domingo, 22 de abril de 2012

Vaya banquetes

Vaya banquetes
     
Había en una aldea lejana dos animalitos que vivían en sus casitas, una frente a otra. Uno de ellos se llamaba don Cigüeño Zanquilargo. Su vecino, don Zorillo Chungoncete, era un zorro que siempre estaba urdiendo bromas para divertirse a costa de los demás. - Cómo me arreglaré para burlarme de don Cigüeño? -cavilaba el zorro. Estuvo pensando y pensando, y finalmente halló la solución. - Don Cigüeño -dijo un día al pescador, acercándose hasta él-, somos vecinos, pero apenas nos hablamos más de lo indispensable. No le parece que no está bien? Por mi parte, deseo que entablemos una gran amistad, y como prueba del mejor deseo que me guía, le invito a usted a comer en mi casa.
 
Me parece una idea excelente, señor vecino. Cuente conmigo. Le parece bien mañana? - Estupendo, don Cigüeño! Mañana le espero a usted sentado a la mesa. - Así, cuando, al día siguiente, se presentó el invitado don Cigüeño, encontró sobre la mesa dos grandes platos de natillas. - Oh, natillas! Con lo que a mí me gustan las natillas... ! -exclamó, haciéndosele el pico agua. - Pues, adelante -dijo riendo el zorro-. Empecemos a comer! Y comía y comía. Pero no así el infeliz don Cigüeño, que picaba en el plato, pero no conseguía retener en su largo pico la golosina.
 
Don Cigüeño Zanquilargo picaba y picaba, ansioso del dulce festín; pero inútilmente. Aquel largo pico no lograba coger la más pequeña porción del apetitoso manjar. Las carcajadas de don Zorillo se oían desde la calle. Por fin, don Cigüeño se marchó de la casa de su vecino, conteniendo su mal humor. Y, entretanto, la risa del burlón zorro sonaba más y mejor.
 
 
 
Transcurrieron dos o tres días, y una tarde que el burlón zorro se paseaba por la alameda, vio llegar junto a ´l a don Cigüeño, que le dijo: - Señor don Zorrillo: tengo preparadas dos raciones de natillas que están diciendo: "Comedme". Quiere venir y las saborearemos tranquilamente? - Natillas...? Son mi bocado predilecto! -aprobó el zorro-. Vayamos allá, amigo don Cigüeño. Precisamente hoy no he logrado encontrar caza y estoy en ayunas desde ayer. - Hemos llegado a mi casa -dijo a este punto don Cigüeño-. Pase usted y sentémonos a la mesa.
 
Penetró don Zorrillo en la casa, pero bien pronto desapareció de su rostro el gesto de contento, al echar una mirada sobre la mesa. Allí había, sobre el limpio mantel, dos altas jarras de estrecho cuello, conteniendo la sabrosa comida. - Siéntese el señor don Zorrillo y empecemos a comer -ofreció el amo de la casa, al tiempo que introducía el pico por el estrecho cuello de una de las jarras y comenzaba así a saborear su contenido.
 
El zorro daba vueltas alrededor de la otra jarra. No podía meter el hocico por la estrecha abertura, y sufría viendo las natillas tan próximas a su lengua y, al mismo tiempo, tan lejos de ella. Y empezó a lamer el cristal de la jarra, ya que no podía hacer mejor cosa, preguntando después a don Cigüeño:
 
- No tiene usted, señor vecino, alguna otra cosa que darme para postre de este convite? - Sí -contestó el otro, terminando de comerse las dos raciones. A continuación abrió un cajón de la mesa, y, sacando un paquete, se lo entregó a don Zorrillo. Al abrirlo éste, vio que dentro de él había solamente un cartel que decía: Donde las dan, las toman. Escarmentó desde entonces y ya nunca volvió a burlarse de los demás.
 
FIN

La rosa y la cucha

La rosa y la cucha
     
     
abía una vez, un perro que era muy rico. No le faltaba nada. Tenía una gran cucha especialmente diseñada por los mejores arquitectos de la zona. Siempre vestía con chalecos y corbatas, comía los mejores manjares, hasta tenía una heladera y una cocina donde guardaba los mejores huesos traídos por sus dueños de Europa. Era muy soberbio, y le molestaba que los niños se le acerquen a su cucha. Siempre caminaba erguido por los alrededores con el hocico parado y sacando pecho, mirando de reojo a los demás perros. 
 
Enfrente vivía un perrito en una cucha muy humilde, y todas la mañana, con su gran regadera de plástico, regaba una rosa verde que creció junto a su puerta. 
 
Tanke, así se llamaba el perrito, era muy bueno con los niños y todos lo querían mucho en el barrio. Era alegre, juguetón y siempre estaba contento. 
Al perro millonario de enfrente, que se hacia llamar Mister Perro, no le gustaba que todos los niños siempre estén jugando con Tanke. 
Mister Perro entonces decidió que quería una rosa igual a la de Tanke. 
 
 Llamó a sus amigotes y les ofreció mucho dinero a quien lograra traerle una rosa igual que la de Tanque. Los amigotes de Mister Perro estuvieron buscando por varios días, pero no encontraron nada.
 Entonces Mister Perro mandó a fabricar una rosa verde de plástico muy linda, pero los niños seguían sin acercarse a su cucha, y furioso Mister Perro se comió su rosa de plástico.
 
Así decidió ponerse un antifaz y por la noche, con una tijera cortó la rosa de Tanque y la plantó cerca de su cucha.
 Por la mañana, Tanque al no ver su rosa verde se puso triste, y cruzó en frente a preguntarle a Mister Perro si había visto quien se llevó su rosa. Grande fue su sorpresa al ver que Mister Perro estaba regando una rosa verde parecida a la de él. 
Tanke volvió triste a su cucha. Pero a los pocos días la rosa se marchitó y otra rosa verde creció junto a su cucha. Nuevamente los niños jugaban alrededor de la cucha de Tanke.  
 
Mister Perro miraba y no comprendía que fue lo que falló. Se puso a llorar y al verlo, Tanque se le acercó y le dijo: “la rosa verde crecerá junto a tu cucha solo si eres un perro bueno, juguetón y alegre”.  
 
“Ahora entiendo”, dijo Mister Perro, “de ahora en adelante seré un perro bueno.  No me llamaré más Mister Perro, usaré mi verdadero nombre que es Moky, y seré bueno, siempre bueno...”. Y a los pocos días sé lo veía a Moky regando su linda rosa verde. 
 
FIN

El burrito descontento

El burrito descontento
     
     
Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca. - Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola. Vaya una cosa que me pone mi amo! Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!
 
Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierva verde.
 
Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol. - Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina. Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación.
 
 
Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. - Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega. El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.
 
El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.
 
Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre.
 
Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida: Contentarnos con nuestra suerte es el secreto de la felicidad.
  FIN

martes, 10 de abril de 2012

Un pequeño rincón... crónica de un gran país...

Categoría: Fábula


Un pequeño rincón... crónica de un gran país...

Había una vez, un pequeño rincón; que era la ventana por donde se veía todo. Un ágora en la que se hablaba de todo... incluso, de cómo se debía gobernar un gran país.
Cómo hacer para que todo funcionase a la perfección. A gusto de, por lo menos, la mayoría.
No atinaban a explicarse cómo, algo tan sencillo y tan claro, nadie era lo suficientemente capaz de llevarlo a la práctica.Ninguno de los que gobernaron, gobernaban, o gobernarían ese gran país...  Los del pequeño rincón pensaban, pensaban... pensaban. Hablaban, hablaban... y hablaban.
Mientras tanto, en su rincón las cosas no funcionaban, el pequeño lugar, languidecía, moría sin que nadie hiciera nada para evitarlo. No había manera de ponerse de acuerdo en la forma de detener la caida.
Unos, pensaban que ya lo haría otro. Otros, que tampoco era para tanto. No pasaba nada si se perdía... Los más, que como no les ocurría a ellos, tampoco iban a mover un dedo.
Mientras tanto; pensaban, pensaban... pensaban... y seguían pensando:
¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué nadie se esfuerza por gobernar como es debido el gran país?... Es tan fácil...

Tags: incom

De las metas, lo mejor es el camino... (Fábula)

En la falda de la montaña se habían reunido varios de los pequeños seres que por allí habitaban; la mariposa, el saltamontes, la libélula y el caracol. Descubrieron conversando que todos tenían el mismo sueño; todos querían subir a la cima de la montaña... Sentían curiosidad por saber qué era lo que se veía desde allí.


Puesto que querían lo mismo, decidieron que podían emprender el viaje juntos. Así, con la compañía, el ascenso se les haría más distraído y llevadero. Como eran diferentes; cada uno tenía su forma de caminar por la vida, y por supuesto, esta aventura no iba a ser una excepción.

La mariposa, bella y vanidosa; sabía de su hermosura elogiada, pero también sabía que sus horas estaban contadas, por eso vivía en una constante agitación. Demasiada impaciencia por conseguir sus metas. Iba y venía siempre inquieta, azuzando a sus compañeros:

-¡Venga muchachos! No os demoréis tanto, o no me dará tiempo a llegar…
Los otros le contestaban que no podían seguir su ritmo, que si tanta prisa tenía, que se adelantara a todos. Que ya se encontrarían arriba.
Solo la libélula, tan inquieta y curiosa como ella, se ofreció a acompañarla a su ritmo. Pero; se cansaba demasiado pronto de las cosas. Inconstante, emprendía cada nueva aventura con ganas, pero si no lo conseguía en poco tiempo, se cansaba y desistía… Como ahora; sólo continuaba porque la empujaban los demás, que si no… Ya hubiera abandonado.

El saltamontes, era el más ambicioso de los cuatro, solo le importaban las metas. Con sus saltos iba en busca del objetivo, ahorrándose tramos del camino, sin importarle a quién pisaba ni lo que dejaba tras de si.

El caracol, era lento y parsimonioso. Concienzudo; miraba y observaba cuanto encontraba a su paso. Pero su lento caminar exasperaba a los otros.


Se detenía a cada paso: ahora una hoja, ahora una rama, ahora una piedra... Todo llamaba su atención aunque no cedía en el ascenso; bebía de los riachuelos que formaban las gotas de rocío, disfrutaba de su sabor, de los destellos que el sol arrancaba de ellas...


Durante la subida, se detuvo a hablar con la lombriz, aprendió de ella todo lo que, de bueno, nos puede ofrecer la tierra.

También charló con el gusano, que le explicó el por qué de su manía por descomponer la materia del suelo. Él le contó que así hacía limpieza y gracias a ello, habría sitio para que las flores de la primavera siguiente volvieran a brotar en aquel lugar.

La abeja le contó como, agradecida, repartía el polen de esas mismas flores con sus patas, en pago por el delicioso néctar que ellas le permitían libar, y así convirtirlo en deliciosa miel.

Todo, todo merecía la atención del caracol. Debido a eso era un poco más sabio cada día y a cada paso. Se cansaba, sí, la elevación era muy pronunciada y la meta como siempre, estaba arriba de todo, pero no por ello abandonaba el ascenso. La curiosidad por saber qué había allí le impulsaba a seguir.
Por fin el grupo alcanzó la cima. Bueno, los tres que quedaban, por que la mariposa hacía horas que había partido y llegado. Tanto esfuerzo, la había dejado muy débil. Apenas si tenía aliento para apreciar lo que estaba viendo.
La libélula y el saltamontes llegaron casi a la vez y no pudieron reprimir el gesto de decepción en sus caras. Habían sido tantas las expectativas y tan grande el esfuerzo, que cuando por fin lo alcanzaron no se sintieron realmente compensados.

En cambio el caracol, a pesar del cansancio, había encontrado tan enriquecedor el trayecto, que cuando consiguió culminarlo dio por bien empleada la experiencia. Además sabia aceptar las cosas como le venían, sin crearse demasiadas expectativas, pues era consciente de sus limitaciones y cuando emprendía una tarea nunca sabía si podría llegar al final. Por eso se recreaba en el camino, permitiéndo así tomarse pequeños respiros. Y cuando lo sconseguía, la victoria era más dulce.

Cuando llegó, oteo el paisaje maravillándose de lo grande que era el mundo y de todo lo que aun le quedaba por aprender… Nuevos alicientes para seguir caminando. Nuevas ilusiones para continuar...
(Lidia)