido su túnica. El leñador le dijo que sólo se la devolvería si tenía tres hijos con él.
Volvieron al pueblo, se casaron y tuvieron dos hijos. Un día el hada rompió a llorar, y le rogó a su marido que le devolviera su desgastada túnica. El hombre, triste por ver a su mujer llorar, se la devolvió. Entonces, el hada volvió hacia el cielo con sus dos hijos en brazos, y el leñador se quedó estupefacto mientras miraba cómo se alejaban.
Un día, como el hombre echaba de menos a su familia, le contó su historia a su amigo el ciervo, y éste le dijo:
- No te preocupes, puedes escalar la montaña de nuevo. Detrás del bosque encontrarás un gran cucharón. Nadie lo sabe, pero si te subes, te lleva al cielo. Así podrás ver a tu familia.
Y así fue durante cuatro días, hasta que el leñador le dijo a su mujer que quería ver a su madre. Ella entonces le dijo que podía bajar al pueblo montando en su caballo alado Pegaso, pero que no debía separarse ni bajar de él. Al día siguiente, el leñador montó al caballo y bajaron hasta el pueblo. Allí encontró a su madre, y estaba muy feliz. Su madre, al verlo tan agotado, le dio un cuenco de legumbres para que comiera algo. Para comer mejor, el leñador desmontó al caballo, y éste asustado se fue volando hacia el cielo sin el hombre, que le gritaba: “¡Por favor, por favor, no te vayas! ¡Vuelve!” Pero el caballo nunca más regresó a por él, ni su mujer, ni sus hijos.
Cuando un día habló con su amigo el ciervo, éste le dijo:
- Amigo mío, eres muy amable, pero tu pecado ha sido no valorar lo que tienes. Has deseado tenerlo todo, lo has tomado por la fuerza, y luego te has arriesgado a perderlo. Todo aquello que se consigue por la fuerza y por egoísmo, tiene un final tan triste como este.

Nasreddin y el derecho a comer

Nasreddin y el derecho a comer

Cuentos
Nasreddin y el derecho a comer
Debemos valorar a las personas por cómo son, y no por la riqueza que posean. Esto es lo que piensa nuestro protagonista del cuento, un hombre pobre pero lo suficientemente rico en valores como para dar una buena lección a la gente que sólo sabe valorar a las personas por su apariencia. ¿Quieres saber cómo y qué lección les da? ¡Pues entra y descubre la historia!
El protagonista de esta historia es Nasreddin, un excéntrico hombre muy sabio conocido por todos los que viven en su ciudad, ubicada al sur de Irán, donde existe todavía una gran diferencia social y económica entre ricos y pobres. Nasreddin es muy amable con todo el mundo, y no tiene ningún problema en compartir su sabiduría con los demás. Pero como él es pobre, es muy crítico con los problemas sociales que sufre su ciudad.
En cierta ocasión, Nasreddin fue invitado por un amigo a cenar al palacio más elegante del lugar. Cuando el hombre, montado en su inseparable burro, llegó a las puertas del palacio vestido con sus ropas de siempre, que eran pobres y viejas, por más que protestó y dijo que había sido invitado, los guardias no le dejaron entrar tomándole por un mendigo.
Muy enfadado, pero con el deseo de poder comer bien, pidió prestado al sastre del pueblo una camisa y unos pantalones nuevos. Después se lavó, se peinó y perfumó y se vistió con la ropa nueva. Esta vez, los guardias le hicieron grandes reverencias al llegar, y el dueño del palacio lo instaló en uno de los lugares de honor.
Cuando empezó a llegar la comida, Nasreddin se dispuso a mojar las mangas de su camisa en cada plato antes de comer, mientras decía:
- Come bonita, come, que está muy rico, anda come…
Todo el mundo allí presente se le quedó mirando. El dueño del palacio se quedó muy extrañado y le preguntó:
- Pero Nasreddin, ¿por qué metes las mangas de la camisa en tu plato?
Y el sabio contestó:
- Puesto que las atenciones que recibo y la comida que se me dan tiene que ver con mi ropa y no con mi persona, creo que es justo que mi ropa pueda también recibir su parte y probar la comida, ¿no es así?
Desde entonces, y después de esta pública lección, el dueño del palacio sintió tanta vergüenza que nunca más se le ha vuelto a negar la entrada a un invitado por el simple hecho de llevar ropas pobres.

¿Porqué los búhos sólo viven de noche?

¿Porqué los búhos sólo viven de noche?

Cuentos
¿Porqué los búhos sólo viven de noche?
¿No os habéis hecho nunca ésa pregunta? ¿Porqué los búhos no se van a dormir a la hora a la que van el resto de los pájaros? Éste cuento tradicional del Japón os descubrirá porqué.
Hace muchos años, había un búho cuyo trabajo era teñir. Todos los otros pájaros iban a su árbol para que les tiñera las plumas de colores increíbles y preciosos. Los flamencos rosas y los ibis naranjas eran ejemplos de lo bien que teñía las plumas el búho. Su trabajo les tenía contentos a todos. ¿A todos? No, el cuervo ser reía de ellos y presumía de su plumaje blanco diciendo que nunca visitaría al búho porque no lo necesitaba. Pero en el fondo, deseaba los colores que el búho pintaba.
Hasta que un día, no pudo más y se posó en la rama del árbol donde vivía el búho y le ordenó:
- Quiero que tiñas mis plumas. Pero quiero que sean del color más raro que exista, aquel que nunca hayas usado en otra ave. Quiero ser único.
El búho pensó y pensó, hasta que encontró el color apropiado. El negro. Cuando acabó de teñirle las plumas exclamó:
- He hecho lo que me has pedido. Ahora eres único. Tal como me has pedido, llevas un color distinto al de cualquier otro pájaro. Espero que te guste.
Cuando el cuervo voló hasta un río y se vio reflejado no se lo podía creer. Todas sus plumas eran negras, como si se hubiera revolcado en hollín. Pero ya era demasiado tarde, no se lo podía quitar y se tuvo que resignar. Y es por eso que a partir de ése momento todos los cuervos fueron negros.
Pero los cuervos nunca perdonaron al búho. Si veían alguno durante el día, se echaban encima de él y lo picoteaban y lo arañaban. Los búhos, muertos de miedo, se reunieron encima de un gran cerezo. Ahí decidieron que se esconderían durante el día durmiendo y saldrían por la noche, cuando se fueran a dormir los cuervos, a comer y a hacer su vida. Con el tiempo se acostumbraron y no fueron atacados nunca más.