domingo, 2 de agosto de 2009

Cuento Canario

Cuento Canario

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Hace tiempo, en el siglo pasado en el norte de Tenerife, había un doctor español que se llamaba Peytavi, gordo, mofletudo y aprovechado de sus enfermos como el que más.

Un día, el doctor iba montado en su mula pa visitar a un enfermo guanche en los montes de la Orotava, que tenía un absceso en la garganta. Nuestro doctor se encuentra con un amigo a la puerta de la casa de su cliente; se baja de la mula pa charlar un rato más cómodamente, entonces la mula, viendo la puerta de la casa abierta, entra sola en la casa.

La habitación donde se encontraba el enfermo, estaba en el entresuelo. La mula, despacio, entra en la habitación del pobre hombre, que como estaba en artículo morte, estaba acostado en su cama. Al oír los pasos de la mula el campesino guanche cree que es el doctor el que llega, y levanta el brazo sin volverse pa que le tome el pulso. La mula canaria que ve el brazo delante de ella abre la boca y le muerde la mano. Nuestro enfermo, horrorizado, vuelve la cabeza, ve la mula y se tira de la cama dando gritos, después, viendo al animal, le da un ataque de risa tal, que hace que vomite y le sale el absceso de la garganta y se queda hablando y curado.

En ese momento llega el doctor español, el tal Peytavi y comienza a darle bastonazos a la mula; es entonces cuando el enfermo le grita al doctor:¨ ! Alto ahí, señó doctor¡, hay que maravillarse de lo que aquí ha sucedido: ver una mula canaria curar un terrible mal, que usted con toda su ciencia y sus estudios en España no había podido curar en varias semanas. A partir de ahora, si vuelvo a caer enfermo gravemente, envíeme su mula y quédese usted tranquilo en su consulta.¨

Chucho.

Cuentos contextualizados II: Doña Luisa y sus chismes.

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http://www.bienmesabe.org/revista_uploads/lecheras.jpg Doña Luisa y sus chismes.

Lunes, 15 de Septiembre de 2008
Autor: Manuel García Rodríguez

Decía Cervantes que a Don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer libros de caballería. No sé si los trastornos mentales o esquizofrenias pueden ser consecuencia de leer muchas veces la misma o parecidas historias o por oír muchas veces los mismos o parecidos chismes. Siguiendo esta teoría, el caso es que estoy seguro de que a Doña Luisa se le secó el cerebro de oír muchas veces los mismos chismes y cuentos que, de boca en boca, se trasmitían entre los vecinos y las vecinas, tanto de su propio barrio, como de los demás barrios de la comarca.


Era Doña Luisa baja de estatura, más bien gruesa o gordiflona. Con pelo canoso, desmelenado, algo mugriento, quizás debido a la falta de agua de aquella época. Tenía su tez un color blanco, un blanco de leche, del que sobresalían sus mejillas de un rojo encendido. Solterona y sesentona aparentaba tener más edad de la que realmente tenía.

Todas las mañanas desayunaba Doña Luisa un par de huevos, pero no fritos, sino mezclados con vino tinto y a los cuales, después de bien batidos, le añadía gofio. A esta mezcla le llamaban ralera de gofio y vino. Insisto en que la palabra ralera la utilizaban en el sentido de expresar que el brebaje no era ni sólido ni líquido sino ralo, de ahí ralera. Acto seguido, casi sin respirar, se tomaba aquel brebaje que le producía tal sudor consecuencia del que, si no caía desplomada al suelo, era porque tenía una silla preparada en su cocina y en la que se sentaba hasta que se le pasaba aquel sopor. Decía Doña Luisa que ése era el mejor desayuno del mundo y que se lo había recomendado su madre. El caso es que alguna que otra vecina u otro vecino del lugar tenía la misma nutritiva costumbre. Pienso yo que el rojo encendido de la cara de Doña Luisa era debido a los efectos secundarios que le precian las raleras de gofio y vino, las cuales, reforzadas con algún que otro vaso de vino de el Hoyo de Mazo tomado en el almuerzo, le permitía mantenerse en forma todo el día.

En cierta ocasión pregunté a un vecino del lugar sobre la costumbre de comenzar el día con tan suculento desayuno:

- La tuberculosis, hijo - me contestó-.


Continuó diciéndome: Piensa tú que, por aquella época, la tuberculosis hacía estragos entre la población de Santa Cruz de la Palma y de la isla en general y que para remediar, en parte, el problema se creó el Sanatorio Antituberculoso de Mirca. Las gentes del lugar y, en especial, los que más próximos al Sanatorio vivían, eran testigos oculares de los muchos fallecimientos que allí se producían por culpa de esa horrible enfermedad.

Una de las maneras de espantar o asustar a la tuberculosis, según los facultativos, era alimentándose bien, como diríamos hoy, teniendo las defensas en forma, y de ahí viene la costumbre de desayunar con raleras de gofio y vino porque intuían que el calor que les producía tal desayuno era prueba evidente de la guerra que contra la tuberculosis estaba produciéndose en el interior de su organismo.

De lo que estoy seguro es que después de la ralera de gofio y vino el bacilo de Koch huiría despavorido en busca de mejores paraísos.

Con sus ojos hundidos, quizás victima de la obesidad, el rojo de sus mejillas resultaba más pronunciado aún. Posiblemente en la época en que la conocí, o bien padecía de úlceras en una pierna o tenía algún que otro trastorno circulatorio, y ello viene a cuento porque siempre cojeaba de una pierna, que por estar muy hinchada llevaba vendada y cuya venda, debido al polvo del camino o a la carencia de agua, ya, más que blanca, parecía un oscuro tatuaje indio.

Se podía decir que pernoctaba en una vieja y pequeña casita situada en los altos del Barrio de Mirca y decía yo que pernoctaba porque el resto del día se lo pasaba, sereca en mano, de aquí para allá recorriendo la ciudad y sus barrios anexos, en busca de la tal codiciada información local.

En el proceso seguido por el cerebro de Doña Luisa, en orden a clasificar los chismes por temas, como era su costumbre, ella misma, por representarlo de alguna manera, hablaba de que tenía en su mente una especie de gran armario provisto de gavetas donde los iba introduciendo, según el contenido e importancia de cada uno de los chismes, que hasta sus oídos llegaban. Tenía, según ella, la gaveta que contenía los chismes de amoríos prohibidos que era la que más llena estaba, aunque no menos abultada era la de los robos, que haberlos los había. Mucha información existía también en la gaveta de las peleas. Esta gaveta de las peleas decía que se engrosaba con documentación procedente de la gaveta de los insultos.

Así que, cada noche, Doña Luisa repasaba todos los chismes que había recibido durante el día. La información recibida era diaria, y aunque Diario de Avisos ya existía desde el año 1890, no era precisamente este medio de información proclive a obtener y trasmitir la información local que Doña Luisa recibía y trasmitía, entre otras razones, porque Doña Luisa era una reportera que, aunque no poseía cámara fotográfica, si retenía en la memoria las imágenes y todo el contenido de la chismosa información recibida.

Con frecuencia Doña Luisa no podía obtener información en los lugares de costumbre, unas veces porque los clientes no estaban en ese momento, y otras porque no trataban, en su presencia, los chismes que a Doña Luisa interesaba. En estas raras ocasiones la propia Doña Luisa sometía a los vecinos a un interrogatorio incesante y repetitivo, y ello llevaba al interrogado a desesperar, de tal forma que buscaba como estrategia, para librarse de Doña Luisa, el contarle chismes irreales o inventados.

Se le llenó su cerebro de tanta y tanta información local que ya casi no dormía y apenas comía. Su cerebro día a día se inflamaba cada vez más y más. Soñaba mucho por la noche. Tenía horribles pesadillas. Y en las largas noches de insomnio repasaba uno a uno sus chismes, los iba cambiando de gaveta mental cuando alguno de ellos estaba, por equivocación, en lugar erróneo.

Tan enorme era el volumen de chismes que en su cabeza había, que pensó en escribirlos. Pero por mucho que lo intentó, jamás lo consiguió debido, por una parte, a su precaria habilidad en el manejo de la pluma y, por otra, a la falta de tinta de escribir que en tiempos de posguerra existía en la comarca.

Callada, sumisa y casi imperceptible caminaba Doña Luisa las calles de Santa Cruz de la Palma. Comenzaba por La Alameda, y siguiendo Calle Real abajo iba observando los pocos comercios que en aquella época había. La tienda de Doña Anastasia era la primera y a continuación el bar España, en el que trabajaba un pariente suyo, que al verla llegar le suministraba diariamente una copita de anís El Mono, que ella aceptaba con gestos de gratitud. Pasaba junto a la tienda de Don Leoncio, la de Pepe El Ñoño. Llegando a la tienda de Manolo Triana alcanzó a ver a Doña Rosario, la de Juan Tomás, y mujer de Manuel El Garafiano, que allí estaba comprando dril para hacer unos pantalones para sus hijos. Entró y le preguntó por Manolo, su hijo el más viejo, que le habían dicho que estuvo muy malito por culpa de un oído.


Calle Real de Santa Cruz de La Palma. Años 30. Fedac (José Antonio Pérez Cruz)



Siguió calle abajo, cruzó la tienda de Don José Maria, la de Manolo Regidor, cuando alcanzó la Parroquia se encontró con Don Félix, el cura de El Salvador, a quien saludó, como de costumbre, diciéndole:

- Don Félix, yo creo en Dios.


Y éste le contestaba siempre igual:

- Pues vete con Dios, hija mía.


En el atrio del Ayuntamiento estaba Juan de la Perra. No le era muy simpático a ella este personaje, así que se limitó a decirle:

- Quiero hablar con el Alcalde.
- ¿Para qué? -contestó Juan de la Perra-.
- Es que los perros no me dejan dormir -respondió Doña Luisa-.
- Ese tema lo lleva Pepe Boniato, el municipal, y él está para Tenerife -le dijo para salir del paso-.


Uno por uno, desde la calle observaba todos los comercios. Pasaba de largo por los que vacíos de clientes estaban, mas cuando observaba un grupo de clientes, por muy pequeño que fuera, disimulando un interés por la compra, se situaba cerca del mostrador con sus dos orejas muy abiertas para que el sonido del chisme entrara hasta su alborotado cerebro sin obstáculo alguno.

Nunca compraba nada pero, eso sí, salía otra vez a la calle con algún que otro chisme nuevo en su mente para llevar a su casa y repasarlo cuidadosamente por la noche para su posterior archivo en su enfermizo cerebro.

Visitaba las carnicerías, la de Chano, la de Camilo, la de Rafael; para disimular preguntaba si allí había estado Fulano de Tal a sabiendas de que no había estado. Algunas veces visitaba la pescadería, en especial en los días en que sabía que había muchos chicharros baratos.

Archivaba cuidadosamente los que oyó en la Carnicería, los de la Pescadería. Especialmente prestaba atención a la conversación entre Candelaria, vendedora de pescado, y Luís, comprador y revendedor, al que muchos conocían como Luís El del Pescado.

Tenía especial preferencia por la Recova. Allí se reunían gentes de distintas procedencias. Los había brutos, del campo o magos, ignorantes, curiosos, presumidos, fanfarrones, tacaños, mujeres de mala vida, encorbatados aristócratas, arruinados hacendados, ilustrados de la ciudad, que desconfiados de sus chachas acudían personalmente a comprar verduras y frutas frescas.

Pero las calles más interesantes para ella eran las calles de El Tanque y de Los Molinos. Con sus ventanas a nivel de calle y sus rejas, la observación del chisme que las vecinas se contaban tras la ventana era perfectamente percibida por Doña Luisa, sin necesidad de disimulo alguno. Sólo bastaba con una pequeña y disimulada parada cerca de allí, con el pretexto de sacar una piedra, que supuestamente llevaba dentro de su zapato, se situaba tras la ventana y a recibir información toca.

Mas algunas de las vecinas, sabedoras de que Doña Luisa estaba al asecho de sus conversaciones, se vengaban de ella inventando algunos chismes de subido tono erótico o sexual con la finalidad de que Doña Luisa los oyera atentamente y los contara después en pública audiencia, cosa que hasta esa fecha jamás había hecho.

Recorría Doña Luisa los barrios de Mirca, Dehesa y Velhoco en busca de nuevos chismes, mas no era fácil encontrarlos por doquier. Así que Doña Luisa se las ingeniaba para poder obtener información, al menor coste posible. Existía, por aquella época, una fuente pública de La Dehesa, otra en Las Nieves y otra el Barranco del Río. A dichas fuentes, aparte del ganado, que tenían su especial dornajo para ellos, acudían diariamente las mujeres de barrio en busca de agua potable para uso doméstico.


Las Nieves en una imagen de principios del s. XX. Foto: Jordao da Luz Perestero. Fedac (José Antonio Pérez Cruz)



- ¿Cómo me entero yo de lo que pasa en el barrio? -se preguntaba Doña Luisa-.


Y pensando y pensando después de exprimir el celebro un par de veces le sobrevino la genial idea. Sabía Doña Luisa que la Hija de Miguel se había fugado con el hijo de José, pero no tenía más información sobre cómo se produjeron los hechos. Así que provista de una cántara acudió Doña Luisa a la fuente del Llano de la Cruz en busca de una supuesta agua. Cuando arribó a la fuente no había vecina alguna, por lo que hubo de esperar por si aparecía alguna.

- Ya viene Pepa -se dijo-. A ver qué es lo que sabe ésta.


Cuando Pepa llegó a la fuente, Doña Luisa demostraba que comenzaba a llenar su cántara de agua.

- Buenos días, Pepa, ¿cómo estás?


Comenzaba la conversación, pero ésta se alargaba en el tiempo y Pepa no soltaba prenda de los últimos acontecimientos ocurridos en el Barrio.

- Esta payanona no cuenta nada -pensaba Doña Luisa-.


E insistía sobre los sucesos acaecidos en el Barrio. Visto su fracaso, acudía entonces Doña Luisa a una estrategia preconcebida que, en el pasado, le había dado muy buenos resultados. Consistía ésta en cambiar los nombres a los protagonistas del suceso para que el interlocutor dijera el nombre correcto y, sin darse cuenta, contara íntegramente el suceso.

- Por cierto, que me dijeron que el hijo de Julián se fugó con la hija de Miguel -comentaba Doña Luisa como no muy interesada el tema-.

- No, mujer, no, fue el hijo de José -contestó Pepa, y continuaba aclarando el suceso, cosa que aprovechaba Doña Luisa para quedar completamente informada-.


Llenaba Doña Luisa su cántara de agua, y apenas abandonaba la fuente, la vaciaba e iba a llenarla en la fuente del Barranco del Río porque a la de Las Nieves no acudía mucha gente. Aparte del cura, sólo de vez en cuando Doña Herminia, y conocía Doña Luisa que ella no sabía chismes, sólo sabía de la misa y poco más. Presentía que en la fuente del Río había varias vecinas esperando para llenar sus cubos de agua, de las que quería obtener más y más información chismosa.

Cuando el truco de la cántara se le agotaba, o era descubierta, acudía a las piletas públicas con unos camisones que lavaba y relavaba una y mil veces. Regresaba a su casa en Mirca acompañando a ganaderos y arrieros que, con sus ganados, retornaban después de haberles suministrado agua en la fuente pública. De regreso intentaba también conocer la opinión de los ganaderos sobre los diarios sucesos en los barrios.

Hasta el año 1946 Doña Luisa había vivido, a los ojos de sus vecinas, una vida normal. En un principio vivía con una sobrina suya, pero al contraer matrimonio ésta dejó de acompañar a su tía, lo cual propició un empeoramiento de la ya precaria salud mental de Doña Luisa. No estaban muy de acuerdo los doctores de la época sobre el tipo de enfermedad mental que día a día se iba apoderando del cerebro de Doña Luisa. Algunos galenos hablaban de hipocondría, otros de desorden de somatización, otros de paranoia, otros de manía depresiva; otros, la mayoría, de delirium tremens producido por la constante ingesta de raleras de gofio y vino. Al final hubo acuerdo en que se trataba de una esquizofrenia, porque esta palabra casi englobaba a todas las demás.

Serían aproximadamente las seis de la mañana de aquel doce de noviembre de mil novecientos cuarenta y ocho, cuando los vecinos se levantaron sorprendidos porque acababan de oír unas voces de mujer que procedían casi del monte. La brisa reinante ese día trasportaba los gritos de Doña Luisa en dirección Norte-Sur, de tal manera que, a intervalos, estos horribles gritos se oían más o menos, dependiendo de la intensidad del viento.

Unos comentaban: Ya decía yo que esta mujer iba a explotar cualquier día. Otros decían: No debieron dejarla sola, la culpa es de su familia. Y la mayoría, en baja voz, afirmaban: La culpa la tienen esas raleras de gofio y vino que se manda todas las mañanas.

La locura o esquizofrenia que repentinamente se apoderó del desordenado cerebro de Doña Luisa, tenía momentos de pasividad y con frecuencia su enfermo cerebro volvía a la normalidad. Razón esta por la que Doña Luisa nunca fue ingresada en un centro de salud. Tampoco Doña Luisa, en sus momentos de delirio, era agresiva con sus vecinos y vecinas. Su locura se traducía en contar de viva voz todos los chismes que hasta el momento conservaba grabados en su cerebro, y su obsesión consistía en que todos esos chismes fueran objeto de conocimiento público.

Recuerdo que después de ver a Doña Luisa posesionada del lugar más cerca del monte en Mirca llamado el Dorador, al que había accedido desde muy temprano, tras un largo camino, comunicaba el mensaje de la siguiente manera:

- Vecinos, atentos vecinos todos. ¿Saben lo que pasó? Yo se los cuento: Juana, La Corneja, ya hace tiempo que le está echando los cuerdos a su marido Luís El Zorro. El desgraciado de su marido nada sabe, pero yo anoche la vi besándose con El Negro y después fueron a acostarse al pajero de las vacas. Si ven a Luis le dicen que lo digo yo, Luisa, y que yo no digo mentiras.


Después de una breve pausa volvía a repetir el mismo mensaje hasta que, cansada y casi perdida la voz del esfuerzo realizado, regresaba a su casa buscando remedio casero para su ronquera o afonía. No más Juan, conocido en el barrio como El Negro, oyó el discurso de Doña Luisa, más que correr volaba rumbo a la ciudad atravesando veredas y atajos para acortar camino. La puerta del Juzgado aún estaba cerrada cuando Juan El Negro llegó. Con impaciencia esperó a que llegara el primer funcionario judicial al que abordó sin previo aviso creyendo que se trataba de su Señoría, El Juez. Cuando el asustado funcionario oyó tan inesperado discurso, le aconsejó que fuera en busca de un letrado para que éste presentara el caso en el Juzgado. Así lo hizo El Negro, mas el abogado le informó de sus derechos pero también le advirtió que tenía que desmostrar no tener relación alguna con Juana La Corneja, porque si mentía sería condenado por perjurio.

En el momento en que Juan, en el paroxismo de su soberbia, dijo al letrado que cuando encontrara a Doña Luisa la iba a destrozar, éste nuevamente advirtió que respetara la integridad física de Doña Luisa, pues de ocurrirle algo él sería el primer sospechoso y tendría cárcel para largos años. Visto lo visto, Juan El Negro regresó a su casa y cuentan que, a raíz de este suceso, tuvo que emigrar a la isla de Fuerteventura huyendo de Luis, el marido de Juana La Corneja.

En cierta ocasión se celebró una boda en el barrio. Era por aquella época normal tocar los bucios a los contrayentes en la noche de boda. Esta costumbre estaba muy arraigada en los barrios, en especial si los contrayentes habían tenido previamente relaciones, digamos pre- matrimoniales.

Sonaban los bucios por toda La Dehesa, Velhoco y Mirca, y en medio de este concierto un tal D. Manuel apodado El Grillo, por medio de un pasa-voz, que se utiliza para comunicarse entre barcos en alta mar, y que él poseía de sus tiempos de marinero, se acercó al borde del Barranco y dijo:

- Vecinos, tengan vergüenza, tengan vergüenza y dejen de hacer esas vergonzosas payasadas. Por favor, márchense todos a sus casas.


Doña Luisa, al oír esta interrupción del concierto, corrió a su púlpito de siempre y gritó:

- ¡No hagan caso, coño! Sigan tocando los bucios, que es D. Manuel El Grillo, que no vale un carajo.


A partir del momento en que Doña Luisa pronunció su primer discurso, todos los vecinos de los barrios se cuidaron muy mucho de hacer ningún comentario ante la presencia de Doña Luisa, mas como hacía años y años que Doña Luisa tenía archivados en su mente todos los consabidos chismes populares, los iba comunicando al pueblo uno a uno con una frecuencia de dos o tres por semana.

En cierta ocasión un vecino suyo, llamado Ernesto, acudió una noche a la casa de Doña Luisa y pidió, por favor, a ésta que no comunicara el chisme que ella sabía sobre sus relaciones extramatrimoniales con Isabel.

Doña Luisa le dijo que estuviese tranquilo, que no pasaría nada. Mas, a la mañana siguiente, Doña Luisa subió a su púlpito y no sólo contó todo lo que sabía de Ernesto, sino que además explicó que la noche anterior él le pidió que no lo contara.

Tardó Doña Luisa muchos años en soltar todos los chismes que tenía almacenados, y si hizo un stop definitivo fue porque, víctima de una repentina enfermedad, nunca más pudo salir de su casa y acudir a su acostumbrado púlpito.

De cuando Pepe Monagas estuvo en el velorio de duelo del Mestre Rosendo, el de Isabel

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De cuando Pepe Monagas estuvo en el velorio de duelo del Mestre Rosendo, el de Isabel. Rev. Nº 270

Lunes, 13 de Julio de 2009
Autor: Pancho Guerra / Redacción Bienmesabe.

Con motivo del Centenario del nacimineopt del insgne escritor D. Francsico Guerra Navarro, Bienmesabe.org quiere dedicarle un espacio extraordianrio a quien ha escrito tantas páginas notables de nuestra identidad.

De cuando Pepe Monagas estuvo en el velorio de duelo del Mestre Rosendo, el de Isabel.

Así como una hora antes del albita, cuando aún se emperraba el oscuro sobre las requemadas piconeras de las Isletas, cuando todavía roncaban, como bardinos de mal tabefe. Los tempraneros y crudos habitantes de la Manigua, ya tenía todas sus velas envergadas y puestas al viento zaragatero de la madrugada el Mariquita Candelaria, pailebot costero de sorroballada trapajería y soliviantado caminar de alpispa. Su patrón, el mestre Rosendo, casado, mayor de edad -cayendo en vejestorio trancado de taramela-, pero un manojo de voladores para las ocasiones. Embarazado de viento, de redes y de esperanzas, el Mariquita Candelaria repasó una vez más la bocana y se tiró a la alta mar. Navegó feliz, arrimó al Moro, hizo su zafra y puso de nuevo proa a la tierna.

En vistas de la isla, con la costa a barlovento y tan a mano que se podían divisar burros y cristianos de la parte del Sur, se metió un marejón. El Mariquita Candelaria se puso a bailar seguidillas, tajarastes y saltonas, sin concertar los sones, a salga lo que saliere.

¡A buen viento va la parva!--rezongó el mestre Rosendo, al que de pronto, como a la mar, se le encendió la jiriguilla.

Pegó a dar gritos de "¡arria!" por allá, "¡trinca! por aquí, sin que nadie, cogido de remplón por el ventanero y la hirviente marea, atinara ni a desenvergar ni a trabar un mal nudo de cochino... Navegaba de bolina la Mariquita entre Barco Quebrado y Punta Tenefe, cuando el mestre Rosendo se arrestó a "hacer la machanga", como después diría el timonel, Pepe el Claca, comentando la audaz rebelina del viejo patrón. Por sobre sus sesenta años, bien minados de la brega, los relentes y la marecía, el marino trepó a un palo alto, dispuesto a un endengue por sus propias manos. En esto que la Mariquita Candelaria va y tiene un reparo de potranca viciosa... El mestre Rosendo cayó de lo alto y se quedó como un sarimpenque sobre los recomidos tableros de la cubierta, boca abajo y despatarrado. El talegazo fue mortal de necesidad, pero el enteado costero luchaba como un quíquere hasta con la misma muerte.

Su gente le dio agüita y unas friegas de vinagre y sal. Los roncotes se pusieron después a esperar lo que Dios quisiera, lo mismo respecto a la brava y repentina marca que al leñazo del patrón. Cuando el Señor quiso ganaron puerto, con Rosendo metido en los últimos resopliditos.

Vivo, pues, pero entregando, se lo metieron por las puertas adentro a Isabel, su escuchada consorte, una de las mujeres más almanaquientas que haya alumbrado el alto Risco. En su viejo catre matrimonial, y durante muchas y tensas horas, todavía opuso el mestre Rosendo su tea de veterano de la mar y sus preces a la Señora de las Plataneras, que acurrucada en el borde del cabezal, enlutada y malona, esperaba...

¡Qué duelo aquel, caballeros! ¡Qué dolorosos esperridos los de Isabel la de Rosenda! ¡Qué gallillo! Como por radio supieron pronto de aquella desdicha en el Refugio y en los Poyos del Obispo.

-¡Esús, usté...!-comentó en el pilar de Fleitas, insultada, la mujer de Dominguito Santana . ¿Que se habrá dío otra vuerta la presa de los Betancores?
(Luego dio que hablar aquel desborrifado aspaviento, porque Isabel estaba criticada desde nuevita).

-¡Ay, Rosendo, Rosendiyo -gritaba, delirante-, que te fites como una mansana pa abajo pa la Costa y te me metes por las puertas adrento como un casón jariao! ¡Ay, castigo con éste! ¡Ay, virgen der Pino, tar desgrasia, que se me ha dío el sostén de mi casa, la sombra de mi patio, el calor de mis teniques...!

Acudían a ella con un pañuelo tirando a sábana. Aliviaba allí aquella marea de mocos y babas, tornando sobre la marcha al planto.

-¡Un hombre tan güeno, quería, de tan güena maera, que los haberá habío iguales. Pero de la maera de mi Rosendo, no!

Lloraban las mujeres como si fueran de pago; japiaba de puertas afuera una insana de perros chimbos, bullendo desatentados entre un manterío de chiquillos atraídos por el imán del drama y las atacadas y altas quejumbres de Isabel... Los hombres se fueron enterrando hasta el cogote los espesos sombreros de pelucha, afilándose bajo ellos de puro serios, y los parientes cercanos del difunto subiéronse solemnemente las solapas para recibir más a tono los pésames. Seguía en la viva y canturreada llorona Isabel, inconsolable.

-¡Quitarme un hombre ansina, de tan buena maera, cuando hay tanto berringallo salpiando en esas laeras y callejones! ¡Tal castigo, usté!

-¡Cómo ha de ser, comá Sabelita! consolábala, dengosa, una vecina, envuelta la cambada cabeza en un pañuelo rucio y bien trincado bajo el quejo-. Tómese este gatito de tila, quería, que la confolta... Y resinasión, comadre, talde que temprano, tóos diremos cayendo en la gueldera de tierrita.

-Er sino usté-comentó otra mujer, elevando los ojos al cielo hasta quedárseles en blanco.

-Pos ya. ¡Si no sernos naíta, quería!

Con la tila y la mopa de aquellas palabras, Isabel se tupía un pizco, pero al modo para entrar con más ganas. Con razón mi compadre Monagas, que estaba a una banda "gozándose" el duelo, dijo, quedito, diblusándose sobre el de al lado: "Está preparando la reculáa del carnero". Luego del julo, Isabel volvía a los plañidos, que le salían, parte de la tripa gorda y parte del "dispositivo" de su nariz, la cual la había hecho, de siempre, fañosa.

¡Quite p'allá, señora, cosa con ésta! ¡Me tenía que caer a mí, cuando yo sé de tanto jediondo que ni un rayo lo tumbaría! ¡Tenla que jincar el pico este ombre tan güeno, de tan buena maera! ¡Que nunca me cansaré de desislo: los haberá igualitos, o que se le den un aire, pero de mejor maera que el mío no lo hablo en las siete islas de Canarias ni pa fuera! ¡Ay. Rosendo. Romendiyo, qué maera la tuya! ¡Ay, lo que pielde tu casa, tus hijos, tu mujer, y hasta la mar, que tamién pa eya eras de buena maera!
-
Así, a vueltas con la excelente madera del esposo, todo el día de las boqueadas, toda la noche del vivo velorio y toda la mañana, hasta que sacaron entre cuatro al mestre Rosendo.

Pepe Monagas había sido buen amigo del patrón. Bien pronto acudió al duelo. Allí empezó a sentir pena por la chuflita que a cuento de la "buena maera" pegó a formarse en el cuartillo de atrás y en el patio. Resolvió decírselo a la dolorida.

- Mana lsabé, favor, palabra - y la sacó de junto al muerto. ¡Deje ya lo de la madera, cristiana, no sea que vaya y vire en choteo, y eso, que ya usté sabe lo malcriado que es el personal! Tránquese, que cuando las cosas no son de vuelta y vira, sino de vira solo, lo mejor es trancarse. ¡Digo yo!

-Ta bien, usté, Pepito.

Isabel se calló... hasta que llegó la hora grave de tapar el "huacal” para tirar con él. Entonces se lanzó como una ola encima del difunto, ahora, sobre llorona, sobajienta, e hizo aguantar al pobre Rosendo, ya bien afilado, tieso y amarillo, aquella última marea de su vida de marino.

-¡Ay, Rosendo. Rosendiyo, que ya si que te vas y ya sí que no vuerves, que paese cosa mentira: ayer derecho y calentito, hoy tumbao y más frío que el muro de la marea! ¡Ay, que me da, que me da, que me da...!

-¿Cómo le va a dar, cristiana, tieso como está?-la atajó, desabrido Monagas, al tiempo que probaba a desatrancarla de la caja.

-¡Que me da argo, usté, Pepito...!-y se abanaba con una mano nerviosa, liberada por el soponcio del aferrado y postrero abrazo.

Usté es la que le va a dar a él, como no se esté quieta y se desaparte. ¡Mire que está el señor cura esperando, cristiana, y tiene mucho que jaser!

-¡Ay. Rosendo. Rosendiyo, salea de mi catre, jorcón de mi casa, el hombre de mejor maera de las siete islas de Canarias, que los haberá como tú, pero de mejor maera que tú, no...!

No se quitaba, virada una lapa, del negro y llorado cajón. Compadre Pepe Monagas, estomagado ya con aquella tribulación de por demás, caliente hasta tener ganas de pegarle a Isabel un sonido, se alongó sobre la viuda, le suspendió un instante el desate y le dijo, dice:

-Mire, mana Isabelita, ¿sabe lo que le digo? Pues que en vista de que usté está tan emperrada y él es de tan buena madera, nosotros nos vamos, y usté lo deja aquí y se jase un ropero con él…

Pancho Guerra.http://www.bienmesabe.org/revista_uploads/admin/Explorar00022.jpg

Juego de la Dama

http://www.bienmesabe.org/revista_uploads/juego%20dama%20tablero%20fichas%20espinel%20cejas%201.jpgJuego de la Dama. Rev. Nº 231

Lunes, 13 de Octubre de 2008
Autor: Juan Baute Pérez

En su forma más simple, el damero de juego corresponde a un rectángulo o cuadrado en el que se han marcado sus diagonales y medianas. Dicho juego se mantiene en Canarias y en el norte de África, llevándose a cabo sobre tierra o arena, y se le conoce como tres en raya o carro de tres.


Existen muchos documentos que prueban la existencia del juego de la Dama en las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto. De estas pasó a Grecia y a Roma extendiéndose por toda Europa. El juego aparece muy establecido entre los pueblos de cultura fundamentalmente pastoril como los del norte de África, y desde aquí probablemente llegó a Canarias.

En Canarias los tableros aparecen grabados en rocas planas y lisas generalmente en lugares dominantes, de paso de ganado. Los hay en un número importante en el sur de Tenerife, en Izaña, Teno, en Anaga; en Garafía (La Palma); en Gran Canaria; en Jandía (Fuerteventura), etc. El mismo tipo de grabado encontrado en Canarias, aparece también en diversos puntos norteafricanos: el alto Atlas, en Kabilia (Argelia), en Tebas (Egipto)... Por último, en Granadilla de Abona aparecen pequeñas lajas grabadas con el damero, posiblemente para transportarlo de un lugar a otro durante la jornada de pastoreo. Así mismo han aparecido pequeñas piedrecillas con base plana y en diversos colores que podrían servirles de fichas (Museo Arqueológico de Santa Cruz de Tenerife).



Damero guanche



1. El tablero.

En su forma más simple, el damero de juego corresponde a un rectángulo o cuadrado en el que se han marcado sus diagonales y medianas. Dicho juego se mantiene en Canarias y en el norte de África, llevándose a cabo sobre tierra o arena, y se le conoce como tres en raya o carro de tres.






Se dispone de tres fichas que hay que alinear. Si no se consigue al colocarlas de forma alterna un jugador y otro, se trata de hacerlo con movimientos convencionales.

A partir de esta forma inicial se va evolucionando hacia mayores grados de complicación. Así, el damero guanche se construye a partir de 5 líneas verticales cruzadas por otras tantas horizontales y, a su vez, atravesado por seis diagonales. Al final tenemos 16 cuadrados cruzados por diagonales, es decir, cuatro veces la disposición anterior. El tablero puede ser un cuadrado o un rectángulo, se han encontrado ambos tipos.







2. Desarrollo del juego.

Cada jugador dispone de 12 fichas que coloca en el tablero dejando libre la posición central.

• Se trata de eliminar al contrario “comiendo” sus fichas.

• Al que le toca mudar empieza a mover y, si puede a comer, ya que es obligado.

• Para comer una ficha al contrario hay que saltar sobre ella, tanto de frente como de lado, e incluso saltar varias fichas si la disposición de las mismas en el tablero lo permite.

• Cuando una ficha llega al extremo opuesto del tablero, se dice Tama, y se obtiene una ficha con libre movimiento.

• Gana aquel jugador que consiga comer todas las fichas de su contrincante.






Las fotografías están tomadas del libro Juegos Guanches Inéditos. Inscripciones Geométricas en Canarias (1987), de José M. Espinel Cejas.

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sábado, 1 de agosto de 2009

Los perros de raza Border Collie

Los perros de raza Border Collie son perros que se caracterizan por ser trabajadores, ya que desde los inicios de la raza se les impulsó a que estos animales hagan labores de pastoreo en el campo.

Border Collie

Este es un perro que puede ser entrenado fácilmente, ya que es muy obediente por naturaleza, así que si lo que desean es un perro que sea amable y educado, esta será una de las mejores opciones.

Por otro lado, esta raza de perros Border Collie son perros que deben vivir en ambientes grandes, ya que gustan de jugar en amplias extensiones de territorio, por ello que es ideal para las personas con casas grandes y no para las personas que tienen departamentos y en donde no hay un lugar apropiado donde puedan relajarse estos animalitos.

Fotos de perros de raza Border Collie:

Creencias sobre las serpientes

Las serpientes han sido apreciadas en unas culturas y repudiadas en otras.

En occidente, las creencias cristianas y del islam la identifican con el demonio, en este caso con Satanás, de acuerdo a la Biblia y el Corán, donde se relata su condena por tentar a Adán y Eva. Incluso en los primeros capítulos y versículos del génesis, después de cometer la tentación, cuenta cómo Dios (Yavé, Jehová o Alá), aparte de decirle que se arrastrará y andará sobre su pecho, también habrá una enemistad entre ella y la mujer que le morderá su talón y la mujer le quebrará la cabeza. Este relato bíblico ha inspirado a la iglesia católica a representar la Virgen María como la Inmaculada Concepción pisando a una serpiente tal como relata el génesis, pero el reptil en vez de morderle el talón solo lleva una manzana en su boca. En algunos casos también se han representado a Jesucristo pisando una serpiente, pero no inspirado en el génesis de la Biblia sino como una representación de lucha entre el bien y del mal, los cual también puede aplicarse al caso de la Virgen María. Aunque en el islam no se ha atribuido con ninguna representación diferente al génesis como lo ha hecho el cristianismo.

En el Antiguo Egipto las serpientes eran repudiadas, sobre todo Apophis, la serpiente que intentaba retener la barca solar de Ra. Todas las serpientes son su reencarnación. Sin embargo, la cobra representa al sol y a los faraones, y se le considera una protectora de éstos.

Por el contrario, en el Lejano Oriente la serpiente es considerado un animal sagrado, divino y protector contra las energías negativas, que representa fuerza, energía y sabiduría. Además es venerada principalmente dentro de la cultura hindi. En el cristianismo el Espíritu Santo es representado en una paloma blanca, pero aquí, el Dios Siva, es representado como una serpiente, sobre todo una cobra. La cultura China la considera también una entidad protectora; un ejemplo de ello lo encontramos en la Gran Muralla China construida sobre un terreno montañoso y ubicada en el centro de color amarillo. En esta región también es utilizada como un símbolo en algunas artes marciales orientales.

De igual forma, en Mesoamérica era veneradas por gran parte de las culturas que allí florecieron. El ejemplo más famoso es el del Dios Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, Kukulcán para los Mayas.

En la antigua Roma, el dios Esculapio (dios de la medicina) adoptaba forma de serpiente, lo que le ha dado nombre a la serpiente de Esculapio. En este caso las serpientes también eran veneradas.

El basilisco es representado en algunas culturas como una gran serpiente con una mancha en la cabeza con forma de corona que mata con la mirada o si se le ve en una baldosa o en un espejo su mirada petrifica.

Copito 2009-07-26

http://www.conciencia-animal.cl/paginas/historias/fotosperritos/histo-C21061583.jpg

MI COPITO CAMPEÓN!! Copito, perrito regalón, sigue la luz de vida que un 24 de julio de 2009, te separó fisicamente de nosotros. Gordito travieso y enojón, nunca entierres nuestro recuerdo, porque tu amor, cariño, historias y travesuras, nos acompañarán por siempre. Sabemos que ahora estás feliz en tu reino, por eso, nunca dejes de correr, ladrar y saltar como acostumbrabas a hacerlo cuando estabas contento… sigue corriendo copito campeón!

http://www.conciencia-animal.cl